Capítulo 21
La hija de Rocío había nacido en una casa de putas, eso era cierto, como también lo era que había nacido sana y preciosa.
La madre la miraba con arrobo, sorprendida aún por el hecho de que fuera una niña.
Durante todo el embarazo había estado convencida de que sería un varón, incluso tenía pensado llamarlo Benigno, como su padre.
Sin embargo, la vida le había deparado una nueva sorpresa.
Casi parecía que la suya estuviera destinada a ser una familia de mujeres desarraigadas, marcadas por las desgracias y las guerras.
Apartó aquel funesto pensamiento cuando la pequeña se movió con un leve quejido, y la levantó del moisés para calmarla.
—Si la coges tanto, acabarás malcriándola —susurró Estrella, que las observaba desde el quicio de la puerta.
—Mira quién fue a hablar —replicó Rocío en el mismo tono quedo—, llevas toda la mañana con ella en brazos.
Su hermana sonrió como si la hubieran pillado en falta y dio un par de pasos hasta colocarse a su lado para mirar a la pequeña.
—Lo hacía solo para que tú pudieras descansar.
—Ya, claro.
Ahogaron una risa cómplice, a sabiendas de que ambas habían caído presas de un misterioso embrujo que las mantenía hipnotizadas durante horas mirando aquella nueva vida moverse, estirar sus extremidades o simplemente respirar.
Un ruido en la cocina borró al instante la sonrisa de Rocío.
Tras un parto tan rápido que el doctor Rafael, quien venía de camino para atender a Jazmín, se encontró a su llegada con que la criatura ya estaba sobre el pecho de su madre, Violeta había insistido en que ambas descansaran en una de las habitaciones.
Pero Rocío se había negado a que su hija pasara su primera noche en este mundo en un prostíbulo, bastante cruz era ya haber nacido en uno.
Así pues, desoyendo los ruegos de la madama y las recomendaciones del médico, Rocío llegó a casa por su propio pie cuando despuntaban las primeras luces del alba.
Dado que no había podido convencerla de que guardara reposo, el doctor Rafael la había acompañado.
La ayudó a subir el tramo de escaleras y se encargó de dar instrucciones a una adormilada y atónita Estrella.
Por fin en su propia cama, Rocío cayó en un ligero duermevela acurrucada junto a su hija, para la que todavía no había decidido nombre.
El siguiente ruido, aunque amortiguado, hizo que Estrella se excusara.
—Voy a pedirle que lleve más cuidado.
Rocío no logró evitar torcer el gesto. Al tanto como estaba del incidente de Olvido en El Jardín, con lo que no había contado era con que la muchacha acabara refugiándose en su casa.
En otro momento, Rocío hubiera puesto el grito en el cielo, pero ahora reservaba las escasas fuerzas que le quedaban para su pequeña y para ella misma, puesto que, aun habiendo sido un parto sencillo y breve, sentía en cada fibra de su dolorido cuerpo el inmenso esfuerzo realizado.
Tampoco se le escapaba que era precisamente eso lo que le había valido una tregua con Estrella, evitando tener que afrontar el hecho de que le había ocultado el colgante.
Si en algún momento su hermana pretendió reprocharle su comportamiento, la llegada de la pequeña había acabado por difuminar cualquier rencor.
Con todo, no le gustaba que Olvido estuviera en su casa, durmiendo en el sofá y comiendo de su comida.
Resultaba inevitable sentir lástima por ella, pero algo en su interior le gritaba que no era de fiar.
Además, ahora que iba a estar un tiempo sin poder trabajar, solo con el modesto sueldo que Estrella traía de la relojería hubieran pasado apuros siendo dos, no quería ni pensar ahora que eran cuatro.
Rocío suspiró. Refugiadas en aquel país que no era el suyo, sin su hermana Aurora, lejos de cuanto habían conocido, eran demasiado vulnerables.
No podían permitirse complicar aún más las cosas. Y, aun así, lo estaban haciendo.
Dos días después, durante una visita rutinaria de la siempre sonriente María Gutiérrez para comprobar cómo se encontraban madre e hija, llamaron a la puerta.
Fue a incorporarse, pero la enfermera la detuvo y ella misma fue a abrir mientras Rocío aguardó arrullando a su bebé en el salón.
Estaba sola; al menos cuando Estrella se marchaba a la relojería, Olvido tenía el buen tino de desaparecer.
Rocío no sabía dónde se metía ni tampoco preguntaba, le bastaba con no tenerla cerca.
No tardó María en regresar y lo hizo seguida por Jazmín.
—Como veo que estás bien acompañada, yo me marcho —anunció María con tono alegre, no sin darle a continuación las últimas instrucciones—: Sigue poniéndotela mucho al pecho, es la mejor forma de que te suba la leche. ¡No te levantes! Ya me conozco el camino.
Rocío se percató de cómo antes de irse, la enfermera dejaba en la cocina un paquete con discreción y sonrió agradecida.
Ni ella ni el doctor habían aceptado pago alguno por sus cuidados y además solían llevarles algo de comida para que la reciente madre repusiera fuerzas.
