Capítulo 17
Estrella se detuvo ante la puerta del final del pasillo con el corazón desbocado.
El sudor que humedecía su espalda nada tenía que ver con el calor de la primavera argelina.
Hizo un esfuerzo por calmarse. Necesitaba estar serena para enfrentarse a lo que fuera que hubiera al otro lado.
O, mejor dicho, a «quien» hubiera al otro lado.
Había llegado a El Jardín al mediodía, lo que le daba un cómodo margen hasta que los primeros clientes llegaran en busca de su ración de placer.
El primer encuentro con Violeta había sido algo brusco.
Cuando le mostró el pañuelo bordado ni siquiera despegó los labios.
Estrella debió recurrir a sus mejores argumentos para convencerla de que no se movería de allí hasta que le diera una respuesta.
—Todas mis chicas tienen estos pañuelos, cada una con la flor por cuyo nombre es conocida aquí —le explicó al fin la madama antes de levantar la barbilla para señalarla—. Esa flor es un cardo.
Estrella estaba cada vez más confusa. ¿Un cardo? ¿Quién podía ocultarse tras semejante seudónimo?
—Sube a la primera planta, es la última puerta —reveló Violeta de mala gana—. Estará dentro, nunca sale.
Ahora Estrella observaba aquella puerta mientras intentaba en vano calmarse. Cuando sus latidos dejaron de tamborilearle en los oídos, llamó. Escuchó algo que debió de ser una silla arrastrándose y a continuación unos pasos que se acercaban para abrir. Tomó aire una vez más.
—¿Estrella?
La voz de Olvido la pilló por sorpresa. Porque era su voz, de eso estaba segura, solo que no se correspondía con el rostro que tenía frente a ella. Apenas tuvo tiempo de reaccionar al oír su nombre, porque la otra fue más rápida y trató de dejarla fuera con un portazo.
—¡Espera! —exclamó Estrella, que alcanzó a interponer el pie, impidiendo que la hoja se cerrase por completo—. Necesito hablar contigo, por favor.
Durante unos segundos en los que el mundo pareció dejar de girar no ocurrió nada, hasta que finalmente la presión cedió y la puerta se abrió, lo que permitió a Estrella acceder al interior de una habitación amplia con una gran cama en el centro y una mesa bajo la ventana que mantenía las persianas bajadas para evitar el calor.
En ese instante, agradeció la penumbra que le permitía disimular su expresión de horror y desconcierto.
—Yo… —balbuceó Estrella.
Ahora comprendía el nombre de flor elegido para quien fuera su más íntima amiga.
Aquel rostro con la piel mordida por la metralla y el fuego era difícil de asimilar.
No imaginaba lo que le habría sucedido para acabar así, ni el sufrimiento tan inmenso que debía de estar padeciendo al acarrear tan terribles secuelas.
Había acudido en busca de respuestas y empezaba a temer arrepentirse.
—¿Qué haces aquí? —Olvido cortó con sequedad sus titubeos, volviendo junto a la mesa que servía de escritorio, donde había un libro abierto.
Estrella se sentó despacio en el borde de la cama. La tensión espesaba el ambiente, lo volvía pegajoso, y ella apenas sabía cómo moverse o qué palabras elegir. ¿Acaso había alguna que fuera adecuada? Lo dudaba mucho.
—No sé por dónde empezar —confesó aturdida—. Todavía me cuesta creer que seas tú.
—No lo soy. La Olvido que tú conociste murió hace mucho. ¿Cómo me has encontrado? Tu hermana me prometió que no te hablaría de mí…
—Ignoro por qué le pediste algo así, ni por qué ella aceptó.
Pero te diré que cumplió con su promesa —replicó Estrella antes de soltar un par de botones de su camisa para dejar a la vista en su escote el colgante de las dos saetas—.
Lo encontré por casualidad, después no supe qué pensar.
Necesitaba respuestas, pero encontrarte aquí ha sido… demasiado. Creí que habías muerto.
—Lo hice, ya te lo he dicho. —Olvido hablaba con el rostro vuelto, esquivando su mirada escrutadora—. Todo lo que recuerdes de mí ya no existe, así que ya puedes irte por donde has venido.
Estrella tragó saliva despacio. No sabía cómo tratar a la mujer que tenía delante.
Hablaba con la voz de Olvido, tenía su cuerpo, su cabello rojizo, pero no era ella.
No podía serlo. Y no solo por el rostro desfigurado, sino por la frialdad con la que le hablaba.
Nunca se atrevió a soñar con un reencuentro pero, de haberlo hecho, desde luego no sería como aquel.
