El abrazo del siroco Capítulo 19
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Capítulo 19

El Jardín estaba revuelto. Por lo general, a esas tempranas horas, la casa entera dormía con sus chicas dentro. Pero no aquella mañana.

—¡Cómo te has atrevido! —el aullido de Violeta se escuchó hasta el último rincón.

—Además de putero —respondió Olvido masticando su rabia—, ese hombre es un embustero. ¿Y se pone de su parte?

Violeta no perdía la compostura jamás. Con los años había aprendido a mantener sus sentimientos bien ocultos tras un rostro que parecía cincelado en piedra.

Tal vez por lo excepcional de la situación, las chicas que se asomaron al pasillo alarmadas por el griterío volvieron a encerrarse en sus dormitorios tan pronto vieron el peinado descompuesto y el gesto congestionado de su patrona.

—A ver si te queda una cosa clara, yo solo estoy de mi parte —siseó Violeta haciendo un gran esfuerzo por contener la voz —.

¿Cómo crees que he llegado hasta aquí? Este es mi negocio, me he dejado la piel para conseguir lo que tengo y no estoy dispuesta a que una cualquiera destroce mi reputación por una baratija.

—Le repito que yo no he robado nada.

—¿Y cómo explicas que haya encontrado esto en tu cuarto?

Olvido enarcó las cejas con pretendido desinterés al observar la alianza que Violeta sostenía entre sus dedos índice y pulgar.

—Se la olvidaría anoche, o tal vez la dejó a propósito para después acusarme, qué sé yo. Ya le digo que es un malnacido.

Las aletas de la nariz de la madama se expandieron al inspirar con fuerza.

—No es la primera vez que tengo problemas contigo. No te creo, y la confianza es algo imposible de recomponer una vez se ha roto.

—¿Me está echando? —Olvido parpadeó incrédula. Aquel trabajo era una forma mísera de subsistir y, aun así, trató de aferrarse a ella con sus últimos argumentos—. No puede hablar en serio, ya sabe que hay hombres que buscan… bueno, que buscan una mujer como yo.

—Siguen llegando nuevas chicas a Argel, cada vez las hay más jóvenes y bonitas. —Violeta se encogió de hombros con indiferencia—. También las hay tullidas para quienes las prefieren.

—Se arrepentirá —musitó Olvido, aterrada al darse cuenta de que no había marcha atrás.

—Si algo he aprendido durante todos estos años, es a detectar cuando alguien me miente, y sé que no eres trigo limpio. No debí fiarme de ti, Cardo.

—Se cree superior a los demás, pero déjeme decirle que es igual… si no peor —respondió, obligándose a erguirse muy digna—. Y no me llamo Cardo.

Olvido no se molestó en recoger sus cosas. Después del tiempo que llevaba viviendo en el prostíbulo apenas poseía nada de valor o a lo que tuviera un especial apego, por lo que le dio la espalda a la madama y, sin más, se marchó de allí.

* * *

Al cerrar la relojería de Moatti, Estrella pasó por casa del doctor Rafael.

Era noche de viernes y había reunión. Rodeados del olor a café, se habló una vez más de cómo la situación en Europa se iba tensando día tras día y los ánimos se exaltaron.

No resultaba sencillo ser testigo de cómo todo se venía abajo.

Luxemburgo, los Países Bajos y Bélgica estaban ya bajo el mando alemán.

Los nazis pisaban suelo francés. Noruega había capitulado a principios de mes, casi a la vez que Italia se sumaba a la guerra.

Por su parte, los rusos avanzaban por las regiones bálticas y ya ocupaban Estonia, Letonia y Lituania.

El mundo entero temblaba ante lo que se avecinaba.

Para cuando Estrella llegó a casa, Rocío seguía en El Jardín.

No la había visto marcharse, pero la imaginaba con esa enorme tripa que no le permitía verse los pies y se preguntó hasta cuándo aguantaría trabajando.

No se había atrevido a contarle nada, pero llevaba varias semanas dándole vueltas y todavía no había dado con la manera de ayudar a Olvido, sobre todo porque esta había dejado claro que no deseaba volver a verla.

Tras mucho meditar, concluyó que lo primero era conseguir que abandonara el burdel, por eso había aprovechado la reunión para indagar si algún compañero pudiera recomendarla para un empleo, uno digno en el que no tuviera que dejarse maltratar como lo hacía, pero no había conseguido una respuesta afirmativa.

Estaba tan concentrada rumiando sus ideas que los golpes en la puerta la sobresaltaron.

Se acercó después de echar un rápido vistazo al reloj de su muñeca, regalo de su jefe, preguntándose quién podría ser pasada la medianoche.

Su gesto se quedó congelado cuando descubrió quién aguardaba al otro lado.

—¿Y esa cara? —preguntó Olvido—. Si no te alegras de verme, me voy.

Estrella necesitó unos instantes para forzarse a reaccionar. Asintió con la cabeza dos, tres veces y se aseguró de tener los brazos bien pegados al cuerpo, no fueran a adelantarse para dar a su vieja amiga el abrazo que tanto ansiaba.

