El abrazo del siroco Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Cada noche Olvido le aseguraba que sería la última, siempre anhelando escapar de allí, como si la cercanía de Estrella le quemara en la piel aun sin tocarla.

Sin embargo, por algún motivo, la noche llegaba y seguía allí.

Y lo mismo ocurría con la siguiente. Cada amanecer, Estrella asomaba la cabeza por la puerta del dormitorio y suspiraba con alivio al descubrir que aquel cuerpo torturado seguía acurrucado en el sofá, que no se había esfumado como si su presencia solo hubiera sido un sueño.

Lo que de verdad la aterrorizaba era que Olvido cumpliera su palabra y volviera a desaparecer de su vida, esta vez para siempre.

—¿Necesitas algo? —preguntó Estrella antes de retirarse a dormir, una noche más, esperando recibir el desabrido y habitual gruñido de respuesta. Pero, para su asombro, en aquella ocasión fue diferente.

—No deberías preocuparte tanto por mí —murmuró Olvido.

—¿Por qué dices eso?

—Porque eres demasiado buena, Estrella. Y, si no llevan cuidado, a las personas buenas les acaban pasando cosas malas.

—No digas tonterías. Yo solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes.

—Entonces eres más ingenua de lo que creía.

—No te confundas, tú no eres la única que ha sufrido. A nosotras la guerra también nos destrozó la vida, ¿sabes?, la diferencia es que yo me obligo a seguir en pie. Tú eres libre de rendirte si quieres, pero no me pidas que haga lo mismo.

Estrella no se quedó a escuchar una respuesta que de nada le servía. Estaba claro que, por mucho que se esforzara, Olvido no quería su ayuda. Se retiró al dormitorio pensando que tal vez lo mejor fuera dejarla marchar. Por mucho que doliera, tendría que hacerlo.

Esa misma noche, solo unas horas más tarde, unos gritos despertaron a Estrella.

Se incorporó sobresaltada, con el temor a que algo le hubiera ocurrido a la bebé.

A la luz del candil que su hermana había olvidado apagar, rendida por el cansancio de mecer a su hija, pudo ver a Rocío reclinada sobre los almohadones, con la pequeña al pecho.

Ambas dormían con la respiración pausada y tranquila.

Empezó a pensar que habría sido un sueño cuando volvió a escucharlo.

Rocío se removió a su lado sin llegar a despertarse.

Estrella saltó de la cama, dispuesta a averiguar el origen de aquellos terribles alaridos antes de que turbasen la efímera paz de madre e hija.

Por las ventanas del salón entraba la luz de una luna llena pesada y amarilla.

En el sofá, Olvido se removía inquieta, agitando brazos y piernas como si luchase con algún ser que solo ella podía ver.

Al acercarse, Estrella se dio cuenta de que seguía dormida y dedujo que debía de estar sufriendo una pesadilla que la torturaba en sus horas más vulnerables.

Olvido dejó de sacudirse con violencia para balbucear frases inconexas, atolondradas.

El sufrimiento de su vieja amiga era tan intenso que a Estrella le partía el corazón verla así.

Despacio, con movimientos lentos, se acercó al sillón para acariciar su frente sudorosa.

Temió despertarla pero, para su sorpresa, el contacto tuvo el poder de relajar sus facciones contraídas.

—Shhhh… shhhh…

Le susurró como hacía para calmar a su sobrina, utilizando un tono quedo y suave. Olvido siguió murmurando palabras sueltas imposibles de descifrar un par de minutos más en los que Estrella la acariciaba. Cuando al fin se detuvo, llegó el llanto. Uno sereno, de sollozos hondos y lágrimas gruesas.

—Estoy contigo —susurró Estrella—, estoy contigo.

Sin pensárselo, Estrella se tumbó al lado de Olvido y la abrazó, pegando su pecho a la espalda de ella.

Entonces, en vez de despertar y echarla de malos modos como era su costumbre, Olvido fue dejando de llorar poco a poco y sus músculos se relajaron hasta que su respiración se volvió pesada y lenta.

Estrella no se movió, dispuesta a permanecer a su lado, velándola la noche entera, espantando sus viejos fantasmas uno a uno si era necesario para que la dejaran dormir.

Aspiró y descubrió ese nuevo olor de Olvido, que ya no era el de tabaco rubio y limón. Ahora su olor era el de las lágrimas y el desconsuelo.

