Capítulo 14 #3
—Es un lugar muy especial. No hay mejor sitio para poner en orden los pensamientos —murmuró abstraído ante la belleza del paisaje—. Aquí no hay forma de engañarse a uno mismo.
Aurora se preguntó si lo diría por las intrigas que se traía entre manos con los alemanes para mantener a flote su viñedo, pero no tuvo oportunidad de indagar. Unos gritos provenientes del vestíbulo los alertaron e hicieron que los bretones se incorporaran de un salto y arrancaran a ladrar.
—¡Avisad al médico! ¡Rápido!
Rodrigo se dirigió hasta allí con pasos rápidos, Aurora lo siguió. En el suelo empedrado encontraron a un hombre joven que se retorcía en un charco de sangre.
—¡Dios santo, Cosme! —Rodrigo se acercó y se percató de que la sangre provenía de su mano derecha, donde se apreciaba una profunda herida—. ¿Qué ha ocurrido?
El anciano que lo había traído, tembloroso y pálido, murmuraba frases inconexas. Aurora no reconoció a ninguno de los dos, pero sí lo hizo con la pequeña que lo observaba todo desde la puerta con los ojos abiertos por el susto. Era Jimena, y supo, con dolorosa certeza, que el herido era su padre.
—Le dije que se quedara en la cama… Tenía mucha fiebre, así no podía trabajar. Se lo dije… Pero no me hizo caso —balbuceaba el abuelo—. Se empeñó en romper las piedras del terreno nuevo con la dinamita y algo salió mal… Su mano… Le dije que se quedara en casa…
Rápidamente, Rodrigo se hizo cargo de la situación y apartó con firmeza al aturdido hombre para poder estudiar mejor la herida. No cabía duda de que era grave. Mucho. Si no actuaban rápido, el padre de Jimena podría morir desangrado.
—Aurora —la llamó, pero ella estaba petrificada ante la visión de la sangre, los pies pegados al suelo. Rodrigo repitió su nombre, esta vez casi un grito—. ¡Aurora! Tú eres enfermera, ayúdalo.
Aurora boqueó. Los aullidos de dolor, el olor de la sangre, el miedo a ver una vida desvanecerse frente a ella…
Todo regresó de golpe, embotando sus sentidos.
Durante la guerra en Alicante había visto lo mismo en demasiadas ocasiones.
Pero la guerra había terminado, al menos la suya; ellas habían huido y Aurora había creído que no volvería a manchar sus manos con sangre ajena. Qué equivocada había estado.
—¡Aurora!
La voz imperativa de Rodrigo la sacó de sus más oscuros recuerdos.
—Hacedme hueco para que pueda ver. Y traed agua caliente y paños limpios —pidió, saliendo de su estupor con la voz extrañamente firme—. Cosme, escúchame, necesito que te mantengas despierto. Eso es, lo estás haciendo muy bien.
Pronto Aurora tuvo lo que necesitaba y con asombrosa soltura, como si jamás hubiera dejado de hacerlo, lavó la herida y practicó un vendaje provisional cuya presión consiguió ralentizar la hemorragia.
Para su alivio, el médico encargado del dispensario del viñedo llegó en ese momento y se hizo cargo de la situación.
—Hay que amputar —sentenció el doctor Galindo, arrancando un sollozo al viejo. El herido ni siquiera reaccionó, debido a la conmoción era probable que no fuera consciente de cuanto ocurría a su alrededor—. Y me vendría bien su ayuda.
Aurora, que los había seguido hasta el dispensario por inercia, tardó en percatarse de que se dirigía a ella. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
—No puedo hacerlo —musitó, arrepentida de haberle hablado a Rodrigo de su trabajo en la Casa de Socorro de Alicante durante los bombardeos.
El doctor clavó sus pupilas en ella por encima de sus lentes.
—Señorita, supongo que no es necesario que le explique lo delicado de la situación. La eficiencia y rapidez de nuestra actuación pueden determinar el futuro de este joven.
—Pero es que yo… —Aurora se sintió acorralada, trató de resistirse una última vez—. No llegué a acabar mis estudios, en realidad, ni siquiera soy enfermera.
—Ni falta que hace, por lo que veo se las arregla usted de maravilla —sentenció el doctor poniendo así fin a la discusión.
Lo que ocurrió a continuación le pareció más bien un sueño.
Al principio le costó mover las manos, como si sus extremidades estuvieran adormecidas, y respondía con torpeza a las indicaciones que el doctor le iba dando.
No obstante, pronto la adrenalina logró desentumecerla y recuperó su destreza superando el bloqueo.
A partir de ese momento, la intervención quirúrgica fluyó sin contratiempos y al cabo de una hora aquel hombre joven, con toda una vida por delante y una hija a su cargo, tenía un muñón en lugar de mano.
—Perfecto —murmuró el médico revisando la sutura amarillenta de yodo para asegurarse de que no había quedado demasiado tensa—.
Cuando despierte sentirá dolor, pero le dejaré medicación que lo ayudará a sobrellevarlo.
Es muy importante que mantenga la herida limpia y seca. Volveré a verlo esta tarde.
Rodrigo, quien había permanecido durante el proceso en un extremo de la sala, recorriéndola a zancadas, asintió con gravedad.
—El anciano dijo que había acudido esta mañana a trabajar muy enfermo —se atrevió a apuntar Aurora.
—Es algo habitual entre los jornaleros —confirmó Galindo sin sorpresa.
—Pero, si no se encontraba en condiciones de trabajar, no debería haberlo hecho —insistió Aurora—, tal vez ahora conservaría las dos manos.
—Es posible. Pero cuando un día sin trabajar supone un día de jornal perdido, no hay mucho que pensar.
Aurora sintió hervir la rabia en su interior. Hubiera deseado preguntar cómo era posible algo así, pero era consciente de que aquel no era momento ni lugar para seguir indagando. Optó por no insistir.
—Joven, ha hecho un trabajo magnífico, la felicito. De no ser por usted, este hombre se habría desangrado antes de que yo hubiera llegado a tiempo de atenderlo. Y ahora, si me disculpan, tengo otros pacientes. Avísenme de cualquier novedad.
Aurora lo vio marchar con la bata blanca salpicada de manchas de sangre y sintió que le sobrevenía un vahído.
Ella misma se sintió sucia y deseó con todas sus fuerzas poder asearse.
Cuando las piernas le flojearon, buscó una silla y se desplomó sobre ella con la cabeza entre las manos.
Trató de respirar despacio, pero la tensión acumulada empezaba a disolverse en su cuerpo, provocándole temblores.
—Sé que es la segunda vez que te lo digo hoy, pero… Gracias.
Aun estando a pocos metros, la voz de Rodrigo le llegó como si viniera de muy lejos.
Aurora no respondió. Revivir la pesadilla que suponía una guerra perdida había sido aterrador.
Procuró seguir concentrada en su respiración y en recuperar la calma.
Inspiración, exhalación. Una vez y luego otra.
Se dijo que tan solo debía seguir respirando. Nada más.