Capítulo 13 #2
—Ne-ne-necesito salir de aquí —insistió el joven—. N-no debería haber venido.
Para atajar la conversación, Rocío trató de tranquilizarlo aludiendo a las dotes de la mujer semidesnuda que esperaba al otro lado de la puerta.
—Dalia es una de las chicas más populares, ningún cliente ha salido nunca insatisfecho.
Las mejillas del joven se encendieron al escucharla.
—No-no lo dudo. Seguro que esta chica tiene mucho… talento. Pero no es por eso por lo que no quiero estar aquí. Lo que pasa… Es que…
—No tengo toda la noche.
El muchacho resopló para darse ánimos tras lo que logró, al menos, decir la primera frase de corrido de toda la conversación.
—Lo que quiero decir es que no he venido por propia voluntad.
—¿Cómo es eso? —preguntó Rocío perpleja.
Con una profunda inhalación, la vista clavada en las punteras de sus zapatos y las mejillas tan rojas que parecía al borde de una apoplejía, el joven le confesó que sus amigos lo habían arrastrado hasta allí al enterarse de que aún era virgen. Una especie de ritual varonil para que se estrenase.
—Este sitio no es para mí —la confesión parecía al fin haberlo aliviado de su tartamudez—. Solo de pensar en lo que me voy a encontrar al otro lado de esta puerta me entra una cosa… Que no, que no puedo.
Rocío, que había empezado escuchando impaciente y después divertida, acabó sintiéndose enternecida por su candidez. Intentó tranquilizarlo.
—Dalia puede ser muy dulce. Si le explicas que estás nervioso, seguro que te ayuda poniéndotelo fácil.
—No puedo entrar ahí. Por favor, tienes que ayudarme.
Rocío suspiró. A su pesar, se sentía conmovida ante la patética imagen que presentaba el joven, cuyo sudor, además de darle brillo a su amplia frente, le había formado en la camisa un cerco oscuro bajo las axilas. Se le ocurrió una idea.
—Sígueme —ordenó, a lo que él obedeció como un corderito manso—. En este cuarto guardo las escobas y otros trastos de limpieza. Puedes esperar aquí y bajar en un rato. Yo hablaré con Dalia, tus amigos no sospecharán nada.
La miró como si se le hubiese aparecido la mismísima Virgen y entró en el habitáculo con una sonrisa de alivio. Rocío estaba a punto de irse cuando la detuvo.
—No pensarás dejarme aquí solo, a oscuras —susurró él.
—No pensarás que voy a meterme ahí dentro contigo —rebatió ella.
Desde su llegada a Argel, Rocío se había mantenido fiel a su propia norma acerca de los hombres.
No deseaba ningún tipo de acercamiento, convencida como estaba de que nada bueno podrían traerle.
Y eso incluía al muchacho sin estrenar con cara de pardillo.
Él pareció adivinar sus pensamientos, porque levantó las palmas de las manos y dijo:
—Vamos, seguro que agradeces un descanso. Prometo no tocarte.
Que aquel joven algo enclenque, que hacía un minuto temblaba frente a la puerta de Dalia ante la sola idea de cruzarla, afirmara con semejante seriedad que no iba a propasarse le resultó tan cómico que tuvo que esforzarse por no estallar en carcajadas.
Lo consiguió solo a medias. Aunque no fue la certeza de que a su lado no correría peligro alguno, sino la posibilidad de sentarse sobre uno de los cubos y descansar el peso de la tripa unos minutos lo que llevó a Rocío a saltarse por primera vez su propia y estricta regla.
El cuartucho era poco más grande que un armario y estaba atestado de palos de escoba, barreños, jabón, vinagre, paños de algodón y otros muchos de los enseres que servían para que El Jardín luciera siempre impoluto.
Dentro no había bombilla, pero podían adivinarse los contornos sin dificultad gracias a la luz que se colaba por la rendija bajo la puerta.
Tal vez esa penumbra fue la que propició que, por primera vez en mucho tiempo, a Rocío se le olvidara cuánto odiaba a los hombres.
—Por cierto, no me he presentado: me llamo José y soy carpintero.
Ella fue a decir algo, pero él fue más rápido y se le adelantó.
—Ya, ya lo sé, no hace falta que digas nada, que el día que tenga un hijo no se me ocurrirá llamarlo Jesús —bromeó.
Los minutos volaron dentro de aquel cuartucho con olor a limpio.
Ella bajó la guardia y él olvidó su timidez, rebajando la tensión inicial hasta el punto de que Rocío acabó escuchando divertida la rocambolesca historia de cómo José había acabado siendo víctima de semejante encerrona.
Por su parte, ella puso mucho cuidado en esquivar con habilidad las preguntas y él se percató de que no estaba dispuesta a hablar de sí misma.
Al cabo, Rocío calculó que ya era prudente que José abandonara su improvisado escondite.
Se asombró al descubrir que lo lamentaba.
—Espera aquí, yo voy a hablar un minuto con Dalia.
Instantes después, la prostituta, despampanante y pechugona, bajaba la escalera que daba al salón agarrada al brazo de José con una mano y abanicándose con la otra.
—¡Dios bendito, qué hombre! —vociferó con entusiasmo.
El rostro del joven volvió a adquirir el color de las granadas maduras y a punto estuvo de tropezarse y bajar rodando los últimos peldaños—.
¡Menudo poderío! —continuó Dalia, animada al comprobar que su interpretación daba resultado y los amigos recibían a José con vítores cual gladiador victorioso—.
Con lo que me tiemblan las piernas no voy a poder caminar en una semana. ¡Madre del amor hermoso!
Rocío, que observaba la escena sin que nadie reparara en ella desde lo alto de la escalera, se llevó las manos a la boca para contener un ataque de risa.
Si bien acababa de conocerlo, no le costó adivinar que estaría deseando que se lo tragara la tierra mientras los dos amigos que lo habían arrastrado hasta El Jardín le palmeaban la espalda y lo felicitaban con genuina camaradería masculina.
Lo vio aceptar semejante algarabía con resignación y supuso que anhelaba dejar de ser el centro de atención para recuperar su apacible existencia, olvidando aquella bochornosa noche para siempre.
Cuando los tres jóvenes ya se dirigían hacia la salida, ella abandonó su puesto de vigilancia para regresar a sus tareas pendientes.
Lo hizo segundos antes de que José se diera la vuelta y barriera con la mirada la planta superior, buscándola.
Que no la encontrara no impidió que se marchara tan profundamente enamorado de Rocío que ya no podría quitársela de la cabeza.