—¿Quieres pasar?

Olvido no respondió, pero dio un paso al frente, y luego otro, hasta que acabó cruzando el umbral.

Con un gesto de la mano Estrella la invitó a sentarse en un extremo del sofá y ella lo hizo en el opuesto.

Ninguna de las dos habló durante tanto rato que, al final, la incomodidad acabó por, si no desaparecer, al menos mitigarse lo suficiente como para permitirles iniciar una conversación.

—Te estarás preguntando qué hago en tu casa.

Por supuesto que se lo preguntaba, pero lo último que pretendía Estrella era decir algo que la incomodara. Su única intención era no ahuyentar a Olvido, y si para eso debía morderse la lengua, estaba dispuesta a hacerlo.

—No quiero que te hagas ilusiones ni cosas raras, ¿me oyes? Solo estoy aquí porque no tenía otro lugar al que ir.

—¿Y qué pasa con El Jardín? Creía que…

—¡Al cuerno con El Jardín! —saltó Olvido exasperada, y por cómo arrastraba las consonantes quedó claro que había bebido—.

Por mí pueden pudrirse Violeta y todas las demás «florecillas».

¡Ja! ¿No te parece que ese invento de los apodos es ridículo?

Piensan que porque son guapas pueden ir por ahí pisoteando a cualquiera, pero en el fondo no son más que bazofia con una bonita fachada. ¿Lo entiendes?

—Por supuesto —se apresuró a confirmar Estrella, aunque lo cierto era que estaba totalmente perdida.

Se removió incómoda, el estado de embriaguez de su vieja amiga no iba a facilitarles mantener una conversación coherente.

Tampoco sabía qué decir ni cómo hacerlo para no terminar de espantarla.

Lo importante era que había acudido hasta ella, y tal vez fuera la oportunidad que tanto había estado esperando.

—Me ha echado —explicó Olvido al fin, dirigiéndole la primera mirada lúcida desde su llegada—.

Un cliente le fue a Violeta con el cuento de que le había robado una alianza y la muy tonta se lo creyó.

Y por eso estoy aquí. Dijiste que querías ayudarme, ¿no?

Pues estás de suerte, porque necesito un lugar donde dormir un par de noches.

Luego me largaré, ya lo tengo pensado. —Dio un par de palmadas en el brazo del tresillo—.

Solo me vendría bien dormir aquí mientras lo organizo.

Estrella dedujo que, antes de acudir en su busca, Olvido habría parado en alguna taberna. No se atrevió a preguntarle cómo había pagado el alcohol. Tal vez fuera su manera de encontrar fuerzas para salvar su orgullo y pedirle ayuda.

—No me gustan los espacios abiertos, ¿sabes? Desde la guerra, quiero decir, antes no me ocurría pero ahora… no sé explicarlo, es como si me faltara el aire.

—Tranquila, puedes quedarte esta noche y las que necesites. Te prepararé cena.

—No te molestes, no tengo hambre.

—Entonces te traeré una almohada para que estés más cómoda.

Cuando regresó, Olvido se había acurrucado formando un ovillo con su cuerpo y un mechón de su cabello rojizo le caía sobre la cara, ocultando sus cicatrices.

Casi parecía un animalillo herido. Verla así, desprovista de esa fiereza con la que parecía querer defenderse del mundo, le provocó a Estrella una profunda ternura.

—Olvido, no voy a juzgarte, pero entenderás que tengo que preguntártelo. ¿Robaste a ese cliente?

—¿Quién te crees que soy? Que mi cara tenga este aspecto no me convierte en una ladrona.

—Sabes que no quería decir eso.

—Claro… —La voz de Olvido indicaba que se estaba adormeciendo—. Pues ya te he contestado.

—Solo una cosa más.

—Dime.

—Me alegro de que hayas venido.

No obtuvo respuesta alguna y Estrella se fue a la cama preguntándose si habría llegado a escucharla.

Al desvestirse a la luz del candil del que se servía durante los frecuentes cortes de luz en la casbah, se sorprendió ante el anhelo de cuidar de su vieja amiga.

Como de costumbre, Olvido había llegado a su vida sin pedir permiso, arrasando y removiendo, poniendo y quitando.

Todavía no sabía cómo llamar a esa llama débil pero firme que calentaba su pecho al saberla bajo su mismo techo.

De lo poco que estaba segura era de que lo que fuera que hubiera sentido por ella en el pasado seguía vivo.

* * *

Rocío se sentía exhausta. Hubiera deseado encontrarse en su cama en vez de cambiando sábanas y llevando toallas de habitación en habitación.

Pero sabía que pronto iban a necesitar todo el dinero ahorrado.

Dicen que las criaturas traen consigo un pan debajo del brazo, pero la realidad es que traen nuevos gastos, por no hablar del tiempo que estaría sin poder trabajar después de dar a luz.

Por mucho que lo anhelara, no podía permitirse parar.