Capítulo 22
El norte de África resultaba fascinante.
La mezcla de culturas, sonidos, olores y sabores cambiaba constantemente, tan hipnótica y sorprendente como un caleidoscopio.
Aurora no podía evitar admirar la aridez de sus paisajes, la amabilidad de sus gentes y la soledad de sus horizontes.
Definitivamente, atrás había quedado la cosmopolita y siempre bulliciosa ciudad de Orán para dar paso a la Argelia más rural, más humilde, pero también cautivadora y arrebatadora.
Marnia, Nemours, Nedroma… La compañía Alegría había actuado durante casi un mes en las proximidades de la frontera con el protectorado de Marruecos y Aurora había aprovechado para buscar pistas de sus hermanas debajo de las piedras.
Pero, por más que preguntara hasta la extenuación, nadie supo darle ni un resquicio de esperanza.
Nadie las había visto, nadie sabía nada.
Era como si se las hubiera tragado el desierto.
Aquel pensamiento solía abrumarla tras cada actuación, cuando la compañía dormía y ella no podía dejar de dar vueltas, angustiada ante el temor de no ser capaz de encontrarlas nunca.
Argelia abarcaba una extensión de más de dos millones de kilómetros cuadrados, las posibilidades eran infinitas.
Desde el nivel del mar a cimas nevadas que superaban los dos mil metros.
En su periplo, la compañía había dejado atrás tupidos bosques de pinos, fértiles campos de cítricos, cascadas imprevistas, macizos rocosos o interminables vías de tren que se perdían más allá de donde alcanzaba la vista.
En aquella ocasión Gumersindo Pineda no había encontrado dificultad en conseguir alojamiento en Tlemcen para su elenco, por lo que a esas horas cada cual roncaba donde le correspondía, sumidos todos en un merecido descanso.
Todos menos Aurora. Las preocupaciones arrastraban consigo un terco insomnio que la mantenía en vela gran parte de la noche y extenuada durante el día.
Había probado cuantos remedios conocía, pero ni el vaso de leche caliente ni contar borregos infinitos lo habían ahuyentado.
Resignada, se rindió al desvelo y aceptó que esa noche tampoco le ganaría la batalla.
Salió a tomar el aire, tenía comprobado que insistir en atraer el sueño no hacía sino volverlo esquivo.
En aquella ocasión la hospedaba una pareja joven; ella era dependienta de una parfumerie y hablaba español con un fuerte acento francés y eso que sus padres eran originarios de Ontinyent.
Aurora salió a la rue de France, que quedaba bastante céntrica junto a la mairie, e intentó ubicarse en la oscuridad.
Rodeado de olivos centenarios, algarrobos, granados, cerezos e higueras, Tlemcen era, sin duda, un lugar excepcional.
Más allá de su seductor enclave a los pies de acantilados rojizos y rodeado de macizos montañosos como el Seba Chioukh, el Tessala o el Trara, en sus murallas de aires hispanomoriscos se adivinaba un esplendoroso pasado.
La temperatura a esas horas era una delicia, aunque los ladrillos de adobe bajo sus pies desprendían el calor acumulado durante el día, como testigos mudos de lo extremo de aquel clima.
En eso pensaba cuando escuchó un leve rumor que la puso en alerta.
Pese a ser una población bulliciosa, al filo de la madrugada no se veía un alma y lo primero que temió fue tropezarse con Risto.
No había vuelto a acercarse a él desde que lo viera maltratar a Halima, ahora más que nunca procuraba mantener las distancias.
Sin embargo, el sigilo de unos pasos livianos, como quien camina con intención de no ser escuchado, lo descartó de inmediato.
Quienquiera que fuera estaba poniendo un gran empeño en no ser advertido y aún ignoraba que no lo había conseguido.
La luna estaba menguada, pero la miríada de estrellas de aquel diáfano cielo argelino de verano alumbraba lo suficiente como para permitir a Aurora distinguir una sombra que se movía entre las propias de la noche.
Contuvo la respiración. No era necesaria más luz para reconocer aquel vaivén de barco a la deriva. Sin duda alguna, se trataba de Halima.
Aurora soltó despacio el aire que había estado conteniendo y la curiosidad ocupó el lugar que había dejado el temor.
Desde su incorporación a la compañía, Halima se había convertido en su mayor apoyo, el único en realidad.
Si bien Aurora procuraba no dar a conocer demasiado de sí misma, ella parecía haber intuido el desamparo que la acuciaba y su forma de tratarla, casi maternal, resultaba el cobijo perfecto para un corazón hambriento de cariño como el suyo.
En ese instante, la sombra blanca de la chilaba de Halima desapareció tras el minarete de la Gran Mezquita y, sin pensárselo, Aurora se puso en movimiento para seguirla.
Lo hizo en silencio, varios pasos por detrás y atenta a los frecuentes requiebros, convencida de que no había detectado su presencia porque no se volvió ni una vez.
