El abrazo del siroco Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

—Le debo mucho a la familia de Cosme —continuó Rodrigo, a quien por primera vez veía con la camisa arrugada y el cabello revuelto—. No quiero ni pensar en lo que podría haber pasado…

—Mirar para otro lado no borrará lo que ha ocurrido.

—¿A qué viene eso, Aurora?

—A que nada importa más que una vida, ni siquiera tu maldito vino.

Supo que había ido demasiado lejos nada más terminar de hablar, pero no había vuelta atrás. Soportó con entereza los largos segundos en los que Rodrigo la observó con una intensidad tal que sus ojos cobrizos parecían estar en llamas.

—No sabes lo que dices.

—Lo que sé es que Cosme tiene una hija, Jimena, que ya es huérfana de madre —se sobresaltó ante la crudeza de su propia voz.

Aunque agotada, ya no se sentía débil. Al contrario, algo se había removido en su interior y exigía salir, insuflándole una fuerza que le permitió erguir la espalda para enfrentar la mirada de Rodrigo y así descargar en él todo el miedo y la incertidumbre acumulados—, y a punto ha estado hoy de serlo también de padre.

—No hace falta que me lo recuerdes, soy consciente de ello.

—¿Estás seguro? —espetó antes de señalar la camilla donde el herido aún no había despertado. Aurora no estaba dispuesta a callar, no esta vez—. Porque se ha quedado manco por trabajar cuando era evidente que no estaba en condiciones de hacerlo.

—¿Acaso crees que es culpa mía? —le respondió él con la mandíbula tensa.

—No lo sé, dímelo tú. —A la mente de Aurora acudieron las imágenes de la extrema sencillez con la que vivía la familia de Jimena—. ¿Es que no te das cuenta de que esta gente se deja la piel en tus tierras? ¡Es una maldita locura!

—No puedes hacerme responsable de lo que ha ocurrido hoy.

—¿Sabes? Me equivoqué contigo. Creí que eras… distinto. Pero ya veo que lo único que te importa eres tú mismo.

—¡Esto es absurdo! —bufó Rodrigo, llevándose las manos al cabello en un intento de no perder los nervios—. No tienes ni la más remota idea de quién soy o lo que me importa.

Aurora no reculó, el recuerdo de la cara aterrorizada de Jimena la espoleaba. Retó con la mirada a Rodrigo, que resopló como un toro.

—Mi padre me llevaba de la mano a conocer el domaine cuando yo no era más que un crío.

Me hablaba de las vides con tanto amor como si fueran personas, me enseñó a agarrar los racimos para valorar su peso y su firmeza.

A comprobar la sequedad producida por el siroco.

A olfatear las bayas en busca del inconfundible aroma avinagrado de los hongos que pueden poner en peligro una cosecha entera.

A adivinar la riqueza en azúcar solo por la forma en la que el jugo resbala entre los dedos.

¡Dios santo! ¿Y dices que no me importa?

Esta gente forma parte del viñedo tanto como yo, así que sí, te juro que me importan más que mi propia vida.

A esas alturas se habían situado frente a frente, como dos gallos de pelea armados con sus espolones.

Ambos habían ido subiendo el volumen hasta rebasar los límites de una conversación cordial.

Aurora respiraba agitada y la sangre ajena ya seca sobre su piel le provocaba una tirantez irritante.

La notable diferencia de altura la obligaba a levantar la barbilla para mirar a Rodrigo a unos ojos que centelleaban con rabia, pero estaba decidida a no amilanarse.

Él la encaraba con su habitual aplomo, tan seguro de sí mismo como siempre.

Y Aurora deseó poder caminar ella también por una vida levantada sobre unos cimientos que no se tambaleaban a cada paso.

La acalorada discusión los había llevado a una proximidad, a una intimidad que la incomodó.

A pesar de lo furiosa que se sentía, estando a escasos centímetros, no pudo por menos que reconocer que Rodrigo desprendía un magnetismo del que era difícil abstraerse.

—Eres imposible —resopló él.

—Y tú un…

No terminó la frase, Rodrigo no se lo permitió.

Con un movimiento rápido la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí para acallarla con un beso.

Sus labios se encontraron con una furia casi dolorosa, pero no por eso se rehuyeron.

Al contrario. Se buscaron con desesperación, como si con eso pudieran borrar todo lo ocurrido, como si de ello dependiera que pudieran seguir respirando.

Aurora se aferró con fuerza al pecho de Rodrigo y él la estrechó todavía más contra su cuerpo.

Sintió la aspereza de su mentón, su olor a uva madurada al sol, la firmeza de sus manos y, por un instante eterno en el que nada más existía, se dejó llevar.

Solo entonces Aurora pareció recobrar la cordura y se apartó con brusquedad, buscando una distancia física que le permitiera volver a pensar con claridad. Desde allí miró a Rodrigo y el fuego que adivinó en sus pupilas la estremeció.

—No he podido evitarlo… —dijo él con voz ronca—, pero tampoco me arrepiento.

Aurora no respondió. Ella tampoco lo había evitado aunque, al contrario que Rodrigo, ya había empezado a arrepentirse.