El abrazo del siroco Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

El chamarilero, alto y corpulento como una bestia, agitó un puñado ante sus ojos, pero Halima no alcanzó a verlas.

Solo podía pensar en que, si su padre se enteraba de que había estado tan cerca de aquel cristiano, la molería a palos.

Aterrorizada, lanzó un rápido vistazo por encima del hombro para comprobar si había alguien más en aquella callejuela que hubiera podido verla.

Descubrir que estaban solos la tranquilizó.

Todavía no podía imaginar lo equivocada que estaba.

—Son bonitas, ¿verdad? —insistió el hombre—. Casi tanto como tú… mira, te regalo la que más te guste.

Por una milésima de segundo, Halima tuvo la tentación de salir corriendo.

Su voz interior le gritaba que lo hiciera.

Pero ese día era diferente, era su cumpleaños.

Cumplía dieciséis y nunca nadie le había regalado nada.

Sopesó la idea por un momento, atraída por la suavidad que intuía en el terciopelo.

Sus ojos brillaron con una ilusión casi infantil.

—Vamos, no seas vergonzosa. ¡Escoge una!

Un destello celeste se agitó frente a sus ojos y no pudo resistirse.

Señaló con timidez aquella cinta y el chamarilero la desenroscó para entregársela.

En cuanto el terciopelo rozó sus dedos la joven se estremeció de placer.

Era aún mejor de lo que había imaginado.

Sin duda, aquel era el mejor cumpleaños de su vida.

No tardaría en convertirse en una pesadilla.

* * *

—Los tienes muy cabreados.

Bernabé Toca sonrió. Sabía bien a quién se refería Rodrigo.

—Eso espero.

El consulado español era un edificio achaparrado de dos plantas con balcones en las ventanas y bandera rojigualda levantado en el chaflán conformado por las calles Citoyen Bezy, Bastille y Floréal Mathieu.

Hacía calor y el bullicio del cercano boulevard d’Arzew les llegaba a través de las ventanas abiertas.

— Un casse-cul —continuó Rodrigo respondiendo a su sonrisa—. Algo así como un grano en el culo. Si no recuerdo mal, es como te describió ayer nuestro querido prefecto Louis Boujard en la comida que tuve el placer de compartir con él.

—¡Ja! —se carcajeó Bernabé divertido—. Podía haber sido peor.

—Desde luego —concedió Rodrigo siguiéndole la broma—, no se puede negar que le pones empeño para que así sea.

El cónsul cabeceó despacio, admitiendo con orgullo que tenía toda la razón. Después suspiró y su semblante recuperó el gesto grave y atribulado.

—Escucha —dijo—, esto se va a poner interesante.

Bernabé se acercó a su escritorio, se sentó en el borde de la mesa antes de abrir una caja de brevas de la marca Jorro y ofrecerle uno a Rodrigo, que lo rechazó, para a continuación encenderse uno. Fumó despacio, con la vista puesta en la ventana.

—No es ningún secreto que Franco quiere recuperar el Oranesado para España…, lo que no muchos saben es que lo quiere ya —explicó Bernabé—. Operación Cisneros, la llaman, por eso de que fue el cardenal Cisneros quien llevó a cabo la conquista española de Orán hace más de cuatro siglos.

—No se han calentado mucho la cabeza con el nombre, que digamos.

—En fin, ya estás al tanto de que Pétain fue embajador de Francia en Madrid y hasta ahora se entendía de maravilla con Franco.

—¿Hasta ahora? —inquirió Rodrigo con agudeza.

—Franco le ha exigido la restitución del territorio, pero Pétain se ha hecho el sordo mientras su ministro de Exteriores, Paul Baudouin, ha dicho que sí, que nos devuelven el Oranesado a los españoles, pero cuando la guerra en Europa termine.

¡Mira que son cabrones! Ya te imaginarás cómo le ha sentado al generalísimo que lo ninguneen así.

Rodrigo se podía hacer una idea.

—Franco no es de los que se achantan precisamente, que de altura andará escaso, pero de cojones va bien sobrado —continuó Bernabé—.

La firma del armisticio ha cambiado las reglas del juego.

Ahora Francia es un pelele en manos alemanas, por lo que Franco va a darle la patada a Pétain como este se la dio antes a él.

—Donde las dan, las toman.

—Ya ves que los caminos diplomáticos son largos y con infinidad de requiebros.

Está prevista una reunión con el mismo Führer y me juego el pescuezo a que Franco aprovechará para pedir lo que considera suyo, que no es otra cosa que este suelo que pisamos.

Claro que Hitler también tendrá sus propias exigencias, y tampoco nos podemos olvidar de Mussolini, que está deseando hincarle el diente a su parte del pastel en el norte de África.

Bernabé se acercó el cigarro a la boca y se deleitó en la última aspiración. Sin separar el trasero de la mesa, se giró para aplastarlo en un cenicero de cristal tallado.

—En resumidas cuentas, amigo, se nos acabaron las vacaciones. Toca ponerse a trabajar.

Morague rio la ironía. Bernabé no había dejado de trabajar por los españoles ni un solo día desde que fuera nombrado cónsul.

Se podía decir que la descripción del prefecto no andaba desencaminada, pues a punto había estado de provocarle una úlcera en más de una ocasión.

De este modo, siendo las reclamaciones y las arengas incendiarias del diplomático de sobra conocidas en la ciudad, la participación de Rodrigo estaba condenada a permanecer en la sombra.

De que así continuara siendo dependían futuras acciones, además de su propia supervivencia.

Ahora fue él quien buscó refugio en el aire que se colaba por la ventana abierta.

—El commissaire Blanchard vino ayer a verme, me ha pedido un listado —anunció Rodrigo sin rodeos—.

Quiere los nombres de todos los españoles empleados en los viñedos del Oranesado, los fijos y los temporeros.

Opina que como propietario del Soleil d’Oran cuento con los contactos necesarios para conseguirlos.

Lo que no me ha aclarado es lo que pretende hacer con ellos.

—Ni falta que hace. Tu suegro es un tocapelotas muy peligroso.

—No es mi suegro todavía —se removió Rodrigo.

—Pero peligroso ya lo es. Y mucho.

Rodrigo cabeceó como asentimiento. Si Delphine, con su egocentrismo tirano y sus celos enfermizos, le inspiraba un profundo aborrecimiento, su padre le provocaba un sentimiento bien distinto.

Había oído un sinfín de historias acerca de la crueldad del commissaire de policía de Orán, a cual más escalofriante.

Sin duda, Bruno Blanchard era un personaje con el que cualquier precaución era poca.

—¿Qué le digo del listado?

—Contenlo como puedas —le pidió Bernabé con la mirada fija en él—. Eres listo, Rodrigo, seguro que se te ocurre algo. Danos algo más de tiempo.