—¿Qué fue lo que te pasó? —susurró—. ¿Qué ocurrió para que sufras así?

* * *

Olvido se despertó con las primeras luces del amanecer y durante unos instantes la invadió una maravillosa sensación de paz, algo que no le ocurría desde hacía tanto tiempo que ya ni siquiera recordaba.

Desubicada, parpadeó un par de veces, los contornos se veían aún difuminados y tardó unos segundos en reconocer el salón de Estrella y Rocío.

Y apenas unos pocos más en percibir una respiración a su espalda.

Se tensó al momento y su estupor creció al descubrir que era Estrella quien dormía a su lado. ¿Qué hacía allí? ¿Desde cuándo estaba en el sofá junto a ella? Sin esperar a obtener respuesta a sus muchas preguntas, Olvido se escabulló con sigilo para abandonar la casa de las mellizas.

No podía demorarse, tenía una cita para cambiar su destino.

El olor salobre del gran puerto de Argel, el quinto de Francia por tonelaje, se introducía por las narinas hasta aturdir a quienes no estaban acostumbrados.

Aquella bahía proporcionaba un enclave natural idóneo que los argelinos habían sabido emplear a su favor para sacar el máximo partido a sus ciento veinticinco hectáreas.

Allí, donde los distintos muelles se organizaban según la caladura y la función de las naves: el Djefna para los correos provenientes de la metrópoli, el Lyvois para la Santé Maritime …

, los chillidos de las gaviotas rivalizaban con las bocinas de los grandes mercantes, las órdenes de los trabajadores que pululaban como hormigas y con el eterno barullo que nunca cesaba.

—Ya pensaba que no ibas a aparecer —gruñó el hombre a modo de saludo.

—¿Hay barco o no hay barco? —preguntó Olvido con ansiedad.

Odiaba encontrarse tan expuesta, aquella maldita sensación cuando estaba en el exterior la abrumaba desde la guerra.

No obstante, había tenido que sobreponerse a su miedo.

Hacía semanas que planeaba escapar y, aunque no había resultado sencillo, por fin había dado con un estibador que accedió a ayudarla a colarse como polizón hacia una nueva vida.

—Puede… siempre que puedas pagar el favor, claro.

—Podré pagarlo, ya te lo dije.

—Mira, a mí lo que me digas o me dejes de decir no me vale. Lo único que me vale es esto —respondió malhumorado y frotó el pulgar con las yemas de los dedos índice y corazón en un inequívoco gesto—. ¿Me comprendes?

Olvido asintió. Por supuesto que comprendía, ambos hablaban el mismo idioma.

—Estoy en ello —confirmó—. Pero recuerda que quiero un barco que cruce el charco.

—Cuanto más lejos, mejor. Este cuento ya me lo conozco: los que huis siempre buscáis lo mismo.

—Yo no estoy huyendo.

—¡Ja! Lo llevas escrito en la cara fea esa que tienes —se rio de su propia gracia, luego escupió un gargajo al suelo—. No vuelvas por aquí a no ser que no tengas con qué pagarme. ¿Entendido?

Olvido se marchó sin despedirse. Si al menos hubiera podido quedarse con la alianza que robó en El Jardín, estaría ya rumbo a algún lugar lejos de todo.

Eso era lo único que había ansiado desde el momento en que volvió a ver a Estrella y un torbellino de sentimientos contradictorios se desató en su interior.

Pero Violeta la había descubierto y ahora no tenía con qué pagar el viaje. No tenía nada.

Sus pasos la llevaron a callejear mientras recordaba una conversación que escuchó a las mellizas un par de noches atrás, cuando creían que dormía.

Hablaban de un reloj muy valioso que había pertenecido a su madre.

Un reloj de oro. Al parecer fue todo lo que pudieron llevar consigo al abandonar Alicante.

Consciente de que era su única opción, Olvido masculló una maldición.

Tenía que encontrar ese maldito reloj. Esperaría a que las dos hermanas estuvieran fuera y entonces registraría cada rincón, pondría la casa entera del revés si hacía falta.

Lo encontraría y se lo llevaría. Sintió asco de sí misma y de en lo que se había convertido.

—Te lo avisé, Estrella —murmuró para sus adentros—, a las personas buenas les pasan cosas malas.

Olvido sabía que era ella misma lo peor que le podía pasar.