El abrazo del siroco Capítulo 16
36%

Capítulo 16

Aurora se mortificaba día y noche. Su intención al huir con sus hermanas a Orán había sido la de empezar de cero, perseguir esa oportunidad que la vida parecía escamotearles, aunque por el momento había conseguido justo lo contrario.

Aquel país la retaba cada nuevo día, en cada esquina, tras cada mezquita.

A veces diría que trataba de seducirla alardeando de la belleza de sus paisajes abrumadores, de los atardeceres de mil colores, de las mujeres de manos adornadas con alheña y vestidas con jaiques blancos que refulgían al sol, mientras que otras le volvía la espalda para desvelarse indomable, caprichoso y despiadado.

Tampoco ayudaba a aplacar su congoja el recuerdo del beso que le había robado Rodrigo Morague, un recuerdo que martilleaba su conciencia sin descanso desde entonces.

Se repetía que había sucumbido a causa de la soledad que la asfixiaba desde su llegada a Argelia, y procuró obviar el cosquilleo en el estómago que le había producido descubrir el sabor de sus labios, decidida a que no volviera a ocurrir.

Su acercamiento en el Soleil d’Oran había sido un error de dimensiones colosales.

Por suerte, poco después de aquello, la señora Sagrario anunció su regreso a la ciudad.

Las obligaciones de Rodrigo lo retuvieron en el viñedo, por lo que su rutina volvió a su tensa normalidad.

La calma duró hasta que Manuela, al tanto de su colaboración con el médico tras el incidente en el domaine, acudió una mañana en su busca.

—Ay, Aurora, corre —le dijo sin resuello por el sofoco—. Tienes que ir a ayudar a Consuelito, que se ha caído redonda y se ha golpeado contra la pila.

No tuvo tiempo de protestar ni de preguntar quién era Consuelito. Manuela la arrastró un par de puertas a la derecha en la misma place de la Bastille, donde entraron sin llamar. Allí encontró a la cocinera de los vecinos hecha un manojo de nervios, estrujando una esquina de su delantal.

—Si es que no gana una para disgustos. Su primer día de trabajo y nos monta este circo, ¿a quién se le ocurre?

La cocinera amonestaba a una joven que permanecía recostada en una silla con las piernas en alto en otra. Estaba muy pálida pero consciente. Con la mano derecha apretaba un paño contra su nariz mientras que con la izquierda hacía lo propio en la parte occipital de su cabeza.

—¡Dios santo, esto es una desgracia! —continuaba la cocinera con su retahíla—. No le bastaba con desmayarse, que encima va y se parte la crisma.

—Necesitaré examinarla —interrumpió Aurora para después lanzarle una elocuente mirada—… y algo de silencio.

La otra enmudeció al instante y, ofendida, abandonó la estancia acompañada por Manuela. Aurora advirtió un amago de sonrisa en el rostro de Consuelito.

—Esa mujer es peor que un colchón con chinches.

—Eso me ha parecido —corroboró devolviéndole el gesto—. Me llamo Aurora y voy a echarte un vistazo.

Consuelito había tenido mala suerte, el mareo no había sido tanto como la caída contra el fregadero.

El primer golpe se lo llevó en la nariz, pero de propina se había dado un segundo al caer hacia atrás al suelo.

Durante los siguientes minutos Aurora revisó ambas heridas.

La más aparatosa a simple vista era la del tabique nasal, donde además de la hinchazón se apreciaba un corte que sangraba en abundancia.

Con delicadeza le lavó la sangre y comprobó que iba a necesitar algunos puntos de sutura.

Gracias a las indicaciones de la joven encontró unas pinzas, aguja e hilo en uno de los cajones de la cocina y dio las puntadas tras desinfectarlo todo con esmero.

—Una cosa menos —anunció—. La nariz no está rota, pero me temo que te quedará una bonita cicatriz.

Consuelito cabeceó con resignación. A continuación, y aunque el golpe de la cabeza no parecía ser más que un buen chichón, Aurora comprobó su pulso y observó sus pupilas.

—Dime tu nombre completo.

—Consuelito Ferrández Lorenzo, para servirla.

—¿A qué día estamos?

—Jueves, 30 de mayo. Y como te veo algo desorientada, añadiré que son las… —añadió, pasando al tuteo con naturalidad al tiempo que se giraba para ver el reloj sobre la alacena— doce menos cuarto.

Aurora sonrió, la joven no solo no tenía signos de conmoción, sino que además no había perdido el sentido del humor. Eran buenas noticias.

—Si en las próximas horas notas somnolencia, dolor fuerte o presión en la cabeza, tendrás que acudir al hospital de inmediato.

Y ten en cuenta que yo solo soy enfermera, realmente ni eso.

En la mayoría de los casos los desvanecimientos repentinos no revisten mayor importancia, como cuando hay una bajada de tensión, por ejemplo, pero a veces pueden ser un síntoma de que algo más grave está ocurriendo.

Así que mi recomendación es que no lo dejes pasar y visites a un médico, sería conveniente averiguar por qué has perdido hoy el conocimiento.

