Capítulo 15 #3
Estrella hacía todo lo posible por contentar a su hermana, aun a sabiendas de que era imposible.
De la joven cándida y dócil que había sido quedaba tan poco que apenas si lograba reconocerla.
Hubiera resultado fácil culpar al embarazo de la metamorfosis producida en Rocío, pero si se detenía un instante a repasar los cambios que había sufrido su vida en los últimos meses, no le extrañaría que su melliza no fuera la misma. De hecho, Estrella tampoco lo era.
Con esos sombríos pensamientos sobrevolando su cabeza, decidió matar el tiempo que le quedaba hasta la hora de ir a la relojería.
El día anterior su hermana se había quejado de que la vieja radio estaba rota y pensó que si conseguía arreglarla, sería una buena forma de que el estado de ánimo de Rocío remontara.
O al menos valía la pena intentarlo. Suspiró y se puso a ello.
Disfrutaba manipulando, desmontando mecanismos y volviéndolos a montar.
Formaba parte de su naturaleza. Por eso pasó la siguiente media hora concentrada en descubrir que una tuerca se había atascado, impidiendo que el dial girara cuando accionaba la rueda correspondiente.
Probó a soltarla con los dedos, pero el espacio era demasiado angosto y maldijo por lo bajo.
Se acordó de una aguja larga y fina que su hermana guardaba en una cajita de latón junto al resto de los útiles de costura.
Con un poco de suerte podría dejarla funcionando para cuando Rocío se levantara, sería una agradable sorpresa.
Estrella no había dado una sola puntada en su vida, pero recordaba que Rocío solía guardar la cajita al fondo del cajón de la cómoda de la entrada.
Levantó la tapa abollada y fue apartando con avidez botones, bobinas de hilos de diferentes colores, un dedal…
hasta que descubrió un pequeño pañuelo plegado sobre sí mismo.
Al moverlo, algo se deslizó de su interior.
Algo que le cortó la respiración como si hubiera recibido un golpe en la boca del estómago.
Se vio en la necesidad de sentarse, con la visión borrosa.
No fue consciente de que eran sus propias lágrimas las que le impedían ver con claridad hasta que estas empaparon el pañuelo que aún sostenía en una mano.
En la otra, dentro de su puño cerrado con fuerza, estaba el último objeto que esperaba encontrar.
Parpadeó varias veces y fue capaz de enfocar sus pupilas de nuevo.
Solo entonces, bajó la mirada y aflojó uno a uno sus dedos.
No, no se había equivocado. Aquel colgante compuesto por las saetas de un reloj formando las diez y diez era imposible de confundir.
Lo había hecho su propio padre para ella, se lo había regalado cuando la vida todavía les sonreía.
Era un símbolo del amor de ambos por su profesión.
Pero, sobre todo, lo era del amor que sintiera su padre por ella.
—No puede ser… —musitó confusa.
Estrella mejor que nadie sabía que no podía tenerlo entre sus dedos por una sencilla razón: ella misma se lo había entregado a otra persona cuando la guerra separó sus caminos.
Tembló al pensar en Olvido. Hacía mucho que no se permitía siquiera pronunciar su nombre porque hacerlo la sumía en un estado de melancolía que tardaba días, a veces semanas, en abandonar.
Sin embargo, ahora aquel colgante la traía de vuelta, o al menos su recuerdo.
Y lo hacía con tanta intensidad que dolía. Dolía mucho.
Estrella cerró los ojos para abandonarse al sabor a limón y tabaco rubio que, sin permiso, se había instalado en su paladar.
Aquel era el sabor de Olvido, se lo había dejado grabado con un fugaz beso que, habiendo durado apenas unos pocos segundos, se las había arreglado para permanecer eterno en su memoria.
Al evocar el roce de los labios de quien fue su más íntima amiga durante la guerra, Estrella sintió que el pulso se le aceleraba como si lo estuviera viviendo por primera vez.
Y es que, por mucho tiempo que hubiera pasado desde su despedida, los sentimientos que aquella impetuosa joven pelirroja le provocaba no se habían marchitado.
Aunque estuviera muerta. Porque debía de estarlo, no había otra opción, se repitió por enésima vez desde que recibiera su última carta desde el frente justo antes de la matanza que fue la batalla del Ebro, a la que siguió un terrible e implacable silencio.
Un silencio que gritaba una ausencia tan definitiva que le rompió el corazón.
Ahuyentó esos pensamientos y volvió a fijar la vista en el colgante.
¿Qué hacía allí, a un mar de distancia del lugar donde lo vio por última vez?
¿Cómo podía estar de nuevo entre sus dedos?
Las preguntas se superponían sin que llegara a imaginar respuestas para ninguna de ellas.
Y, de entre todas, hubo una que martilleaba su mente con especial insistencia.
¿Por qué lo tenía escondido Rocío en la caja de costura, el último lugar donde se suponía que ella iba a mirar?
Devolvió su atención al pañuelo que había envuelto aquel preciado tesoro y lo estudió con detenimiento. Frunció el ceño. En una esquina de aquel trozo de tela distinguió, bordada con hilo violeta, una flor que no supo identificar. En la opuesta, solo dos palabras que lo cambiaban todo: «El Jardín».
Acababa de descubrir dónde debía acudir en busca de esas respuestas que llevaba años anhelando. Solo necesitaba valor para afrontarlas. Fuesen las que fuesen.