El abrazo del siroco Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

El estómago del revés y las piernas blandas.

Eso era lo que sentía Aurora cada vez que intuía la presencia de Rodrigo en la casa.

Se había convertido en una experta en hacer requiebros: cada vez que lo escuchaba acercarse por el pasillo, se escabullía en alguna habitación; si sabía que se encontraba en el comedor, pasaba de puntillas por la puerta; si se detenía a conversar con su madre junto a la pajarera, ella contenía el aliento en el cuarto de la plancha.

La enfurecía descubrirse a sí misma aspirando con anhelo aquel olor a uva madura y tierra seca que quedaba flotando largo rato en el aire de una estancia en la que él hubiera estado.

Su proximidad la turbaba y se aferraba al recuerdo de Martín a fin de encontrar la fuerza de voluntad necesaria para mantener la cabeza fría.

Rodrigo era tan diferente, tan altivo, tan seguro de sí mismo, tan abrumador en las distancias cortas…

Y a pesar de ello, o precisamente tal vez a causa de ello, le resultaba complicado no dejarse arrastrar por aquella electricidad que le erizaba el vello al saberse observada por sus ojos cobrizos.

Fue entonces cuando Aurora tomó la decisión de abandonar la casa de los Morague.

No podía continuar con el alma en vilo por si se cruzaba a Rodrigo al mismo tiempo que luchaba consigo misma contra el deseo de que así fuera.

Aquella contradicción la mantenía exhausta y no podía permitirse derrochar una energía que debía concentrar por entero en localizar a Estrella y Rocío.

De pronto, la alocada propuesta que Consuelito le había hecho un par de días atrás dejó de parecerle descabellada para considerarla un regalo caído del cielo que le permitiría seguir costeando sus gastos en la pensión de doña Tecla.

—Siempre tendrás un lugar en esta casa —se había despedido con verdadero pesar la señora Sagrario, sin disimular cuánto la apreciaba—. Si, Dios no lo quiera, las cosas se tuercen, no olvides que aquí encontrarás las puertas abiertas.

Aurora agradeció de corazón sus palabras.

La señora de Morague la había tratado con amabilidad desde el primer día y ella había llegado a sentir un sincero afecto por aquella mujer de carácter estrafalario y memoria olvidadiza que hablaba con los pájaros para no pensar en cuánto le faltaba su marido.

Por el destello en su inteligente mirada al despedirla, hubiera dicho que Sagrario intuía que su hijo tenía algo que ver con su precipitada marcha.

Por suerte, fue lo bastante prudente como para evitar hacer preguntas indiscretas.

Manuela la aplastó entre sus pechos y le hizo prometer que volvería aunque fuera de visita.

Aurora, que temía no ser capaz de contener la emoción de la despedida, le prometió hacerlo más pronto que tarde.

Luego dejó a la buena mujer enfrascada en la cocina y se dirigió hacia la salida con paso ligero.

No veía el momento de estar lejos de aquella casa.

O, mejor dicho, lejos de Rodrigo Morague.

—¿Qué es esto de que el servicio corra por la casa? Quel manque de politesse ! Desde luego, chéri, no sé cómo lo soportáis.

No pudo evitar tropezárselos junto a la gran pajarera. Delphine iba del brazo de su prometido, innegablemente bella en su vaporoso vestido de hombros descubiertos.

—No se preocupe usted —por primera vez Aurora se permitió darse el gusto de responder—, que no van a tener que soportar mi falta de modales ni un día más.

Delphine parpadeó confusa, pero Rodrigo captó de inmediato el mensaje.

—Te vas.

Aurora asintió, atreviéndose a sostenerle la mirada.

Durante unos segundos, aquel pulso silencioso los hizo sentirse de nuevo a solas, como si la prometida de Rodrigo no estuviera allí.

Aurora tuvo la certeza de que de haber sido así, él la habría besado.

Y, lo que era aún peor, ella no hubiera tenido fuerzas para resistirse.

—Oh, chéri, no seas dramático —intervino Delphine reconduciendo la conversación—. ¡Será por criadas! Hay muchas disponibles en la ciudad, y apuesto que mejores. Claro que para eso tampoco hace falta demasiado, todo sea dicho.

No era difícil intuir que la francesa se sabía victoriosa, después de todo, había conseguido lo que tanto ansiaba: deshacerse de su presencia. Casi podía verla relamerse de placer ante la noticia.

—Vamos, no perdamos más el tiempo —lo instó Delphine tirándolo del brazo—. Tenemos mesa reservada en el Guillaume Tell en media hora y antes quiero saludar a tu madre. Ya sabes cuánto detesto la impuntualidad.

Rodrigo aún se resistió unos instantes a avanzar, incapaz de descolgarse de los ojos de Aurora, pero su prometida lo apremió.

Los vio pasar a su lado y rodear después la gran pajarera.

Justo antes de perderlos de vista, Delphine Blanchard se volvió un segundo, lo justo para dirigirle una sonrisa afilada como puntilla a su triunfo.

Ignorando la provocación, Aurora se encaminó hacia la salida con el corazón encabritado. Lo único que necesitaba era alejarse de esa casa y de Rodrigo. Lo que ocurriera después era todo un interrogante.