Hasta le habían regalado aquella monería de moisés.
Por suerte, aún existía gente buena en el mundo, se dijo.
—¡Veo que estás estupenda! —la voz cantarina de Jazmín, que ahora sonaba ronca, la sacó de sus cavilaciones—. Nadie diría que acabas de parir, chica.
—Yo sí que lo noto —rio Rocío, rememorando ese instante en que su cuerpo empujaba con una fiereza sobrehumana para dejar pasar a la nueva vida que se abría camino.
Ni siquiera cuando creyó que se partía en dos del dolor se detuvo.
Había sido el momento más salvaje de toda su existencia y, sin duda, había merecido la pena porque le había permitido conocer el amor más inexplicable.
—Bobadas, incluso preñada siempre fuiste la más guapa de El Jardín —le guiñó uno de sus ojos felinos—. ¡Menudo cabreo tenía Violeta por semejante desperdicio!
La niña soltó el pezón al que había estado enganchada y estalló en un súbito llanto. Rocío se la cambió al otro pecho en un intento de apaciguarla.
—La tengo todo el día a la teta, y la noche también, no te creas. Pero llora mucho… —suspiró Rocío. Cuando la pequeña se calmó con la succión, se volvió hacia la prostituta y, con un inconsciente gesto hacia el cuello que esta llevaba cubierto con un pañuelo, preguntó—: Y tú, ¿cómo estás?
—Ya ves. —La joven deshizo el lazo con los dedos y dejó caer la fina tela, descubriendo los oscuros moretones que ocultaba—. Viva, gracias a ti.
—Cualquiera hubiera actuado igual en una situación así.
—El doctor me explicó que me salvé por lo que hiciste —explicó, dejando a un lado su habitual gesto despreocupado para ponerse seria.
—Estás viva porque debías estarlo, Jazmín, estoy convencida de ello.
—Por cierto, ya no hace falta que sigas llamándome así. He dejado El Jardín.
—¿Cómo es eso?
—Estoy harta de esa vida en la que no escasean los sobresaltos.
Después de este tiempo tengo algo ahorrado y he decidido que no puedo seguir malgastando mis mejores años de esta manera.
Tengo una tía en la Francia metropolitana, como le dicen aquí, y pienso comprar un pasaje para ir a verla.
Luego Dios dirá. Lo único que sé es que me voy de Argelia, Rocío.
—Me alegro mucho por ti.
—Lo sé. No podía irme sin despedirme de la persona que me ha regalado esta segunda oportunidad.
Además, quería decirte que te debo una, y yo soy de las que pagan mis deudas.
Así que si algún día hay algo en lo que yo pueda ayudarte, no dudes en hacérmelo saber.
—Se levantó y con un par de movimientos enérgicos alisó un bonito vestido floreado que apenas era capaz de contener la exuberancia de su cuerpo, tras prometerle que le enviaría sus señas tan pronto se instalase con su tía.
Luego se inclinó para besar a Rocío en la mejilla—.
No quiero que se me haga tarde. Cuidaos mucho.
—¡Espera! —la detuvo Rocío antes de perderla de vista, seguramente para siempre—. No me has dicho tu verdadero nombre.
—Me llamo Filomena —contestó con un divertido encogimiento de hombros—. Es mucho más aburrido que Jazmín, ¿no te parece?
—A mí me parece un nombre muy bonito. Adiós, Filomena, que tengas suerte.
* * *
La convivencia con Olvido resultó complicada.
Lo que se suponía que no iban a ser más que un par de días se convirtió en un par de semanas en las que la tensión no hacía más que crecer a cada minuto.
Estrella se encontraba navegando entre dos aguas.
Por un lado estaba su hermana, por el otro, su vieja amiga.
Trataba de contentar a ambas, algo del todo imposible, y por lo general acababa con mala cara de alguna de ellas o de ambas.
—No sé por qué te empeñas en cuidar de ella —se exaltó Rocío—. Ni por qué le permites que te hable como te habla.
En realidad, Estrella no dejaba de preguntarse lo mismo.
Y es que no le faltaba razón a su hermana: aquella mujer en nada se parecía a la que recordaba.
En el cuerpo de quien un día fue una joven alegre y parlanchina ahora habitaba otra taciturna que se perdía durante horas en silencios malhumorados.
Las sonrisas habían sido derrocadas por mohines de disgusto y la mirada soñadora, por otra tan oscura que daba verdadero pavor asomarse a sus profundidades.
Pese a todo, seguía insistiendo en salvar a Olvido de sus propias sombras.
—Ya sabes lo que pienso de todo esto —afirmó Rocío, que no se resistió a añadir—: Acogerla en esta casa fue un error y, cuanto antes lo reparemos, mejor nos irá a todas.
A pesar del descontento de su melliza, Estrella atendía a Olvido lo mejor que sabía, dándole espacio y acallando las decenas de preguntas que acudían a sus labios.
Lo hacía casi con devoción, rememorando los buenos momentos compartidos años atrás al tiempo que se esforzaba por ignorar sus continuos desprecios.