El abrazo del siroco Capítulo 15
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Capítulo 15

José había nacido en Cocentaina, un bonito pueblo enclavado entre la sierra de Mariola y el río Serpis, en el interior de la provincia de Alicante, pero recién cumplido su primer año sus padres emigraron a la prometedora ciudad de Orán y allí fue donde él creció y se hizo un hombre.

José era tan corriente como su propio nombre.

Buen trabajador, sencillo y de confianza, a sus veinticinco años había logrado que el patron de la carpintería en el barrio obrero de Hussein Dey donde había empezado como aprendiz lo ascendiera a oficial al comprobar su habilidad.

Le gustaba la madera. Su olor penetrante al cortarla, su tacto rugoso que podía volverse sedoso tras un buen lijado, sus diferentes tonalidades.

Era moldeable pero predecible, no había sorpresas más allá del fascinante dibujo de las vetas y los nudos. Justo como a él le gustaba.

De estatura media y cuerpo algo escurrido, con el pelo castaño y unas incipientes entradas en las sienes que desafiaban abiertamente su juventud, sabía de sobra que no era guapo.

Menos aún para aspirar a una belleza como la de Rocío, quien, pese a su embarazo, o quizá debido a este, resplandecía como Venus en el cielo cuando todavía no ha anochecido y el resto de estrellas no se atreven a asomar.

Sin ser excepcionalmente listo, José tampoco era tonto.

Sabía que debía dejar de soñar, y, sin embargo, no era capaz de hacerlo.

Desde la noche en que ella lo escondió en el cuarto de las escobas de El Jardín, José no había dejado de pensar en Rocío.

Su mente regresaba una y otra vez a esos minutos compartidos y repasaba las pocas frases que llegaron a intercambiar.

Recreaba los rasgos de su rostro durante horas hasta que llegaba a dudar si tanta perfección no sería imaginada.

Se quedaba embobado a cada rato y tardaba en reaccionar cuando le hablaban.

Tan abstraído estaba que en apenas una semana echó a perder dos tablones de buena madera y se ganó una reprimenda de su jefe, escamado por tan repentino cambio.

El día que a punto estuvo de amputarse el pulgar con la sierra, lo cogió del hombro y lo sacó del almacén.

Ya lejos de cualquier superficie que pudiera arder con una chispa, le ofreció un pitillo.

—Tienes que ir a hablar con ella —le soltó su patron de sopetón con voz cascada de viejo fumador.

José, que solo había aceptado el cigarro por no hacerle un feo, se atragantó con el humo que le llegó a la nariz.

—No sé a quién se refiere —balbuceó.

—Vamos a ver, José, ¿cuánto llevas trabajando aquí? ¿Diez años?

—Once —se atrevió a corregirlo con tono titubeante.

—Pues eso, que ya nos vamos conociendo. Y, o le echas un par de huevos para ir a verla y le dices de una vez lo que sea que te pasa, o tú vas a acabar sin dedos y yo sin tablones de los buenos.

José supo que tenía razón. No podía seguir así.

Aunque una cosa era decirlo y otra bien distinta, hacerlo.

La idea de volver a El Jardín lo mortificaba, pero no tenía más alternativa ya que, aparte de su nombre, nada sabía de la joven.

Hasta allí dirigió sus pasos a la hora del almuerzo con la vaga esperanza de verla entrar o salir y convencerla para que le regalase un minuto de su tiempo.

En vez de Rocío, fue Violeta quien lo descubrió vigilante ante el prostíbulo.

Con su porte esbelto, su mentón alzado y esa dura coraza con la que se protegía del exterior, podía resultar intimidante para algunos hombres, más aún para los inexpertos como él.

Al percatarse de que se dirigía a su encuentro con paso decidido, José hubiera deseado volatilizarse, pero una fuerza mucho más poderosa que su timidez ancló sus pies al suelo, impidiéndole moverse.

—Llevas rato rondando mi puerta con cara de perro apaleado, ¿se puede saber qué quieres?

—Buenos días —se arrancó José—, tal vez usted no me recuerde, pero…

—Nunca olvido una cara, joven.

—Bien, pues el caso es que yo venía a…

Violeta parpadeó y lo observó con fijeza, pero no dijo nada. Desde luego, no parecía dispuesta a ponérselo fácil. José se armó de valor.

—Busco a Rocío.

Silencio. El único signo de que ella lo había escuchado fue un leve alzamiento de la ceja derecha, impecablemente perfilada.

Incapaz de sostener su mirada, cuando volvió a hablar, José lo hizo con la vista clavada en sus zapatos, de los que, por mucho que se esforzara, nunca desaparecían del todo los restos de serrín.

—Es una chica preciosa con el pelo claro y los ojos como la miel. Está en estado de buena esperanza y…

—Sé quién es Rocío —lo interrumpió sin delicadeza—. Lo que aún no me has aclarado es qué haces tú aquí preguntando por ella.

José no pudo aguantar más la tensión. Se vino abajo y, sin ser esa su intención, acabó confesándole a trompicones su irrefrenable amor por la joven desde el día que la conoció, su obsesión día y noche, hasta mencionó sus accidentes laborales.

