El abrazo del siroco Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

La misma noche de su regreso a la ciudad, Rodrigo acudió al Grand Hôtel de la place de la Bastille.

El camarero del bar conocía bien sus gustos, por eso no necesitó más que un leve gesto para que este le sirviera un Rémy Martin .

Se acomodó en la mesa más retirada para disfrutar de su carácter armonioso y perfumado con ese punto anguloso y ácido con calma. Calma, eso era justo lo que necesitaba.

Empezaba a verle el fondo al vaso cuando miró el reloj, su cita se retrasaba.

—Vamos, Bernabé, no me vayas a dejar tirado ahora.

Durante los casi tres años de guerra civil, Bernabé Toca y Lastra había llevado a cabo una intensa labor propagandística a favor de Franco y de su Glorioso Movimiento Nacional en Suiza.

Gracias a su posicionamiento como país no beligerante, Bernabé disfrutó de algunos privilegios diplomáticos en Berna, incluidas largas noches de cabaret y desenfreno.

Con la victoria en abril de 1939, fue nombrado cónsul español en Orán y hasta allí trasladó sus jaranas nocturnas, junto con su afición por tocarle las narices a quien le venía en gana.

La preocupación del cónsul por sus compatriotas en el norte de África era incuestionable y quedaba patente en las constantes protestas que elevaba al mismísimo gobernador general Abrial con una insistencia capaz de irritar al más templado.

Resultó que, donde la mayoría solo veía un estorbo, él veía personas.

Con sus más y sus menos, Rodrigo Morague había descubierto pronto en él a un hombre recto, dotado de una ética y humanidad admirables, con quien sintió una inmediata afinidad.

Y, sobre todo, un aliado al que recurrir para averiguar qué había sido de las hermanas de Aurora.

Acababa de pedir una segunda copa cuando lo vio aparecer.

—Buenas noches, señor Morague.

—Rodrigo, por favor. ¿Qué le pido?

—Lo mismo que usted esté tomando estará bien. Y si no tiene inconveniente, me sentiría más cómodo si apeáramos el tratamiento.

—Me parece perfecto.

Una vez el camarero se hizo cargo de la comanda, Rodrigo abordó el asunto que los había reunido.

—Y bien, ¿las has encontrado?

Bernabé sonrió.

—Las he encontrado. Están en Argel, te he apuntado la dirección.

Gracias a su amplia red de contactos, el cónsul no había tenido dificultad en localizar a la mujer que se había llevado a Estrella y Rocío del albergue.

Deslizó sobre la mesa una cuartilla plegada sobre sí misma que Rodrigo atrapó consciente de que lo que había escrito ahí dentro era cuanto Aurora ansiaba.

—Agradezco que te hayas ocupado de este asunto con celeridad.

—No todos los días puede uno echar una mano a un compatriota tan ilustre.

—Olvidas que soy francés.

El gesto de Bernabé fue ambiguo.

—Puede que en los papeles, sí.

Rodrigo se tomó unos instantes para responder.

—Ya te dije que soy un hombre agradecido —expuso tamborileando con los dedos sobre la mesa—. Si hay algo en lo que te pueda ayudar…

—Lo cierto es que sí. —Bernabé sacó una pitillera y le ofreció. Luego ambos se entretuvieron unos segundos en prender los cigarros y exhalar el humo—. Supongo que habrás oído hablar de Hadjerat M’Guil, Bou Arfa, Cherchell…

—Los campos del desierto —cortó Rodrigo, demostrando que estaba al tanto.

—Entonces sabrás que muchos de los presos que envían allí son españoles —Bernabé se detuvo a la espera de un cabeceo de asentimiento de su interlocutor—. Pues creo que ha llegado el momento de coger ese morlaco por los cuernos.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Con tu ayuda, Rodrigo.

Clavó su mirada en el cónsul, calibrando hasta dónde podía confiar, hasta dónde le pediría que arriesgase. También hasta dónde estaría dispuesto a llegar él.

—Te escucho.

—Antes de nada, debes saber que lo que te voy a pedir se sale de cualquier canal oficial —aclaró Bernabé Toca—. Esto es, por decirlo de algún modo, de carácter privado. Más teniendo en cuenta cómo están las cosas.

Rodrigo supo a qué se refería, la situación estaba por cambiar y no precisamente para mejor. La guerra llamaba a las puertas de la joya del imperio y nada ni nadie impediría que acabase por entrar.

—Comprendo.

—Si decides seguir adelante, sabes que te juegas mucho.

—Con mucho te refieres a…

—A todo.

Durante unos instantes, Rodrigo jugueteó con el papel doblado que albergaba una dirección de Argel. No pudo dejar de preguntarse si valía la pena. Aún podía devolvérselo al cónsul, hacer como si nada de aquello hubiera sucedido. Desde luego, eso sería lo más inteligente.

Pero aquel beso…

Había tratado de aclarar las cosas después de lo ocurrido en el viñedo, pero Aurora se empeñaba en esquivarlo.

«No hagamos las cosas más difíciles», le había pedido.

Difícil. No había mejor palabra que definiera lo que fuera que había entre ellos.

Provenían de mundos distintos, de realidades opuestas.

Acercar esos extremos resultaba del todo imposible.

Por eso mismo lo más difícil que Rodrigo había hecho era tratar de no pensar en aquel maldito beso a cada instante.

La aparición de Aurora en su vida había desatado una marejada en la que ahora trataba de mantenerse a flote.

No eran tiempos aquellos para escarceos ni romances.

Con todo, durante su acalorada discusión en el Soleil d’Oran, había comprendido que de algún modo ella había abierto una grieta en su impecable fachada que le había permitido asomarse a los claroscuros con los que se conformaba su espíritu.

Por primera vez Rodrigo fue consciente de su propia fragilidad.

Volvía a verle el fondo al vaso y seguía sin encontrar algo que se asemejara al sosiego. Apuró el último trago y desde donde estaba pidió otro al camarero.

—Cuenta conmigo —afirmó, guardándose el papel en el bolsillo.

* * *