El abrazo del siroco Capítulo 14
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Capítulo 14

Al contrario de lo que la posición acomodada de la que ahora gozaba pudiera hacer creer, la señora Sagrario no siempre había sido rica, ni siquiera afortunada.

Hija de un pescador de Villajoyosa y de la cocinera de una modesta casa de comidas, nació en tierras oranesas entre redes de pesca y estrecheces varias.

Jamás fue bonita ni contó con ningún encanto femenino más allá de unos chispeantes ojos cobrizos, los mismos que años más tarde heredaría su hijo.

Tal vez el hecho de ser poco agraciada fue el culpable de que no encontrara pretendiente.

En cambio, su madre opinaba que era por su carácter estrafalario, que lo mismo la llevaba a pasar días enteros sumida en un estado de abstracción que sorprendía con súbitos ataques de irrefrenable locuacidad.

Su tendencia a las distracciones le había valido incontables riñas por parte de sus padres, quienes llegaron a pensar que su pobre hija era algo corta de entendederas.

Pero no lo era.

Lo que le ocurría era que tenía un mundo interior tan rico e interesante que le resultaba complicado no perderse en él.

Había nacido con alma de artista en un mundo en el que no cabía el arte porque las dificultades del día a día lo ocupaban todo.

Pasaba horas enteras dibujando cosas que se le venían a la mente de repente y que acababa extraviando antes de llegar a terminar.

Llevaba siempre los dedos manchados de carboncillo y la mirada volcada hacia dentro.

En realidad, a Sagrario no le importaba haber rebasado los veinticinco sin que ningún joven se fijara en ella, ni tampoco le incomodaba la posibilidad de quedarse para vestir santos, algo que parecía horrorizar a su madre.

A ella lo único que le interesaba era poder escaparse a la promenade de Létang, donde podía disfrutarse de una apabullante panorámica que abarcaba desde los barrios de la ciudad baja, los muelles del puerto o el Mourdjadjo por el oeste, hasta los acantilados de Gambetta y el djebel Kahar por el este.

Y allí, donde acudía con su cuaderno para sumergirse en un nuevo boceto, amparado por ficus, palmeras, belombras, pinos y plataneras, fue precisamente donde el destino cruzó sus caminos.

Rodrigo Morague, quien acabaría siendo su marido y padre de un primogénito al que bautizarían con ese mismo nombre, se encontraba tomando un vermut Galiana en compañía de unos amigos en la sombreada terraza del quiosco Casino de Létang, cuando quedó irremediablemente prendado de su ceño fruncido, su mano ágil y su mirada soñadora.

Sagrario llevaba ya un rato en el mismo banco retirado, tan ensimismada en su dibujo que tardó en percatarse de que las horas se le habían escurrido entre los dedos tiznados de carboncillo.

Cuando al fin lo hizo, se apresuró a recoger sus utensilios de pintura para regresar a casa, segura de la regañina que allí la aguardaba por su retraso.

Entre las prisas y los nervios, ni siquiera se dio cuenta de que uno de sus dibujos quedaba olvidado en el banco.

Fue Rodrigo quien lo rescató y solo necesitó un vistazo para adivinar que, tras aquella apariencia discreta sin más atractivo que unos ojos que lanzaban destellos del color del ocaso, se ocultaba una mujer excepcional.

No solo no se equivocó en su elección, sino que consiguió que Sagrario acabara enamorándose de él tanto como él lo estaba de ella.

El suyo fue un amor disparatado que alimentó todo tipo de rumores en la rancia alta sociedad oranesa.

Él le sacaba casi quince años y además era rico.

Sin embargo, ese mismo amor tan criticado resultó ser también terco, y con el tiempo acabó por derribar cualquier barrera hasta convertirse en uno de los más sólidos que se hubieran conocido.

Solo la muerte pudo hacer lo que nadie logró en vida.

Los separó, dejando a Sagrario viuda y con una ausencia al otro lado de la cama a la que nunca se acostumbraría.

De aquello habían pasado muchos años. Unos años que, inevitablemente, habían dejado su huella.

Ahora Sagrario sufría pérdidas de memoria.

Al principio fueron tan solo pequeños vacíos que habían resultado sencillos de disimular.

Pero poco a poco, como si de una lenta erosión se tratase, su mente se iba adentrando en una zona sombría de la que un día no sería capaz de regresar.

Con todo, Aurora Robles había podido percatarse de que Sagrario era, cuando menos, singular, y no solo porque tratara a sus pájaros como si fueran personas.

Mantenía conversaciones con su difunto esposo en voz alta y era sabido por todos en la casa que seguía fiel a su costumbre de dormir tal y como Dios la trajo al mundo.

