Capítulo 20 #2
En los pueblos donde actuaban era habitual encontrar gran cantidad de exiliados españoles, algunos venidos tras la derrota, aunque la mayoría llevaban allí desde mucho antes, varias generaciones incluso, y ya se habían establecido con sus familias.
Pequeños comerciantes, propietarios de modestos negocios, empleados por cuenta ajena, ya fuera para los franceses o para los compatriotas con mejor fortuna.
Conocedores todos de los sinsabores de un exilio que, aun siendo voluntario en la mayoría de los casos, no por ello dejaba de escocer como limón en las heridas.
A unos y otros alegraba por igual la llegada de la compañía y solían ofrecer sus casas para alojar al elenco de artistas durante los días que estos pasaban allí.
Gumersindo era quien repartía a su gente según lo que encontraran disponible.
En primer lugar se tenía en cuenta a los matrimonios y a las familias, a quienes se les cedía los espacios más confortables, por lo que al estar sola, no era extraño que Aurora acabara conformándose con extender un colchón en las cocinas de aquella buena gente.
Pero no todos eran tan fáciles de contentar.
Risto era, además del hombre forzudo y el marido de Halima, un hombre tosco, de pocas palabras y trato áspero.
Pendenciero y bebedor, poseía un portentoso bigote y un orgullo aún mayor.
Hinchaba el pecho velludo para asegurar que no mendigaba caridades, así que él y su mujer tenían por costumbre dormir sobre el mismo escenario de la sala donde se actuaba.
No hubo manera de hacerle comprender que el alojamiento no era caridad, sino un ofrecimiento que las familias locales hacían con gusto; al fin y al cabo, alojar artistas siempre era algo de lo que poder alardear una buena temporada ante el resto de vecinos.
Aun así, para Risto aceptar cama era signo de debilidad y por eso no le importaba dormir en un jergón sobre las duras tablas o, lo que era peor, que lo hiciera su esposa.
Si Gumersindo Pineda seguía contando con Risto, era solo por no perder a Halima, puesto que, si despedía a uno, la otra marcharía con él.
Pero tan cierto era que todos en la compañía adoraban a Halima como que aborrecían a Risto.
Completamente agotada, Aurora se tumbó en la cocina del matrimonio que regentaban el Bar Sierra, donde servían una tortilla de patatas con cebolla para chuparse los dedos.
Esa noche había representado el papel de ama de llaves de la condesa en Hija y madre.
La caracterización había sido perfecta: el pelo con la raya en el centro, tirante hacia la nuca con un moño pequeño, vestida de negro hasta los tobillos y un delantal grande con un bolsillo para las llaves.
La cicatriz en forma de medialuna que cruzaba su mejilla había quedado bien oculta con maquillaje y los aplausos para aquella última actuación antes de abandonar el pueblo habían sido abrumadores.
A fin de evitar el mordisco del desamparo a esas horas de la noche, fue a buscar la fotografía que Paloma le había dado antes de su partida.
En ella aparecía retratada su amiga con Ginesito sentado en el regazo y su eterna sonrisa en los labios.
Aurora había adquirido la costumbre de contemplarla antes de apagar el candil, de refugiarse en aquellos rostros conocidos, como una especie de talismán, o quizá solo fuera una forma de recordarse a sí misma que no estaba sola en el mundo.
La buscó con nerviosismo creciente, solía llevarla siempre consigo, pero no aparecía.
Su angustia solo se mitigó al caer en la cuenta de que se le debía de haber caído al cambiarse de ropa tras la función.
Necesitaba recuperarla, no podía marcharse de allí al día siguiente sin su único tesoro.
Se dirigió a la sala en la que estarían Risto y Halima, calculando que todavía no se habrían acostado.
Tenía una ligera idea de dónde podía habérsele caído, así que no se demoraría más que un par de minutos.
Encontró la puerta trasera abierta y entró sin apenas hacer ruido.
La voz ruda de Risto la detuvo antes siquiera de poder anunciar su presencia.
—¿Qué haces todavía levantada, pedazo de burra? —escuchó rugir con desprecio—. ¿No te tengo dicho que vayas derechita a nuestro catre? ¿De qué me sirve estar casado si mi mujer no me calienta la cama? ¿Y por qué no me has preparado mi cigarro? Sabes que sin él no cojo el sueño.
—Solo tardo un minuto —escuchó contestar a Halima entonando su dulce acento—. Gumersindo me pidió que remendara…
—¡Ni Gumersindo ni hostias! —la cortó Risto—. Tu marido soy yo y me obedeces a mí. ¿Te queda claro?
Aurora dio unos pasos para acercarse al escenario con la intención de comprobar lo que ocurría. Allí se estremeció al ver que Risto había agarrado a Halima por el cogote para acercarle la cabeza a su rotundo bigote.
—Te he preguntado si te queda claro.