—Para eso no necesito ningún médico. —Consuelito suspiró y, después de comprobar que la puerta seguía cerrada y no había ni rastro de la cocinera, clavó sus ojos negros en Aurora—. Estoy embarazada.

Aurora lanzó una rápida mirada a aquel vientre aún plano y su mente la llevó inevitablemente a su hermana Rocío. A esas alturas a ella ya se le notaría y deseó con ardiente intensidad que se encontrara bien. La voz de Consuelito la trajo de vuelta de sus divagaciones.

—Por eso he empezado a trabajar aquí, ¿sabes?

—explicó—. Quiero ahorrar dinero para volverme con mi familia, que sigue en Castellón.

Ahí vivía yo también hasta que me enamoré de uno de la CNT.

Imagínate el disgusto de mi padre, que es más falangista que el mismísimo José Antonio.

Cuando las cosas se pusieron feas en el 39, mi novio se vino pitando para acá, y yo detrás, claro.

Si ya me lo decía mi madre, que a veces parece que me haya caído de un guindo.

Y vaya si tenía razón, porque el novio me ha salido rana, ya ves.

Después de preñarme no ha querido saber del asunto y plantada con el bombo que me he quedado.

Por eso quiero volverme para casa. Que los míos serán muy de misa diaria, pero en cuanto se han enterado de lo ocurrido, me han asegurado que me esperan con los brazos abiertos.

—Lo siento mucho.

—Qué va —le restó importancia Consuelito—.

Si ya me había hartado yo de esta ciudad, no creas.

Mi padre, que me ha perdonado hasta lo del novio anarquista, ha insistido en mandarme el dinero para el pasaje de vuelta.

Pero una tiene su orgullo y le he dicho que de eso nada.

Igual que me las apañé para venir, me las puedo apañar para volver.

Por eso me busqué este trabajo, con tan mala suerte que casi me descalabro en el primer día.

—Afortunadamente, se ha quedado en un casi.

Consuelito quiso reír, pero el gesto le tiró de los puntos.

—Ay, me duele la nariz. ¿Tengo muy mal aspecto?

Como toda contestación, Aurora le acercó un pequeño espejo de mano que había visto en el mismo cajón del que sacó los útiles de costura.

—¡Dios mío! —se escandalizó al descubrir el costurón de hilos negros que le cruzaba una nariz tan inflamada que parecía un boniato. La hemorragia que había empezado a extenderse bajo los párpados, oscureciéndolos, tampoco ayudaba a mejorar el aspecto—. El director se va a poner hecho una furia.

Aurora no tenía idea de a qué se refería, así que Consuelito siguió hablando.

—Había conseguido otro empleo, ya te he dicho que tengo ganas de volver a Castellón y con dos trabajos conseguiré el dinero mucho antes —aclaró—.

El domingo se estrena obra en el Alhambra.

Yo solo soy figurante, pero con esta pinta el director no me va a dejar acercarme al escenario…

—Volvió a echar un vistazo al espejo compungida—. Esto no hay maquillaje que lo arregle.

—Me temo que de aquí al domingo no estarás en condiciones de actuar. Ten en cuenta que, además de lo que se ve a simple vista, te has llevado un buen golpe en la cabeza y necesitas reposo. Tendrán que buscar a otra persona.

Consuelito bufó contrariada, aquello retrasaba sus planes para volver a casa. Aun comprendiendo su frustración, Aurora no podía hacer nada por ayudarla. Entonces la muchacha se volvió hacia ella y la estudió durante unos instantes.

—Oye, tú y yo tenemos más o menos la misma talla, ¿verdad? —Aurora parpadeó confusa sin terminar de comprender—. ¿Por qué no actúas tú en mi lugar?

—¡Qué dices! Si yo no me he subido a un escenario en mi vida —rebatió atónita.

—Oh, tranquila, no es tanto como parece. Al otro lado todo está oscuro y ni siquiera ves a la gente… Bueno, eso dicen. Pero ya te he contado que solo soy figurante y no abro la boca, sencillamente hay que estar ahí, si acaso moverse un poco y fuera. ¡Si está chupado!

—Olvidas que yo también tengo una cicatriz —apuntó señalándose la fina media luna que arrancaba en la comisura derecha para alcanzarle la mejilla.

—Vamos, no compares. La tuya se disimula con un toque de maquillaje, lo mío, en cambio, no tiene arreglo.

—Que te digo que no —repitió Aurora sacudiendo la cabeza de lado a lado—, que eso no es para mí.

—Sería solo este domingo, seguro que para el siguiente ya estoy recuperada.

Pero si luego resulta que te gusta, podemos hablar con el director.

Eres guapa, seguro que encuentra algún papel para ti —rogó Consuelito, quien, pensó Aurora, estaría embarazada como Rocío, pero era tozuda como Estrella—. Al menos piénsatelo.

Poco después, Aurora se despedía de Consuelito prometiendo que lo pensaría, aun cuando no tenía intención alguna de hacerlo. Nunca hubiera imaginado que iba a acabar aceptando aquella locura de propuesta. Ni cómo esa decisión le cambiaría la vida.

* * *