El abrazo del siroco Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Rodrigo apuró el cigarro con una aspiración profunda, casi ansiosa, y lo dejó caer para pisotearlo con la punta del zapato. Se aproximó a ella unos centímetros, Aurora permaneció estoica sin mover un solo músculo.

—¿En condiciones para qué?

—Para lo que sea que pretendas con esta conversación.

Rodrigo se mordió el labio. Habían transcurrido unas semanas desde que Bernabé Toca le confirmara que Estrella y Rocío estaban en Argel.

En ese tiempo había estado a punto de revelárselo una infinidad de veces, por eso acudía al cabaret donde Aurora actuaba.

Noche tras noche se repetía que ya lo había retrasado lo suficiente, que finalmente obedecería a aquella voz que le gritaba que era mezquino seguir guardando su secreto.

No obstante, la voz iba perdiendo fuerza conforme él la ahogaba en coñac, de modo que acababa levantándose antes de que los actores abandonaran el escenario sin atreverse a mirar atrás, consciente de que, en cuanto tuviera conocimiento del paradero de sus hermanas, ella desaparecería de su vida al igual que hacían esos malditos espejismos del desierto cuando uno se acerca demasiado.

Entonces supo que Aurora iba a marcharse de todas formas.

Ya no tenía sentido guardar silencio ni mantener esa lucha interna consigo mismo, hiciera lo que hiciera, no la retendría a su lado.

Tuvo que aceptar su derrota. Y en esa ocasión, casi tambaleante pero decidido, había acudido a ofrecerle a Aurora aquello que más deseaba en el mundo, lo que haría que sus caminos se distanciasen. Tal vez para siempre.

—Te estás equivocando conmigo, Aurora —protestó Rodrigo sintiendo cómo la embriaguez empezaba a disiparse.

La diferencia de altura obligó a Aurora a levantar la barbilla para enfrentar su mirada de refulgentes tonos cobrizos.

Al hacerlo, pudo sentir cómo su proximidad le provocaba una sensación eléctrica que tensaba su cuerpo, y eso la enfureció.

En realidad, la rabia que sentía era consigo misma.

Aquel hombre despertaba en ella unos sentimientos que la avergonzaban.

Su corazón había estado ocupado por Martín desde mucho antes incluso de que ella lo hubiera sabido, su ausencia le dolía en el alma como un desgarro que jamás cicatrizaría.

Y, de repente, Rodrigo había irrumpido en su vida trastocando todas y cada una de sus certezas.

Ansiaba poder apartarlo de sus pensamientos, pero cuando creía haberlo conseguido, el aroma de la uva madura regresaba con una tozudez irritante.

—Ojalá no hubieras venido, Rodrigo.

—¿Tanto te cuesta confiar en mí? —preguntó mascando una rabia amarga que se le enredaba en la lengua.

—¿Y por qué habría de hacerlo? —respondió Aurora.

Para Rodrigo aquellas palabras fueron una estocada en su orgullo herido y un oscuro resquemor empezó a crecer en su interior.

Aurora no tenía ningún derecho a hacerle ese desaire.

¡Después de todo lo que había hecho por ella!

Hasta había pedido favores para conseguir lo que ella tanto ansiaba.

Unos favores que ahora debía devolver poniéndose en riesgo a sí mismo, a todo cuanto tenía, sus negocios, su reputación…

¡Y se lo pagaba así! La sangre corría acelerada por sus venas, estaba furioso.

Tanto que la idea de compartir el paradero de Estrella y Rocío le pareció absurda.

Al fin y al cabo, Aurora le estaba dejando claro que no quería saber nada de él.

—Si eso es lo que quieres… —murmuró—, que así sea.

—  B uscó en su bolsillo el mechero para prender el nuevo cigarro que ya colgaba entre sus labios.

Sus dedos esquivaron el papel en el que estaba escrita una dirección de Argel—.

Tienes razón. Solo soy un borracho diciendo tonterías, pero ya no te molesto más. Que tengas un buen viaje.

Sin dar opción a réplica, se dio la vuelta en dirección a la callejuela contigua a la iglesia de Saint Louis seguido por el humo de su tabaco y la mirada de Aurora.

Para entonces ya había amanecido y, aunque el sol aún no asomaba por encima de los tejados de las casas, Aurora levantó la vista al cielo y respiró despacio en un intento de recuperar la calma.

Decidió que no tenía tiempo para perderlo con Rodrigo Morague y deliberadamente ignoró el vacío que había sentido en el estómago al verlo alejarse.

Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Como encaminarse a la estación central si no quería acabar perdiendo el tren que la alejaría de Orán…

y también de todos quienes la habían protegido hasta el momento en aquel país.

Ante ella, solo se abría lo desconocido.

Así, con paso decidido y la mandíbula apretada, Aurora Robles se puso en camino, ignorando que dejaba atrás la única persona que conocía dónde estaban Estrella y Rocío.

Tampoco sospechaba que Bruno Blanchard, el mismo hombre que le había arrebatado cuanto le importaba, se lanzaba tras sus pasos en esos precisos momentos azuzado por su hija Delphine.

Ni que el feroz commissaire de policía era un sabueso de los que no sueltan el rastro una vez han olfateado a la presa.

Y, en esa ocasión, la presa era ella.