Su caminar desigual la llevó hasta la barriada árabe, donde pasaron de largo frente al baño de los tintoreros cerrado a esas horas, al igual que los distintos talleres artesanos en los que a la claridad del día se trabajaba el cuero, se bordaba o se tejía y que entonces dormitaban como lo hacía el pueblo entero. O casi.
Se aproximaban a la puerta de l’Abattoir cuando descubrió que de entre las contraventanas de una de las viviendas se escapaba una tímida rendija de luz. Halima se detuvo unos pocos metros antes de alcanzarla y, sin darle ocasión a una confiada Aurora a reaccionar, preguntó sin girarse:
—¿Por qué me sigues?
A punto estuvo Aurora de que se le parara el corazón del susto. Se llevó una mano al pecho antes de recuperar la voz.
—¿Desde cuándo sabes que…?
—Eso no tiene importancia, vamos, responde a mi pregunta.
Aurora cambió el peso del cuerpo de un lado a otro, incómoda. Nada de lo que dijera podía justificar su indiscreto comportamiento, eso lo sabían ambas. Optó, por tanto, por ser sincera.
—Lo siento, supongo que solo sentía curiosidad.
—Bien, pues ya que estás aquí vas a echarme una mano, así al menos el paseo que te has dado servirá de algo. Ven conmigo.
Sin esperar contestación, Halima llamó a la puerta con un par de toques quedos.
Alguien debía de estar esperándola porque no tardaron más de dos segundos en abrir.
La mujer entró y, aturdida aún por la sorpresa, Aurora tuvo que decidir si seguirla o esfumarse antes de averiguar lo que fuera que hiciera allí a esas horas.
Aún estaba a tiempo de darse la vuelta y hacer como si nada de aquello hubiera pasado.
—¿Aurora?
Pero cuando la voz de Halima la reclamó desde el interior, sin saber muy bien por qué, la siguió.
Un rápido vistazo fue más que suficiente para advertir que la familia que habitaba la casa era pobre.
Los muebles eran escasos y de mala calidad: una mesa con una pata rota, dos cajones que hacían las veces de sillas, un hornillo con las brasas aún candentes, una cuerda en una esquina con cuatro harapos colgados a modo de perchero y un camastro en un rincón sobre el que reposaba un anciano con mal aspecto.
A la luz de las velas que iluminaban la única estancia se apreciaba que estaba todo muy limpio, pese a que un olor desagradable se hubiera instalado como un habitante más.
Olía a vómitos y miedo. Era el olor de la enfermedad.
Halima se acercó a la mujer, tan vieja como el hombre, que tras franquearles el paso había regresado a los pies de la cama desde donde lo velaba.
Intercambiaron unas pocas palabras en árabe cuyo significado a Aurora se le escapó.
Cuando empezó a sollozar Halima la consoló con su voz suave hasta que se calmó.
Después la vio volverse hacia el enfermo y, tras un par de profundas inhalaciones, colocar las manos extendidas sobre su cabeza, tan cerca que parecía tocarlo sin hacerlo; a continuación cerró los ojos y se perdió en un murmullo quedo e ininteligible que bien podía tratarse de cualquier idioma o la mezcla de todos los del mundo juntos.
De inmediato el ambiente dentro de la estancia cambió de una forma sutil pero tangible.
Halima permaneció en trance durante largos minutos en los que ni Aurora ni la anciana se atrevieron casi a respirar, de pie la una junto a la otra, testigos de algo que pocas personas habían visto antes y para lo que no tenían explicación.
En un momento dado, Halima pareció volver en sí.
—Acércate. —Aurora, cohibida, movió los pies para obedecer—.
Este hombre está afectado del hígado. A su edad, si no lo ayudamos, morirá —anunció con sencillez, y Aurora no pudo por menos que preguntarse cómo diantres lo sabía si ni siquiera lo había examinado—.
Trae mi saco, lo he dejado sobre la mesa.
Siguiendo las instrucciones de Halima, extrajo un terrón de azúcar y sobre él dejó caer unas gotas de un aromático extracto mentolado.
—Pónselo debajo de la lengua, con cuidado.
Aurora, que había atendido con temple a todo tipo de enfermos y heridos en Alicante durante la guerra, sintió su mano temblar al acercar un simple terrón remojado en menta blanca a la boca de aquel anciano.
Lo notó ardiendo. Apenas unos minutos después, su respiración se apaciguó y su rostro dejó de verse tenso por el dolor.
—Eso es —dijo satisfecha Halima—. Ahora dejémoslo descansar.
Con un último vistazo, Aurora se despidió del enfermo preguntándose qué sería de él. Si realmente su dolencia provenía del hígado y si en tal caso se iba a recuperar. Una vez en el exterior, respiró con ansia el aire fresco de la noche.
—No sé qué decir acerca de lo que ha pasado ahí dentro —ad mitió aturdida—. ¿Cómo has sabido lo que le ocurre? Ni siquiera lo has tocado.
Halima se encaminó de regreso adonde la compañía dormía y Aurora la siguió.
—Nací sabiendo —fue su críptica respuesta.
—No entiendo.
—Es un don, algo que se hereda de los ancestros… También es una responsabilidad.