Capítulo 15 #2
El corazón le martilleaba con fuerza en el pecho a la vez que decenas de preguntas lo hacían en su cabeza.
¿Qué hacía allí José? No lo hubiera reconocido ni para sí misma, pero la verdad era que había pensado en él en varias ocasiones desde la noche en que lo ayudara a escabullirse de los abrazos de Dalia.
En realidad, no sabía muy bien por qué, pero el recuerdo de aquel joven tímido cuyos amigos lo habían arrastrado hasta El Jardín siempre le sacaba una sonrisa.
Aunque una cosa era que le rondara la cabeza y otra muy distinta que estuviera subiendo su escalera.
¡Dios mío! ¿Eran sus pasos los que se escuchaban?
Cerró los ojos y pidió que no fuera más que una mala pasada de su vista afectada también por el embarazo.
Unos suaves golpes en la puerta le confirmaron que sus ojos eran de las pocas cosas que seguían funcionando a la perfección.
—¿Se puede saber qué haces tú aquí?
Al otro lado del umbral José se quedó plantado con la sonrisa congelada en los labios ante la brusquedad del recibimiento. Cierto que no esperaba que Rocío lo acogiera con los brazos abiertos, pero semejante hostilidad lo pilló desprevenido.
—Ho-o-ola, yo… pues s-s-solo quería… —Al igual que el día que se conocieron, tartamudeó durante los primeros segundos, los que necesitó para aclararse la garganta y sus pensamientos—. He pensado que te gustarían.
Estiró el brazo derecho y le ofreció el ramo de margaritas que había comprado por el camino a una anciana coja, convencido de que era una idea fabulosa, aunque ahora le empezara a parecer todo lo contrario.
—Hace bastante calor —se excusó por el aspecto algo mustio de las flores.
—No me digas.
Rocío no pretendía ser desagradable. O quizá sí.
Lo que tenía claro era que no quería saber nada de hombres.
De ninguno. Los hombres eran los responsables de su situación.
Ellos habían empezado una guerra, ellos habían decidido quiénes la perdían, ellos eran quienes habían abusado de ella y de tantas, tantísimas otras.
Los hombres habían conseguido separarlas y que ahora no supieran dónde estaba su hermana Aurora, o si seguía con vida.
Ellos eran los culpables de todo: de su soledad, de sus miedos, de sus ausencias y de sus miserias.
Y José, por más que tuviera cara de pardillo, era un hombre.
—¿Has venido hasta aquí solo para quedarte plantado como un pasmarote? —lo acució. Y es que todo el mundo sabe que, si no quieres que te hieran, siempre es mejor herir primero.
La actitud de Rocío no hizo retroceder a José, al contrario. Se irguió y aún con el ramo en la mano después de que ella no hiciera amago de cogerlo, respondió con las palabras saliéndole a borbotones de entre los labios.
—He venido a decirte que no dejo de pensar en ti.
Ahí estaba. Violeta le había sugerido que se declarara en condiciones y él había llegado a la conclusión de que no podía haber mejor forma de hacerlo que con la verdad.
Y su verdad era esa: que la recordaba a todas horas hasta el punto de creer que iba a perder la cabeza, si es que no lo había hecho ya.
—¿Y qué se supone que debo responder yo a eso?
—No lo sé, pero creí que debías saberlo.
—Muy bien, pues ya lo sé. Ahora puedes marcharte por donde has venido.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres decir con «ya está»?
—Pues que le echo el valor de ir a hablar con Violeta, me decido a venir, te compro flores por el camino, me sincero acerca de cómo me siento… ¿y eso es lo único que me respondes? —inquirió tan perplejo como dolido—. ¿Que me vaya por donde he venido?
—Mira, yo no te he pedido que hicieras todo eso, así que no te debo nada.
—No me debes nada, eso es cierto —admitió con los hombros y el ánimo hundidos—, pero hubiera agradecido al menos un poco de amabilidad.
—Fui amable el día que nos conocimos y mira a lo que me ha llevado.
—No era mi intención molestarte.
—Pues lo has hecho. Me equivoqué ayudándote, debí dejarte que te las apañaras con Dalia o con tus amigos. No era asunto mío. ¡Tú no eres asunto mío!
José no contestó. Se limitó a lanzarle una última mirada desolada, negar con la cabeza y darse media vuelta.
Al bajar las escaleras se cruzó con Estrella y su támara de dátiles pero ni siquiera reparó en su presencia.
Rocío, de nuevo asomada a la ventana, lo vio salir y girar a la izquierda.
También cómo lanzaba al suelo el ramo de margaritas.
—¿No crees que has sido demasiado dura? —le preguntó Estrella a su espalda.
—¿Ahora resulta que te dedicas a espiarme? —contraatacó Rocío, que volcó con su hermana la rabia que en esos instantes sentía consigo misma.
—Sabes que no —rebatió Estrella, haciendo un verdadero esfuerzo por no perder la paciencia—. He vuelto mientras ese chico ya estaba hablando contigo, me he quedado en la escalera para no interrumpir y no he podido evitar escuchar parte de la conversación.
—Pues si no sabes la historia completa, mejor no te entrometas.
Como un torbellino, Rocío abandonó el salón para encerrarse en el dormitorio, dejando tras de sí el eco de un buen portazo.
El ambiente allí dentro era más fresco que en el resto de la casa porque mantenían la contraventana cerrada durante el día y la abrían solo de noche.
Se sentó al borde de la cama que compartía con su hermana y se sintió agotada de repente.
Lloró en silencio sin molestarse en secarse las lágrimas que rodaban libremente por sus mejillas para aterrizar en su barriga.
Se preguntó si el bebé sabría que su madre estaba llorando.
Pensar en su criatura le dio fuerzas. Era el motivo por el cual seguir luchando, por el que no podía permitirse flaquear.
No hacía falta que naciera para que lo quisiera con todo su ser.
Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de protegerlo.
Lo que empezaba por seguir alejada de los hombres, tal y como se había propuesto al abandonar Alicante.
No podía hacer excepciones, se dijo, y su mano viajó hasta la altura de su ombligo, o su coraza empezaría a resquebrajarse y eso solo podía suponer más sufrimiento.
* * *