El abrazo del siroco Capítulo 18
39%

Capítulo 18

—Hay que ver, filla, de llegar sin tener donde caerte muerta a actriz. ¡Eso sí que es prosperar!

—No se ría de mí, doña Tecla, que ya le he dicho que apenas salgo a escena y casi nunca hablo. Eso no es ser actriz, ¡si más bien parezco parte del decorado!

—Lo mismo me da —respondió tozuda—, si te subes a un escenario, es que eres una artista. Y lo mínimo que puedo hacer es presumir de ello, vamos, digo yo.

—Como usted quiera —acabó por concederle Aurora divertida.

Hacía casi un mes que ocupaba el puesto de Consuelito en el espectáculo que el cabaret Alhambra ofrecía a sus clientes las noches de los fines de semana.

La muchacha había ido mejorando poco a poco, pero para cuando su nariz recuperó su aspecto normal y los hematomas bajo los ojos desaparecieron, las náuseas le tenían el cuerpo tan revuelto que vomitaba cada dos por tres y, evidentemente, así tampoco podía actuar.

Para Aurora no había sido sencillo vencer su timidez para exponerse ante cientos de ojos.

Por suerte, su papel de figurante era de los más discretos de la obra.

—Y como toda artista —apuntó Paloma sumándose a la conversación—, cuenta con fieles admiradores.

Aurora disimuló un respingo con un trago de café.

Su intención al cambiar de empleo había sido la de alejarse de Rodrigo Morague tras el desafortunado acercamiento vivido la última vez que coincidieron en el Soleil d’Oran.

Sin embargo, las cosas no habían salido tal y como ella pretendía, puesto que Rodrigo había adquirido la costumbre de acudir al Alhambra las noches de representación.

Se sentaba siempre en la última mesa, la más alejada del escenario.

Allí vaciaba varios vasos hasta que, justo al final de la actuación, cuando el público arrancaba en aplausos, desaparecía como una sombra.

—Fíjate tú —añadió Paloma con picardía—, no lo hacía yo amante de las varietés.

Aurora enrojeció. No se había atrevido a confesarle lo ocurrido entre ellos, pero a esas alturas ya se habían hecho tan amigas que a Paloma no le resultó difícil adivinar lo que sus silencios callaban.

—Es un hombre muy apuesto —dijo Paloma.

—Y rico —añadió doña Tecla.

Aurora bufó y se removió incómoda en la silla.

—Y prometido, un detalle que se os está olvidando. Además, aunque no lo estuviera, ni yo le intereso a él ni él a mí. Ni siquiera sé por qué hablamos de esto.

Paloma se sentó frente a ella para mirarla a la cara. De repente, el tono jocoso había desaparecido.

—Porque, como bien has dicho, está prometido. Y no con cualquiera, precisamente. Delphine Blanchard es un mal bicho y me extrañaría que le parezca bien que Rodrigo no se pierda ni una de tus actuaciones.

—Yo no diría tanto…

—No te estoy juzgando, Aurora, solo te aviso. —Paloma extendió las manos sobre el mantel para buscar las de su amiga—. El de Rodrigo Morague es un nombre muy conocido en Orán y las malas lenguas no tardarán en empezar a murmurar, si es que no lo han hecho ya.

Aurora supo que tenía razón, pero lo cierto era que le traía sin cuidado.

Su único interés era reunirse con sus hermanas.

Mientras tanto, no le quedaba otra que vivir, apretar los dientes y continuar adelante.

Rendirse no era una opción. Y si para ello debía convertirse en la comidilla de aquella ciudad, que así fuera.

—Ojalá me equivoque, pero para alguien como Delphine las apariencias lo son todo; no va a tolerar una humillación pública semejante. Ten cuidado, Aurora.

* * *

Paloma no andaba desencaminada. Delphine estaba tan furiosa que ni siquiera los habituales gritos y humillaciones al servicio conseguían aplacarla.

La satisfacción de ver marchar a aquella española de casa de su prometido le había durado poco.

El sabor dulce de la victoria se había vuelto amargo.

¿Qué se había creído Rodrigo? ¿Acaso pensaba que podía dejarla en evidencia delante de todo el Oranesado y que ella lo iba a permitir sin más?

Al tiempo que rumiaba estos pensamientos, caminaba por su dormitorio como un tigre enjaulado.

De un manotazo lanzó un carísimo jarrón de porcelana contra el suelo.

El estallido solo consiguió irritarla aún más.

— Espèce de salope ! —murmuró entre dientes—. Voy a asegurarme de que no me sigas dando problemas.

Dispuesta a cumplir con su promesa, abandonó el dormitorio con paso decidido.

Rodrigo Morague era prácticamente intocable y, además, mantenía una relación cordial con quien pronto se convertiría en su suegro.

Era consciente de que su padre no iba a interesarse lo más mínimo por la causante de exacerbar sus celos enfermizos, al fin y al cabo, se trataba de asuntos de hombres.

Pero Delphine era una mujer de recursos.

Sabía perfectamente lo que Bruno Blanchard no podría tolerar y ella se lo iba a ofrecer.