—¿Me estás diciendo que, si no te ayudo —respondió la madama—, seré la responsable de que te quedes manco?

Agradeció con una sonrisa que Violeta no le hubiera dado con la puerta en las narices. Supuso que, dado su oficio, lo suyo no sería lo más extraño que un hombre le había llegado a revelar. No se equivocaba.

—Mira, Rocío no vendrá hasta más tarde, pero esto es un negocio y no me gusta mezclar churros con merinas, así que te voy a decir dónde vive tu damisela.

Luego vas y te declaras en condiciones, porque déjame decirte que, como le sueltes la sarta de sandeces que me has contado a mí, va a pensar que eres medio lelo… o lelo entero.

—¿De verdad hará eso por mí? —exclamó entusiasmado—. ¡Le estaré eternamente agradecido!

—Mejor no me agradezcas nada todavía —lo cortó—. Yo solo te digo dónde encontrarla, lo que pase después ya no es cosa mía.

José se alejó de El Jardín con el corazón bailándole en la garganta. Estaba a punto de volver a ver a la mujer que le había robado la cordura para, nada menos, confesarle sus sentimientos. Tal vez fuera aquel el día más decisivo de toda su vida.

* * *

Rocío estaba de mal humor. Se había levantado con los pies hinchados y un insoportable ardor trepándole por el esófago.

María, la enfermera, le había recomendado que pusiera los pies en alto, incluso había tenido la amabilidad de prepararle una infusión de jengibre para la acidez.

Con todo, ninguno de sus intentos había logrado mejorar su estado de ánimo y deambuló la mañana por la casa refunfuñando por lo bajo y quejándose por todo.

Cualquier cosa la irritaba: el calor, las escaleras o los cordones de los zapatos.

—¡Perfecto, tampoco quedan dátiles! ¿Cómo se supone entonces que voy a quitarme este sabor a jengibre que llevo pegado a la lengua?

Con el paso de las semanas Estrella había desarrollado un intuitivo talento para detectar cuándo Rocío no tenía un buen día. La ocasión le proporcionó la excusa perfecta para quitarse de en medio y esquivar el chaparrón.

—Salgo ahora mismo a comprar un puñado —anunció, cogiendo su monedero para comprobar su contenido.

—¿En serio te vas a ir y dejarme aquí sola?

—¡No tardo! —mintió Estrella bajando ya el primer tramo de escaleras, pues tenía intención de demorarse todo lo posible antes de volver junto a aquel ser diabólico que se había apoderado de la que hasta hacía no mucho había sido su dulce y razonable hermana.

Rocío se dejó caer con un resoplido de hastío en la silla que había arrimado a la ventana en un intento de aprovechar cualquier mínima brisa de aire. Se estudió los tobillos por enésima vez y lanzó un bufido exasperado.

—A este paso, para cuando dé a luz voy a parecer un elefante —protestó sin importarle que no hubiera nadie para escucharla—. Solo espero que luego vuelvan a su tamaño.

El doctor Rafael, que seguía la evolución de su embarazo, ya le había asegurado que así sería, que todo su cuerpo volvería, si no a ser exactamente como antes, al menos bastante parecido.

Pero a esas alturas ella empezaba a dudarlo seriamente.

Dispuesta a esperar el regreso de Estrella, agarró un ejemplar de L’Écho d’Oran que su hermana compraba los domingos sin importarle que los idiomas no fueran su fuerte y apenas lograra comprender algunas palabras sueltas, para abanicarse con desgana mientras se entretenía observando el ir y venir de la gente que caminaba por la calle. Ahí lo vio.

Al principio dudó de si no se estaría confundiendo.

Al fin y al cabo, tan solo habían coincidido en una ocasión y la mayor parte del tiempo había sido a oscuras en el cuarto de las escobas.

Entornó los ojos y se fijó con atención.

José, porque, muy a su pesar, recordaba su nombre perfectamente, se movía entre la multitud como un bailarín: lo mismo daba un paso a la derecha seguido de dos a la izquierda, que hacía un pequeño giro sobre sí mismo y volvía a su posición, todo en un esfuerzo por esquivar el trajín de transeúntes para proteger algo contra su pecho. Era un ramo de flores.

—Pero ¿qué diantres…? —Rocío no salía de su asombro.

José avanzaba con una mezcla de torpeza y determinación, entre aguadores y sus tinajas, burros con alforjas rebosantes, mujeres vaporosas vestidas de blanco de los pies a la cabeza, hombres con fardos de leña para las cocinas en equilibrio sobre los turbantes de sus cabezas y cabras tercas que avanzaban a tirones de sus dueños.

Lo hizo durante varios metros, hasta que se detuvo frente a su portal.

Lo vio intercambiar unas palabras con Rafael, que en esos instantes despedía a un paciente a pie de calle, y cómo ambos miraban hacia arriba después de que el médico señalara con el brazo la primera planta.

—No puede ser —musitó Rocío separándose con brusquedad de la ventana con la esperanza de que no hubieran llegado a descubrirla.