El abrazo del siroco Capítulo 20
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Capítulo 20

Desde ese mismo momento, Francia quedó fragmentada en dos.

El norte se convirtió en zona ocupada bajo el control alemán, donde la Wehrmacht era la máxima autoridad.

Al lado sur de la línea de demarcación quedaba la zona libre; por debajo del río Loira se estableció un régimen colaboracionista con los nazis cuya capital era la ciudad de Vichy y estaba en manos del mariscal Pétain.

La falta de efectivos para ocupar los territorios del norte de África fue la culpable de que el Führer se viera forzado a dejar las colonias francesas bajo el control de Pétain, el héroe de Verdún.

Con todo, Argelia no quedaba, ni mucho menos, fuera de peligro.

El Tercer Reich avanzaba imparable y era cuestión de tiempo que extendiera sus tentáculos sobre el tentador imperio que se extendía al otro lado del mar.

Entretanto, la vida seguía su curso en un precario equilibrio, lo que para Aurora Robles vino a significar un nuevo exilio, esta vez como integrante de una compañía de teatro itinerante.

Añoraba la pensión Valencia, siempre alborotada y bulliciosa, pero a la vez acogedora y hogareña.

Aquellas mañanas de «buenos días» en el pasillo abarrotado, colas a la puerta del retrete, aroma a café y trajín continuo eran un agradable recuerdo que se iba difuminando con cada kilómetro que se alejaba.

Sin embargo, lo peor era la ausencia de doña Tecla y Paloma, que suponía un nuevo peso que debió aprender a soportar.

Aurora asistía impotente a cómo el destino se empeñaba en arrebatarle todo aquello por lo que sentía apego, como si no tuviera derecho a amar y cada vez que lo intentase fuera castigada sin piedad.

Vagar de pueblo en pueblo no ayudaba a paliar su sensación de desarraigo.

Siempre en movimiento, siempre cambiando de lugar y de caras.

Siempre alerta. De un día para otro había pasado de dormir cada noche en la misma cama a hacerlo en casas de desconocidos.

Lo único que animaba a Aurora era la perspectiva de que, en cada nuevo lugar al que llegaba, con un poco de suerte tal vez pudiera dar con alguna pista acerca del destino de sus hermanas.

Esa idea le insuflaba unas fuerzas que la impelían a no rendirse.

Gumersindo Pineda no se parecía en nada al director a cargo de los espectáculos en el Alhambra, dado a los aspavientos y ataques de nervios.

Era en cambio campechano y sencillo, y se comportaba como un miembro más de la agrupación.

Soltero a pesar de sus sesenta años cumplidos y algo amanerado, era oriundo de Orihuela, tenía las extremidades lánguidas y los párpados flácidos sobre unos ojos todavía vivarachos, y sentía una gran devoción por Miguel Hernández, de quien aprovechaba la más mínima oportunidad para presumir de haber sido vecino.

Bajo su tutela, la compañía se había formado varios años atrás gracias a un puñado de artistas españoles exiliados y repartidos por el Oranesado y, aunque en un principio se había dedicado en exclusiva al teatro, acabó incorporando todo tipo de entretenimientos que iban y venían según lo hacían los artistas en cuestión.

Para cuando se les unió Aurora ya contaban con un matrimonio que bordaba las zarzuelas, su hija regordeta que cantaba y bailaba con su vestido de tul rosa, un equilibrista que cortaba la respiración, un payaso con gran habilidad haciendo malabares y su esposa, que era tan bajita que casi parecía una niña, y lo acompañaba en algunos números.

Supo Aurora que algunos miembros se habían enamorado, casado e incluso tenido hijos después de conocerse en la Alegría.

Juntos iban y venían, recorriendo aquella tierra tan cercana y a la vez lejana de la propia, actuando y llevando jolgorio allá por donde pasaban.

Cada cual con su historia a cuestas, con sus anhelos y sus penas.

Aurora les estaba agradecida porque la hubieran acogido como a una más sin apenas conocerla.

Sin duda, la compañía Alegría era una gran familia. La única pega es que no era la suya.

—¡Venga, niña —le decía la mujer del payaso, tan risueña como su marido—, alegra esa cara que parece que vengas de un entierro!

Y Aurora lo intentaba, no dejaba de hacerlo por ella, pero sobre todo por Estrella y Rocío. Porque algún día, ojalá cercano, aquella época no fuera más que una pesadilla, un mal recuerdo que olvidar.

