El abrazo del siroco Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

El implacable calor africano que durante el día caía a plomo sobre las terrazas con ropa tendida y se condensaba en el interior de las viviendas tampoco ayudaba.

Con un hondo suspiro, salió del cuarto de las escobas.

Ya casi no pensaba en José cada vez que estaba allí.

Casi. Pero lo cierto era que el recuerdo de aquel joven carpintero seguía asaltándola cuando menos lo esperaba.

Si se convencía de que había superado la especie de ensimismamiento que le había entrado, volvía a ver su sonrisa o esos ojos afligidos por cómo ella lo alejaba de su lado.

En fin, se dijo sacudiendo la barbilla, había hecho lo que debía.

Caminó hacia la habitación de Jazmín con un juego de sábanas limpias.

Violeta conocía bien su negocio y era muy estricta con la limpieza.

Sabía que los hombres persiguen la sensación de que son los únicos, los primeros…

por contradictorio que esto resulte cuando están de visita en una casa de putas.

Así que cada vez que una de las muchachas terminaba un servicio, Rocío entraba en el cuarto y hacía una limpieza general mientras que la chica de turno se lavaba, se cambiaba de ropa y se perfumaba de nuevo con la esencia de la flor que le daba nombre.

Todo para crear la ilusión de que el próximo en entrar estaba siendo atendido en exclusividad.

Como tenía por costumbre, Rocío llamó antes de entrar.

Lo último que quería era encontrarse una escena comprometida.

Aguardó unos instantes, pero nadie respondió.

Volvió a llamar y pegó la oreja a la puerta, atenta a los gemidos y gruñidos que solían anunciar el final de cada visita.

Nada. Se decidió a abrir una pequeña rendija a través de la cual anunció:

—¡Voy a entrar!

Cuando terminó de abrir la puerta, las sábanas limpias cayeron al suelo y un alarido escapó de su garganta.

—¡Jazmín!

La joven estaba tendida en la cama boca arriba, inmóvil y completamente desnuda, salvo por algo extraño que envolvía su cuello. En un primer instante Rocío no supo identificarlo, hasta que se acercó a toda prisa y descubrió que era el encaje de un sostén rojo lo que la estrangulaba.

Actuando más por impulso que pensando lo que hacía, le arrancó la prenda del cuello.

No fue fácil. Estaba tan incrustada en la carne que tuvo que usar las tijeras que llevaba en el delantal.

Rasgó la delicada piel y del corte se deslizó un hilo de sangre al que no prestó atención, pues estaba tratando de averiguar si la joven respiraba.

Pegó su cabeza al pecho y colocó la mano sobre la nariz y la boca, pero no encontró ni el mínimo rastro de vida. Se estremeció.

Rocío apenas se percató del trajín que empezó a formarse a su alrededor.

Las otras chicas, alertadas por su alarido, se habían acercado para ver lo que ocurría y ahora sollozaban y sacudían a Jazmín en un revuelo de senos desnudos, gasas transparentes y puntillas de colores sin conseguir que esta reaccionara.

En medio de la conmoción, su memoria aún tuvo la lucidez necesaria para rescatar retazos de una conversación ocurrida una tarde en su antigua casa de la puerta azul.

Una en la que Aurora acababa de volver de su trabajo en la Casa de Socorro y les contaba cómo había visto a un médico salvar a un paciente con algo que más bien parecía magia.

No estaba segura de recordarlo con exactitud, pero valía la pena intentarlo.

—¡Apartad! —voceó para hacerse oír por encima de los chillidos de las prostitutas—. ¡Dejadme espacio!

Rocío rodeó la cama y, pinzando la nariz de Jazmín, acopló sus bocas para a continuación soplar con fuerza.

Por el rabillo del ojo observó cómo el pecho se inflaba.

Aquello la animó, después de todo, tal vez funcionara.

No tenía ni idea de cuántas veces debía repetirlo.

Temía hacer algo mal y causarle algún daño a Jazmín.

Pero un rápido vistazo al tono azulado de sus labios y la palidez de su rostro la convencieron de que el peor daño ya estaba hecho.

Inspiró con fuerza y volvió a insuflar aire en aquellos pulmones dormidos. No supo cuánto estuvo así, solo que le ardía el pecho y la habitación daba vueltas cuando Jazmín abrió los ojos y dio una desesperada bocanada.

Sus compañeras, que habían asistido atónitas a su esfuerzo, vieron resucitar a Jazmín sin dar crédito a lo ocurrido.

—¡Agua! —pidió Violeta, quien había entrado en el cuarto mientras Rocío se afanaba por revivir a una de sus flores—. Venga, acercadme un vaso con agua y ayudadme a incorporarla. Eso es, sin levantarla, solo lo justo para que pueda beber.

Finalizado su titánico esfuerzo, Rocío había dado unos pasos atrás, permitiendo que fueran otras quienes se ocuparan ahora de Jazmín.

Resoplaba, las piernas apenas la sostenían y le temblaban las manos.

Buscó una silla para sentarse y reponerse.

Desde allí observó cómo una exánime Jazmín iba recuperando el color y bebía a sorbitos del vaso que Violeta le acercaba a los labios con mimo maternal.

La madama mandó aviso urgente al doctor Rafael Lozoya para que acudiera a El Jardín y con una elocuente palmada ordenó al resto de chicas regresar a sus habitaciones.

En el dormitorio tan solo quedaron ellas tres.

Lo peor había pasado y había que volver a la normalidad, lo que implicaba seguir atendiendo a sus clientes.

Sobre que Jazmín a punto había estado de morir estrangulada por uno de ellos no dijo nada.

Y Rocío se preguntó si pensaba tomar alguna medida, o simplemente lo consideraba un percance que entraba dentro de lo posible en aquel ingrato trabajo.

Asqueada con los hombres, odiándolos por creerse dueños de las mujeres, de sus cuerpos y de sus vidas, hizo amago de levantarse. Violeta no se lo había ordenado, pero sabía que ella también debía volver al trabajo.

Entonces, al incorporarse, sintió un súbito calor que humedecía sus muslos. Casi al mismo tiempo, un fuerte dolor en el vientre la obligó a apretar los dientes para acallar un gemido. Jadeó desesperada. Enseguida llegó la siguiente contracción y esta vez un sonido animal escapó de su garganta.

Miró a su alrededor. Sin soltar la mano de Jazmín, Violeta se había girado para observarla con el ceño fruncido.

Rocío se mordió el labio con fuerza. Estaba en un prostíbulo, con la única compañía de una madama y una prostituta que acababa de volver a la vida.

¿Qué lugar era aquel para ponerse de parto?

—No, por favor —suplicó bajando la vista a su redondeado vientre—, aquí no.

Pero una nueva oleada de dolor le impidió seguir hablando. No necesitó más confirmación para adivinar que su hijo tenía prisa por llegar al mundo.