—Si supieras cuánto te he echado de menos —se atrevió a confesar al fin—. ¿Por qué dejaste de escribirme?
Un sonido gutural emergió de aquella garganta devastada. Pretendía ser una risa, pero acabó pareciendo un sollozo.
—¿Y qué querías que te dijera en una maldita carta? ¿Que no soy capaz de mirarme en un espejo? ¿Que los niños pequeños lloran si me acerco y los grandes me lanzan piedras? ¿Que cada noche me acuesto deseando no despertar?
Estrella sintió cómo le ardían los párpados justo antes de que dos pesadas lágrimas empezaran a rodar por sus mejillas.
Acababa de darse cuenta de algo que le oprimió el pecho con fuerza: las peores cicatrices de Olvido no eran las que le habían marcado el rostro, sino las que le desgarraban el alma.
—Deja de mirarme con compasión.
—No es compasión.
—¡Ja! —rio con una carcajada forzada y triste—. ¿Y qué otro sentimiento iba a despertar un monstruo?
—Yo no veo ningún monstruo, solo a mi mejor amiga.
Por un instante, le pareció que Olvido se ablandaba, que dejaba de interpretar ese papel que tanto dolía. La vio bajar la mirada y observarse las manos, que conservaban una piel tersa, intacta.
—Haznos un favor a ambas y lárgate.
—Olvido, escúchame, solo quiero ayudarte. Si me dejas, yo…
—¡He dicho que te largues! —aulló furiosa, volviéndose con tanta fuerza que volcó la silla y el estrépito del golpe contra el suelo las sobresaltó—. No quiero verte, no quiero saber de ti ni tenerte cerca, ¿lo entiendes? ¡Solo quiero que desaparezcas de mi vida!
Estrella no tuvo más remedio que retroceder.
Olvido estaba fuera de sí, era imposible razonar con ella.
Caminó hacia la puerta encajando como pudo los improperios que le lanzaba con rabia, como si fueran bofetadas.
Tal vez tuviera razón y todo lo que había conocido y amado de ella había desaparecido devorado por el fuego igual que la piel de su rostro.
Sin embargo, algo en sus ojos atormentados le decía que no era así.
Que aquella joven valiente y soñadora que hablaba por los codos y se comía el mundo a mordiscos seguía allí, oculta tras esa cruda fachada de indiferencia y hastío.
Tenía que encontrar la forma de ayudarla, de traerla de vuelta de su particular infierno.
Justo antes de abandonar el dormitorio, mientras Olvido la insultaba, tomó su decisión.
No sabía cómo, pero iba a hacer lo que fuera para devolverle las ganas de vivir.
Aferró con fuerza el picaporte y le lanzó a aquel ser torturado una última mirada cargada de ternura.
—Volveré pronto, Olvido.
* * *
Rocío estaba en la recta final de la gestación.
Su abultado vientre obedecía terco a la gravedad, provocándole unos intensos dolores de espalda.
El trabajo en el prostíbulo se le hacía cada vez más penoso, pero no podía renunciar a él, de modo que volvía a casa rozando la madrugada y se acostaba en la cama que compartía con Estrella procurando no hacer ruido.
En esos momentos era cuando, sin poder remediarlo, José se colaba entre los resquicios de su agotada mente.
Y es que, por mucho que la irritase reconocerlo, no dejaba de pensar en él.
Después de que se le declarara con la voz temblorosa y un ramo de margaritas mustio por la canícula, lo había visto regresar cada mañana bien temprano para apostarse frente a su casa.
No permanecía allí más que unos pocos minutos y jamás daba un paso para acercarse, si bien parecía intuir que ella lo observaba desde la ventana.
Era como si quisiera hacerle saber que seguía allí, esperando que algún día ella cambiara de opinión, como si diera por hecho que iba a hacerlo.
Ella lo veía plantado en aquella estrecha y caótica calle de la casbah argelina, con el cuerpo delgado y su aire desgarbado.
A veces tenía que apartarse para permitir que un burro ascendiera las escaleras bamboleando su carga en los costados, o se sobresaltaba cuando la llamada al rezo sonaba desde cualquiera de los minaretes repartidos por la ciudad.
Destacaba entre una multitud variopinta vestida con túnicas y velos, pero no se movía.
No dejaba de asombrarle su osadía después de que ella lo hubiera despachado de tan malos modos.
Solo antes de irse alzaba la vista hacia la ventana desde donde Rocío no le quitaba ojo, oculta tras la persiana y con la respiración contenida, en una muda despedida hasta el próximo día.
