Capítulo 18 #2
—¡Qué sorpresa! —exclamó Consuelito—. Adelante, me has pillado poniendo un guiso al fuego, pero enseguida estoy contigo.
—Pasaba por aquí cerca y he pensado en venir a verte. ¿Cómo estás? —se interesó Aurora cuando ambas estuvieron sentadas frente a frente—. Veo que tienes buena cara. ¿Te parece que le eche un vistazo a tu nariz?
Desde que le quitara los puntos Consuelito había notado mejoría, pero se dejó hacer, contenta de recibir atenciones.
—No podía haber cicatrizado mejor —corroboró Aurora, que dudó un instante antes de añadir—. ¿Y qué tal vas de lo otro?
Consuelito se llevó una mano al vientre y su rostro se iluminó en el acto.
—Este pequeñín no para de crecer. —Al tensar la tela de su vestido dejó a la vista una incipiente curvatura—. Las náuseas también van desapareciendo poco a poco, por suerte.
Aurora la felicitó y ambas quedaron en silencio.
—¿Qué tal en el Alhambra?
—La verdad es que resulta menos cansado que planchar —concedió, encogiendo los hombros—, pero quería que supieras por mí que no voy a continuar.
—¿Y eso? —se inquietó Consuelito—. Ya te avisé de que el director es un poco especial, pero no es mala persona. Los artistas son un poco suyos, ya me entiendes.
—Tranquila, no es eso… —Aurora dudó un instante tras el que decidió sincerarse—. Necesito encontrar a mis hermanas y temo que aquí jamás lo vaya a conseguir.
A continuación le explicó su historia, que Consuelito escuchó atenta, con sus ojos vivarachos fijos en ella.
—¿Y adónde piensas ir?
—Si te digo la verdad —reconoció Aurora—, no tengo ni idea.
Consuelito se tomó su tiempo para contestar. Parecía rumiar algo en silencio.
—Conozco una compañía itinerante que actúa de pueblo en pueblo. Van siempre de aquí para allá, ya sabes —dijo—. Se trata de algo modesto, pero son buena gente y siempre les viene bien contar con nuevas incorporaciones.
Aurora parpadeó sorprendida. Consuelito, acostumbrada como estaba a sacarse las castañas del fuego, demostraba ser una fuente inagotable de recursos.
La vida ambulante de la que le hablaba le ofrecía un nuevo abanico de posibilidades.
Al desplazarse de un lugar a otro sería más fácil dar con alguna pista, tal vez incluso alguien que hubiera visto a las mellizas o pudiera darle razón de ellas.
Se asombró al descubrir que no necesitaba meditar sobre aquella inesperada proposición.
Tras seis meses en Argelia en los que no había avanzado ni un milímetro, no sabría decir en qué momento había asumido que recuperar a Estrella y Rocío llevaría implícito un gran coste personal, una renuncia que pondría a prueba su fortaleza.
La oportunidad al fin había llegado y estaba decidida a resistir sin quebrarse.
La idea de abandonar la pensión Valencia, dejar atrás a doña Tecla, a Paloma y a Ginesito, le provocaba un doloroso pellizco en el pecho.
Ellas se habían convertido en sus pilares desde su llegada a Orán, la habían apoyado y sostenido en sus peores momentos.
Habían estado a su lado cuando creía que la vida se le derrumbaba, pero no tenía alternativa.
Doña Tecla se deshizo en llanto nada más conocer la noticia de su marcha y Aurora se sintió culpable por pagarle sus desvelos alejándose de su lado.
—Ay, filla, ¡lo que te vamos a echar de menos en esta casa!
Por suerte, Paloma fue más comedida e hizo un esfuerzo por disimular la congoja que la invadía.
—Estás haciendo lo que tienes que hacer —le aseguró con los ojos húmedos de emoción—.
Y nosotras seguiremos aquí, esperando a que nos traigas a tus hermanas para presentárnoslas.
Aunque de tanto oír hablar de ellas ya casi me parece que las conozco, tengo muchas ganas de ponerles cara y darles un buen tirón de orejas por lo preocupada que te han tenido.
Aurora logró retener las lágrimas. Aquello no era una despedida definitiva, se prometió, tan solo un paréntesis.
No la asustaba enfrentarse a lo desconocido, al fin y al cabo no era la primera vez que lo hacía, pero sí temía estar dejando atrás a todas las personas que velaban por ella.
Primero habían sido la señora Sagrario y Manuela, y ahora doña Tecla y Paloma, como si hilo a hilo fuera destejiendo el delicado tapiz de mujeres que hasta entonces la había sostenido.
Sintió el vértigo agarrado al estómago. Iba a dar un salto al vacío, y en esa ocasión lo haría sola.
* * *
La mañana de su partida Aurora abandonó la pensión antes del amanecer.
Se había convencido a sí misma de que lo hacía porque los nervios del viaje no le permitían dormir y prefería pasear por la estación a dar vueltas en la cama, pero la verdad era que no se sentía con fuerzas para una última despedida, por lo que prefirió marcharse antes de que nadie en la casa despertara.
Había decidido comprar un billete de tren que la llevaría desde la estación neomorisca situada al final del boulevard Marceau hasta la ciudad de Mascara, allí la línea de ferrocarril paralela a la carretera 7 había sido recientemente cerrada, por lo que debería continuar en un autobús de la línea Ruffié hasta Sidi Bel Abbés, donde se reuniría con la compañía Alegría.
Pese a estar en junio, a esas horas el ambiente era todavía fresco, cargado de la humedad que ascendía desde el mar, y agradeció haberse echado una rebeca sobre los hombros en el último momento.
Al cruzar la place de la Perle, el refulgir de un cigarro prendido se le antojó una estrella desorientada.
Ni en la penumbra propia del alba tuvo dificultad en reconocer al fumador. Se trataba de Rodrigo.
—¿Te vas?
—¿Quién te lo ha dicho? —quiso saber sin soltar su pequeña maleta de cartón.
Rodrigo se encogió de hombros, como si aquello careciera de importancia, y dio otra calada antes de preguntar:
—¿Dónde?
—A Sidi Bel Abbés de momento —confirmó haciendo un gran esfuerzo por acallar el cosquilleo de sus entrañas—, luego ya se verá.
Su aspecto desaliñado, tan extraño en él, y el tufo a coñac que desprendía aun a distancia no dejaban lugar a dudas; había estado despierto toda la noche. Aurora dejó la maleta en el suelo, junto a sus pies.
—¿A qué has venido, Rodrigo? —En lugar de responder, él soltó una risa que fue más bien un resoplido—. Es mejor que vuelvas a casa, no estás en condiciones.