Solo sería necesario hacer saltar una pequeña chispa y la hoguera prendería en un santiamén.

Entró al despacho sin molestarse en llamar.

—¿Cuántas veces te he dicho…? —protestó Bruno por la interrupción levantando la cabeza de los papeles distribuidos sobre la mesa en orden milimétrico.

—Por lo menos un millar —lo cortó con descaro para dejarse caer en uno de los confidentes—, pero al parecer tendrá que hacerlo alguna más.

Bruno resopló hastiado y con una mano se quitó las lentes de montura dorada para frotarse los ojos con la otra.

El commissaire de policía de Orán era un hombre de aspecto pulcro hasta el extremo.

Alto y delgado al igual que su hija, compartían ambos los mismos ojos azul pálido como el hielo.

Sobre el labio superior lucía un pequeño bigote rubio.

Estiró el cuello en un intento de relajar la musculatura, tensa tras los intensos acontecimientos de las últimas semanas en las que Alemania había atacado Europa occidental: Luxemburgo fue ocupado el 10 de mayo, los Países Bajos se habían rendido el 14 y Bélgica lo hizo el 28 del mismo mes.

Pero lo peor aún estaba por llegar: los carros de la Wehrmacht flanquearon con una humillante facilidad la línea Maginot y provocaron el colapso del Gobierno galo, forzándolo a trasladarse a Burdeos.

La ofensiva alemana contra Francia, que había durado apenas seis semanas, finalizó el 14 de junio con la esvástica ondeando a la sombra de la Tour Eiffel.

La drôle de guerre, como hasta entonces habían denominado a un conflicto bélico que les parecía lejano, había terminado por convertirse en una guerra auténtica, de las que se ganan o se pierden.

La situación era extremadamente delicada.

África del Norte y sus colonias se habían convertido en el próximo objetivo.

Y Argelia, la joya del imperio, estaba en el punto de mira.

—¿Qué quieres? ¿Dinero? No puedo creer que ya te hayas gastado el que te di la semana pasada…

—Qué vulgar le ha vuelto este lugar, padre —negó Delphine con un claro gesto de desprecio que abarcaba más allá de la estancia—. Deben de ser esos árabes que andan por todas partes con cara de perro hambriento los que le han acabado por contagiar su mediocridad.

—Dime, pues —él obvió la provocación y repitió su pregunta—. ¿Qué quieres?

—Que me dé las gracias.

Bruno Blanchard miró con severidad a su hija en tanto hacía girar el anillo chevalier, gesto inequívoco de que estaba a punto de perder la paciencia.

Le hartaban los jueguecitos de aquella joven caprichosa y egocéntrica que, por mucho que lo irritara reconocerlo, era un calco suyo.

Aunque, para ser honestos, la belleza arrebatadora era la de su madre, esa mujer a la que ingresaron en un sanatorio de la capital de la metrópoli y que allí seguía, muriéndose un poco más cada día sin llegar a hacerlo nunca.

Pobre loca, se permitió pensar sin un ápice de compasión.

Al fin y al cabo, no se puede sentir lo que no se tiene.

—¿Y por qué debería dártelas?

—Porque voy a servirle una buena presa en bandeja de plata.

Había elaborado su plan al detalle. Aun cuando en nada le interesaba la política, Delphine era lo bastante inteligente como para saber utilizarla a su favor.

Tampoco resultaba demasiado complicado, conociendo como lo hacía el temperamento de Bruno Blanchard.

No necesitó más que dar a entender que había descubierto a la planchadora de la familia Morague ocultando un ejemplar de La lutte sociale, un conocido magazine comunista, para adivinar que había tocado la tecla adecuada.

No sintió el más mínimo remordimiento por la mentira; después de todo, se manejaba en ellas con más soltura que en las verdades.

El rostro del commissaire, pálido por lo habitual, se tiñó de grana conforme fue pasando de escuchar tan solo a medias las explicaciones de su hija a convencerse de la gravedad del asunto.

Si el hecho de que una comunista se hubiera colado nada menos que en casa de su futuro yerno le resultaba del todo inaceptable, lo peor llegó cuando escuchó el nombre de Aurora Robles.

La imagen de una joven temblorosa ovillada a sus pies, con el cuerpo molido a golpes, llorando y suplicando por sus hermanas, regresó de entre los recovecos de su memoria para golpearlo con fuerza.

La recordaba bien, él nunca olvidaba una cara.

Apretó los dientes. De llegar a saberse que el mismísimo commissaire de Orán había firmado su liberación…

No podía permitirse un desliz como aquel, menos aún en el momento en que se encontraban.

No era ningún secreto que los alemanes despreciaban a los débiles, y ahora que resultaba más que evidente que eran invencibles, no quería quedar como un inepto ante quienes pronto serían los dueños y señores de toda Argelia.

Bruno inspiró con fuerza, dilatando así las narinas sobre su bigotito. Tal vez había cometido un error colosal que ponía su futuro en un brete, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para enmendarlo.

Y para eso Aurora Robles debía desaparecer.

* * *