Capítulo 14 #2
—Y aún no te he contado lo mejor. —Sagrario estaba encantada con una oyente tan atenta—.
Cuando la filoxera se ensañó con las cepas europeas, a punto estuvo de hundir la industria en Francia, fíjate si fue grave.
Ante semejante crisis nacional, se recurrió al vino argelino para suplir las carencias.
Las exportaciones no hacían más que crecer año tras año.
Se podría decir que prácticamente le quitaban el vino de las manos.
Debieron de ser unos buenos años. Por entonces conoció a mi suegra y tuvieron cuatro hijos: tres mujeres y un varón, que después fue mi esposo…
Ay, mi Rodrigo querido… —La voz se le quebró bajo el peso de la nostalgia—.
Lo que más me aterra de estos olvidos míos es que me arrebaten su recuerdo, es lo único que me queda.
Aurora guardó un respetuoso silencio y continuó caminando junto a aquella mujer perdida en un tiempo que ya no existía más allá de su débil memoria.
A lo lejos vio a varios jornaleros musulmanes rezando con la frente pegada al suelo y a algunas mujeres cargadas con baldes de agua en la cabeza que conversaban.
Algo más allá, se agrupaban las modestas viviendas encaladas donde los trabajadores, españoles y árabes en su mayoría, vivían con sus familias, sus religiones y sus costumbres.
—Todos los Rodrigo Morague pertenecen a esta tierra, ¿sabes?
Ellos siguen vivos en cada cepa, en cada racimo, en cada nueva vendimia.
Mientras este lugar exista, ellos no dejarán de hacerlo.
—Sagrario se detuvo para observar cuánto abarcaba su vista, húmeda por la emoción—. Vamos, quiero presentarte a alguien.
* * *
Además de un cuerpo flacucho, Jimena tenía el pelo muy negro y las rodillas llenas de desconchones. Ya habría cumplido ocho años, pero aparentaba menos.
—¡Abuela! —gritó girándose hacia una casa al verlas venir—. ¡Abuelaaa!
—Ya voy, ya voy —se escuchó protestar desde el interior—. Que estoy ciega, no sorda. Maldita cría…
Sagrario se dirigió con paso decidido a la entrada, con Aurora expectante a su derecha, y allí aguardaron hasta que de la penumbra del interior emergió una anciana encorvada sobre sí misma con alpargatas, un pañuelo para cubrirse la cabeza anudado bajo la barbilla y el gesto de tener muy malas pulgas.
La vieron levantar la cabeza igual que un perro olfateando el aire, como si así pudiera compensar la ceguera que evidenciaban sus pupilas blanquecinas.
—Hola, Carmen. Me alegro de verte.
—¿Sagrario, eres tú? ¡Qué demonios! ¿Cuánto hace que no te pasabas por aquí?
—Demasiado, me temo, me hago vieja.
—¡Ja! Pues bueno estaría que te hicieras más joven. Anda, pasad.
Aurora siguió a su patrona al interior de la sencilla pero impoluta vivienda.
Resultó que la anciana aún era capaz de distinguir luces y sombras, con lo que se las apañaba sorprendentemente bien para sacar adelante una casa en la que vivían cinco adultos y seis niños, que pronto serían siete porque la tía de Jimena volvía a estar preñada.
Carmen había llegado junto con su marido desde Pego para trabajar en el domaine siendo aún una moza joven y lozana.
Fueron y vinieron por temporadas, como las golondrinas, hasta que un buen día decidieron no volver a marcharse más.
Y allí seguían desde entonces. Con el tiempo se les unieron su hijo y su nuera con su prole, y más tarde, cuando su hija falleció durante la guerra civil, los siguió su yerno Cosme con la pequeña Jimena, huérfana de madre. Todos trabajaban para los Morague.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Sagrario, quien parecía profesar un profundo y antiguo respeto por aquella anciana.
—La vida es muy perra —respondió Carmen, acomodada en un desvencijado sillón a remendar un calcetín sirviéndose solo del sentido del tacto, para a continuación sisear con viejo rencor—, con unos más que con otros, eso sí.
—Te he dicho muchas veces que, si os hace falta algo, no tienes más que decírmelo.
—Nunca me han gustado las limosnas, ya lo sabes.
—No empieces, Carmen, por favor te lo pido.
Carmen masticó un exabrupto entre sus encías desdentadas y cambió de tema.
—¿Cómo está el niño?
—Ya no es un niño… —apuntó Sagrario.
—Eso lo dirás tú, porque para mí seguirá siendo aquel rapaz que correteaba por aquí con los mocos colgando y el trasero al aire hasta el día en que me muera. Qué chiquillo… ¡Tan terco como todos los Morague!
Aurora intuyó que el «niño» del que hablaban no era otro que Rodrigo.
A continuación, ambas ancianas se sumieron en un tranquilo silencio, tal vez poblado de recuerdos de otros tiempos.
A Aurora le asombraba el trato tan cercano que se prodigaban esas dos mujeres que, a simple vista, nada tenían en común.
A pesar de ello, al verlas juntas, cualquiera diría que se trataban de igual a igual.