Desde el primer momento, Aurora había experimentado un profundo e instintivo rechazo hacia aquel hombretón.
No le gustaban sus maneras ni el olor a alcohol que solía desprender su aliento ya desde primera hora de la mañana, por lo que había procurado mantenerse alejada de él.
Ahora se preguntaba si no debería intervenir de alguna forma.
—Pero, Risto, si no termino esto…
El brutal bofetón que resonó en la estancia tuvo dos efectos inmediatos. Por un lado acalló a Halima, por otro, a punto estuvo de arrancar un grito de la garganta de Aurora. El forzudo, cegado de rabia, no se percató del leve crujido al otro extremo de la sala.
—No soporto que me repliques —masculló de modo que sus palabras se sintieron como nuevos golpes. Agarró del brazo bueno a Halima y se lo retorció hasta que esta, sumisa, se arrodilló ante él—. Eso está mejor. Y ahora andando, que es gerundio.
Aurora, que se había llevado una mano al rostro justo donde aquella buena mujer había recibido el bofetón, sintió bombear su sangre en las venas con rapidez.
A pesar de su instantánea animadversión por Risto, jamás hubiera podido imaginar que era tan despreciable.
No comprendía cómo alguien con la ternura de Halima podía estar casada con un monstruo como aquel.
* * *
Halima no recordaba haber sido niña, quizá porque la infancia fue tan dura y despiadada como después resultó ser la vida adulta.
Hacía cerca de cuarenta años que había nacido en la Cabilia, en un pequeño pueblo del Alto Atlas, en el seno de una familia amazigh que se aferraba con fiereza a su fe, tal vez por ser esta la única de sus posesiones.
Se repartían entre el trabajo de la tierra árida de las montañas y el cuidado de unos pocos animales que vivían en el corral junto a la casa, tan escuálidos y tristes como los hijos.
El padre, de carácter hosco y silencioso, poseía, en cambio, la sabiduría de sus ancestros, de modo que a su casa llegaban gentes de todas partes en busca de alivio para sus males.
A Halima le apasionaba aquel conocimiento y su mayor deseo fue siempre que su padre lo compartiera con ella, algo que jamás ocurrió.
Al fin y al cabo, no era más que una mujer.
Aprendió a conformarse con presenciar la llegada de los enfermos o, si tenía suerte, espiar por la rendija de la puerta para ver cómo su padre seleccionaba brotes y semillas para sus preparados e infusiones con un mimo que no le conocieron sus hijos ni sus dos esposas.
Aunque el mejor momento, el que siempre la sobrecogía hasta contener el aliento, era cuando el curandero colocaba sus manos muy cerca de sus cabezas y cerraba los ojos para entrar en un trance que parecía aquietarlo todo a su alrededor.
Su golpe de suerte llegó cuando la vista de su progenitor empezó a fallar y se vio forzado a recurrir a ella para que recolectara las plantas o lo ayudara con las preparaciones.
Así fue como llegó a aprender mucho más de lo que jamás se hubiera atrevido a soñar.
Y es que, con doce hermanos a cargo, todos varones, en Halima recayó la responsabilidad de afrontar junto a las esposas del curandero las infinitas tareas domésticas y el cuidado de los más pequeños, los que todavía no tenían edad para salir a trabajar.
Nunca se quejó. Ni siquiera se le hubiera ocurrido hacerlo. ¿De qué hubiera servido?
También al ser la única hija era la responsable de la honra familiar.
No había lugar para tacha alguna, la reputación de todos sus seres queridos dependía de ello.
No obstante, su vida dejaba poco lugar a deslices o murmuraciones.
Dedicada en cuerpo y alma a sus quehaceres diarios, ni siquiera intercambiaba palabra alguna con otros hombres que no fueran sus hermanos o su padre.
Sabía que, llegado el momento, él sería quien le buscase un esposo que considerase adecuado.
Así la habían educado y ella cumplía con abnegación.
A veces pensaba que el motivo de que aún no se hubiera formalizado ningún compromiso era aquella tara con la que debería convivir el resto de su vida, pues caminaba arrastrando siempre el lado izquierdo de su cuerpo, que se negaba a seguir el compás del derecho.
Tal vez la vida de Halima habría continuado así de triste, de no ser porque el destino se empeñó en demostrarle que aún podía serlo más.
Un mal día apareció por el pueblo un chamarilero con sus baratijas a cuestas.
Chamarileros había visto muchos otros antes y Halima disfrutaba acercándose a admirar el brillo de las preciosas pasamanerías o el grácil vuelo de las cintas de terciopelo al viento.
Jamás compraba, no tenía dinero para siquiera soñar con hacerlo, pero mirar era gratis y solía darse aquel fútil capricho cuando se presentaba la ocasión.
No se percató de que aquel hombre con la piel curtida y polvorienta no era musulmán hasta que fue demasiado tarde.
—¿Te gustan estas cintas, preciosa?