Pero hacía ya más de dos semanas de la última vez.
José no había regresado y Rocío se estaba marchitando al igual que las margaritas que ahora se arrepentía de no haber aceptado.
Finalmente, se había hartado de sus desplantes, y ella no podía culparlo.
Los primeros días se había inquietado ante su ausencia, llegó a temer que le hubiera ocurrido algo.
Luego se le ocurrió que tal vez eso fuera lo que él quería, angustiarla o incluso castigarla.
Hasta que tuvo que admitir que José se había cansado de esperarla y había salido de su vida, seguramente para siempre.
Se enfadó con él por enésima vez. Lo odió por no estar tanto como antes lo había hecho por haber estado.
Lo culpó por acostumbrarla a su terca presencia para luego arrebatársela sin importarle que no tuviera otra cosa en la vida.
Lo maldijo entre dientes y masculló furiosa su nombre en decenas de frases airadas que imaginaba decirle si algún día sus caminos se cruzaban.
Todo con tal de seguir negándose que lo echaba de menos y que seguía asomándose cada mañana a la ventana con la esperanza prendida en el pecho para retirarse enseguida con los ojos empañados de decepción.
Para colmo, su hermana Estrella llevaba días distante y no sabía por qué.
Al principio lo achacó a su creciente mal humor, pero estaba claro que había algo más.
Apenas le dirigía la palabra, y cuando lo hacía era con desabridos monosílabos, evitando mirarla a los ojos.
¿Qué les estaba ocurriendo? Sin noticias de Aurora, Estrella era su única familia, pero se estaban distanciando cada vez más y ahora no sabía qué hacer para recuperarla.
Lo que Rocío no sospechaba era que Estrella había encontrado el colgante en la cajita de costura y había tenido el valor de acudir a El Jardín en busca de Olvido.
Ni mucho menos que, desde entonces, lo único que daba vueltas en su cabeza era cómo ayudar a su vieja amiga.
Y que la frustración por no encontrar el modo de hacerlo la carcomía por dentro.
En la oscuridad del dormitorio, prestó atención a la respiración de Estrella y le pareció que era ligera, demasiado como para estar dormida.
Quizá a ella también la esquivaba el sueño.
¡Qué lejos estaban la una de la otra estando tan cerca!
Hubiera querido girarse y preguntarle qué la mantenía en vela, pero no lo hizo.
En busca de consuelo, su mano bajó a la curva de su vientre y lo acarició por encima del camisón. Casi como una respuesta al contacto, sintió una patada contra las costillas. Ahogó un quejido y sonrió.
Sentir a su hijo moverse era algo que seguía maravillándola.
Como si no fuera del todo consciente de que hubiera una personita creciendo en su interior hasta que esta se dejaba notar.
Le parecía increíble ser capaz de fabricar un ser completo, con sus extremidades y pestañas, con su nariz y su corazón.
Ansiaba tenerlo en brazos casi tanto como la aterraba.
Deseaba con todas sus fuerzas ser una buena madre.
Ella, que no había llegado a saborear el amor materno, se preguntaba si sabría dar aquello que en su infancia tanto había extrañado.
Esperaba que sí porque, aun sin haber nacido, para ella no había nada en el mundo más valioso que aquel ser que ahora le recordaba su existencia a base de patadas y codazos.
Pensar en la inminencia del parto le provocó un escalofrío.
Era el momento que más temía. Tantas cosas podían torcerse que lo que le parecía un milagro era que saliera todo bien.
Por mucho que lo intentaba, no imaginaba cómo su cuerpo iba a ser capaz de permitir que un ser humano, por pequeño que fuera, se abriera paso.
Con todo, no le quedaba otra que confiar en que así sería.
No podía obviar lo ocurrido durante su nacimiento, lo que había marcado el resto de su existencia y la de sus hermanas, pero tampoco podía permitirse unos pensamientos que solo traían consigo desasosiego y amargura.
En esos instantes era cuando más añoraba su tierra, su antigua vida y la que fue su familia.
Argel las había acogido y dado una oportunidad, pero ¿a qué precio?
Las patadas cesaron y Rocío relajó su cuerpo sobre el colchón sin conseguir encontrar una postura en la que no le doliera alguna parte de él. Cerró los ojos que había mantenido abiertos en la oscuridad y trató de llamar al sueño.
En silencio pidió ayuda a la madre que no llegó a conocer. Ayuda para traer a su hijo al mundo, pero también para protegerlo. Para verlo crecer sano y feliz, alejado de su cara más cruel, que por desgracia ella tan bien conocía.