Sin domicilio fijo, solían desplazarse repartidos entre el viejo furgón de Gumersindo y varios carros.

Hacían algunos tramos a pie, recorriendo desde campos fértiles sembrados de naranjos o cereales a terruños polvorientos en los que los remolinos de viento campaban a sus anchas.

A veces lo hacían en mitad de un solitario silencio, otras, acompañados a lo lejos por árabes con turbante que pastoreaban sus rebaños.

Conforme se acercaban a las zonas habitadas, la concentración de personas aumentaba y las construcciones dejaban de ser modestos gurbis aislados para agruparse en calles ordenadas, avenidas con comercios de todo tipo: salon de coiffure, pharmacie, boucherie…

y animadas plazas con iglesias y templetes donde acudir los domingos.

Por lo general, el director se adelantaba para negociar con las autoridades las salas donde actuarían y conseguir alojamiento para su gente.

El resto de la troupe lo seguía al ritmo pausado de las mulas.

Las actuaciones empezaban los jueves y se sucedían cada noche hasta el domingo, cuando Gumersindo repartía la paga a partes iguales entre los adultos y media para los niños.

Representaban obras distintas puesto que iban destinadas al mismo público y era preciso ofrecer siempre algo nuevo.

Su variado repertorio abarcaba desde obras teatrales a zarzuelas, de las risas que provocaba el payaso desparramando pelotas por el suelo al aliento contenido por la tensión del equilibrista caminando sobre la cuerda floja.

Resultó que Aurora tenía buena voz, suave y templada, sin grandes pretensiones, pero válida para dar el tono cuando tocaba.

También causaba buena sensación interpretando pequeños papeles, por lo que Gumersindo Pineda la felicitó.

Su mayor problema por entonces era que justo antes de salir al escenario el corazón le brincaba enloquecido en el pecho, se le secaba la garganta y le sudaban las manos.

—Con esa voz tan dulce y lo guapetona que eres nadie se dará cuenta si te equivocas —la había tranquilizado Gumersindo la primera vez al notar su nerviosismo—.

Y si te quedas en blanco, no te preocupes, que Halima está al quite.

Vamos —la animó y le dio un empujoncito en la espalda para que saliera de entre bambalinas—, no nos falles ahora.

Halima era una pieza fundamental de la compañía.

Encargada de maquillar y vestir a los actores y actrices en cada actuación, tenía además una gran habilidad con las manos, por lo que lo mismo hacía arreglos y remiendos para adaptar las diferentes prendas que montaba un decorado con escasos medios, consiguiendo un resultado de lo más vistoso.

También era la apuntadora, siempre atenta para lanzar al aire el comienzo de una frase y rescatar al actor naufragado.

—Yo no sirvo para esto —murmuró para sí Aurora después de su primera aparición, agazapada a la espera de que le tocara volver a salir con el cuerpo blando y el estómago del revés.

—Claro que sí —respondió Halima empleando el mismo tono quedo—, solo tienes que acostumbrarte, ya verás cómo en unas semanas se te ha pasado el susto.

Aurora sentía una simpatía natural hacia Halima, la única integrante musulmana de la compañía.

De orígenes amazigh, había llegado hasta allí acompañando a su marido, un español grande y peludo que hacía el espectáculo del hombre forzudo.

Vestía siempre una modesta chilaba de algodón blanco que tan solo mostraba sus pies descalzos, mientras que el turbante de su cabeza desvelaba unas gruesas trenzas.

Olía a aceite de argán y eucalipto y sus mejillas, frente y barbilla habían sido tatuadas en algún momento con tinta verde.

De contornos voluminosos, Halima caminaba con el vaivén de un barco en medio de la tempestad al arrastrar su pierna izquierda, pues de niña había sufrido una meningitis que la dejó con medio cuerpo adormecido.

—Ojalá pudiera quedarme entre bambalinas como tú —anheló Aurora.

—No digas eso, anda, que si a mí no me muestran ante el público, es por una buena razón —musitó la otra con un vago gesto hacia su pierna inútil—. La gente paga por olvidar un rato sus penas, no para ver las de otros.

—Disculpa, no he querido ofenderte.

—No lo has hecho —la tranquilizó, la atención puesta en cuanto ocurría en escena—. Venga, ahora prepárate que vuelves a salir. ¿Te acuerdas o te doy pie?