Su carácter algo excéntrico no impedía que su corazón fuese tan inmenso que nadie quedaba fuera, aunque a veces resultase complicado distinguir el límite entre su extravagancia natural y la demencia senil.

—¿Seguro que no olvidamos mis pinceles? —preguntó Sagrario—. Los de pelo de marta son del todo imprescindibles, sin ellos es como si fuera manca.

—Estoy segurísima de que los llevamos —contestó Aurora por enésima vez.

—¿Y el caballete?

—También, lo he comprobado tres veces.

A Sagrario se le había metido en la cabeza la idea de pasar una temporada en el viñedo.

Sostenía que allí recuperaría esa inspiración que últimamente le era un tanto esquiva.

Dado que Manuela sufría uno de sus recurrentes dolores de ciática, recayó en Aurora la tarea de acompañarla.

Y no era que no le gustase la idea de volver a visitar el espléndido domaine de la familia Morague, solo lamentaba tener que hacer un paréntesis en la búsqueda de sus hermanas, que se alargaba poniendo a prueba su templanza y su determinación.

A la casa de la familia en el Soleil d’Oran se la conocía como la casa grande y era todo un símbolo de la mezcolanza que habitaba aquellas tierras.

La construcción presumía de un equilibrio perfecto.

No le faltaban comodidades, pero sin pecar de excesos.

Lo único en lo que no escatimaba era en belleza.

Cuando apareció a la vista tras rebasar una colina, Aurora volvió a contener el aliento igual que la primera vez.

A su lado en el asiento trasero del coche viajaba Sagrario, quien le puso la mano sobre la rodilla como si compartiera con ella la misma emoción.

Durante la estancia en el domaine su cometido se limitaba a atender a su patrona, quien, por suerte, no era caprichosa ni difícil de contentar.

Además de pasar horas enteras emborronando lienzos con sus pinceles en el porche de la entrada, Sagrario daba un largo paseo cada mañana porque, según afirmaba, para atraer la inspiración no hay nada mejor que salir en su busca, esquivando, por supuesto, a los bretones Éponine y Valjean, quienes parecían intuir la animadversión de la señora y evitaban la casa grande con igual empeño.

Si Aurora había llegado a temer verse encerrada día tras día, carcomida por el tedio, asediada por el recuerdo de Estrella y Rocío hasta quedarse sin respiración, pronto se dio cuenta de que la activa rutina que mantenía la señora le dejaba poco espacio para la autocompasión.

—Todo esto que ves lo construyó mi suegro, que en paz descanse —comentó Sagrario con sus pasos cortos—. Fue un gran hombre, duro y recio, pero bueno.

—Seguro que sí —respondió Aurora por cortesía, pues nada sabía de la historia familiar.

—Se llamaba Rodrigo, al igual que después lo hicieron mi marido y mi hijo, y fue el primer Morague en pisar África.

Lo hizo como otros muchos españoles, soñando con una vida mejor.

Podría decirse que tenía alma de expedicionario.

Los comienzos no fueron fáciles, pero tenía dos cosas a su favor.

La primera, una imponente corpulencia con músculos formados a golpe de azada y una piel curtida por el sol, lo que le permitió afrontar las agotadoras jornadas en esta tierra poco amable con quienes se empeñan en domesticarla.

—¿Y la segunda?

—Una tenacidad que rayaba en la obsesión.

Había visto cómo otros españoles sucumbían a las durezas de la emigración, del clima y de la soledad, o al miedo de ser atacados por cabileños hostiles, hasta que lo daban por imposible y se volvían por donde habían venido, más pobres aún si cabe que cuando llegaron.

Mi suegro los despreciaba por su debilidad, por su falta de empuje.

Se prometió a sí mismo que jamás sería como ellos.

—Desde luego, cumplió lo prometido con creces.

—Lo hizo, sí —concedió la señora con un cabeceo y una leve sonrisa—.

Llegó a Argelia sin una moneda en el bolsillo y levantó un imperio.

Trabajó de sol a sol, aceptando los trabajos precarios y extenuantes que los terratenientes y empresarios le ofrecían, y en solo tres meses ganó lo mismo que en todo un año en España.

Hasta que un buen día el siroco le sopló de cara.

Su patrón era un francés de piel pálida, constitución delicada y espíritu acostumbrado a otras latitudes que, harto de batallar con esta tierra terca y desagradecida, decidió regresar a la metrópoli.

Al parecer le tenía en gran estima y le ofreció venderle sus propiedades en Argelia a un precio que más bien era un regalo.

A mi suegro le encantaba relatar cómo no necesitó más que un trago al chato de vino con el que se habían sentado a negociar para aceptar la propuesta que cambiaría su destino.

—¡Menuda historia!