—Las cosas se están poniendo feas —masculló al cabo Carmen—.
Si no, que se lo digan al pobre Manuel Montoya, que hace poco lo detuvieron y se tragó cuarenta días en la cárcel de Saida porque se negó a comprar billetes de una tómbola que organizaban los de Medailles Militaires .
Y si con los franceses estamos mal, espérate a que se nos metan aquí los alemanes, que mi yerno Cosme es comunista y ya habrás oído lo que se rumorea que les hacen los nazis a los comunistas.
—A vosotros no os pasará nada de eso. Sabes que él no lo permitirá.
—Ya, pues bien que permitió eso de poner en la escuela un maestro que solo habla francés. Aquí mismo, en el viñedo, nada menos… ¿Se puede saber a quién le molesta que hablemos en español?
—Por eso no me gusta la escuela, abuela —aprovechó para meter baza Jimena, que siempre rondaba a su abuela cual perro faldero por mucho que esta tratara de espantarla a base de exabruptos.
—Tú a callar —espetó Carmen—; si no vas, es porque eres una perezosa y una descastada. Tu padre no ha sabido meterte en cintura, pero a mí no pretendas contarme milongas y que me las crea, que ya estoy vieja para eso.
Para zanjar la disputa, la abuela le tendió a la niña un cuenco con lentejas para que las limpiara de piedras. Luego retomó su calcetín y su discurso.
—Desde hace décadas nos partimos el lomo para que este país se enriquezca y nos lo pagan con desprecios, despidos, expulsiones… Obligaciones tenemos muchas los españoles, sí, señor, pero derechos, bien pocos.
—Ya sabes que nada de eso depende de él —la apaciguó la señora Sagrario, al parecer acostumbrada al endiablado carácter de Carmen—. Hace lo que puede.
—¿Y si no es suficiente?
Sagrario no respondió.
Tras despedirse de Carmen y Jimena, a Aurora le quedó una extraña sensación en el pecho.
En tanto que en casa de los Morague todo eran comodidades, la vida era muy diferente para los trabajadores que con su esfuerzo hacían posible que toda esa maquinaria no dejara de funcionar.
Aquella anciana ciega simbolizaba su sufrimiento, su incertidumbre.
Recordó cuánto la había impresionado la primera vez que vio aquellas más de cien hectáreas ante ella y se preguntó si valía la pena tanto esfuerzo y sacrificio.
—Hace años Carmen lavaba la ropa de la casa grande.
Mi hijo había cumplido los cinco y era tan travieso que me llevaba de cabeza.
Un día me despisté un minuto, no fue más, lo juro, pero él lo aprovechó para colarse en el pozo.
De no ser por ella, que lo vio todo y se tiró dentro sin pensarlo, mi niño se habría ahogado.
—Sagrario no había abierto la boca durante el camino de regreso, pero al acercarse al porche, donde un caballete y los pinceles de marta aguardaban con estoica paciencia, se sinceró—: Desde entonces le debo la vida.
Y esa es una deuda que jamás podré saldar…
sobre todo porque Carmen no está por la labor.
Ella prefiere dejar las cosas como están.
Le gusta saber que pese a todo lo que nos separa puede mirarme de tú a tú.
Es terca como una mula, y mientras le queden fuerzas, se aferrará a esa deuda que la coloca en una posición privilegiada.
Y no la culpo. Tal vez yo en su lugar hubiera hecho lo mismo.
Los siguientes días Aurora meditó en profundidad sobre lo que Sagrario le había confesado. En aquella tierra de extremos pareciera que los límites se desdibujaban, se ensanchaban o incluso desaparecían. Allí nadie era lo que aparentaba, ni siquiera una anciana ciega y malencarada.
* * *
—Gracias.
Aurora, que estaba echando un vistazo a la bien nutrida biblioteca de la casa grande, dio un respingo y se volvió sin disimular su sobresalto.
Allí estaba Rodrigo, observándola con un hombro apoyado en la puerta del salón principal y los dos fieles bretones a sus pies.
Le pareció todavía más alto y apuesto que la última vez.
—Por acompañar a mi madre —aclaró él—, creo que aquí se siente más cerca de mi padre.
No habían vuelto a coincidir desde hacía más de un mes.
Justo después de que por accidente ella oyera su conversación con Ibrahim, Rodrigo había tenido que salir en viaje de negocios, lo que lo había mantenido alejado de Orán.
En todo ese tiempo, Aurora no había olvidado los claroscuros que conformaban a aquel hombre ni las dudas que seguía teniendo sobre él.
Ni ahora, que conocía parte de su historia, había dejado de ser un interrogante.
Sin embargo, al tenerlo de nuevo frente a ella, le disgustó tener que admitir que su magnetismo seguía resultando arrollador.
Consciente de que hubiera sido descortés mantenerse en silencio, carraspeó antes de responder.
—Espero que no se crucen con Sagrario —señaló a Éponine y Valjean—. Sigue sin perdonarles la afrenta de los guacamayos.
Rodrigo asintió con una sonrisa. Luego, para quitarse los guantes que usaba para conducir, se asomó al gran ventanal para otear el horizonte.