El abrazo del siroco Capítulo 13
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Capítulo 13

Rafael Lozoya se casó el mismo año que terminó sus estudios de Medicina.

No tenía ni treinta años y creía que iba a comerse el mundo.

Pronto descubrió que era el mundo el que lo iba a devorar sin miramientos.

Aunque bien sabía que la culpa de sus errores era tan solo suya, empezando por confundir con verdadero amor esa efervescencia juvenil y el cosquilleo de los encuentros prohibidos donde una mano atrevida se aventura debajo de una falda.

Nunca había estado enamorado de quien había convertido en su esposa, pero eso lo supo cuando conoció a María Gutiérrez y el corazón se le expandió tanto que creyó que le reventaría el pecho.

Solo que a esas alturas ya era un hombre casado.

Consciente de hasta qué punto estaba anclado en la rutina junto a una mujer insípida cuyo único interés era ir a misa de doce y rezar el rosario por las tardes, la vida a Rafael se le hizo de pronto insoportable.

María, once años más joven que él, era un soplo de brisa que le devolvía las ganas de levantarse cada mañana para ver si, con suerte, podía cruzar un par de palabras en el café frente a la universidad donde acudía con los compañeros a desayunar porras antes de las clases.

El suyo fue un amor fulminante, de los que no se pueden remediar, de esos que logran sortear cuantos obstáculos encuentran, por muchos que sean.

Caiga quien caiga. Todavía no sabían que ellos también acabarían por caer.

La llegada de la república con sus modernas leyes les brindó la oportunidad que ambos habían anhelado.

Rafael se divorció de su mujer y se casó con María.

La vida gris y monótona que había llevado hasta entonces se llenó de luz y color.

Embriagado de felicidad como estaba, ni siquiera reparó en el daño irreparable que hacía a una esposa cuya única culpa fue no ser todo lo que él había imaginado.

Por obligación, y sobre todo por miedo a las represalias que se venían dando en aquellos tiempos, debió regresar a su antigua casa, a dormir en su antigua cama, junto a aquel cuerpo huesudo cubierto con camisón largo y que se le hacía insoportablemente ajeno en comparación con las amables redondeces de María.

A lo que hubo de sumar las miradas resentidas de su esposa y sus obstinados silencios.

María estaba embarazada de cinco meses y, si creían que su forzosa separación los había destrozado, se dieron cuenta de su equivocación cuando la joven perdió el bebé que esperaban.

Aquella desgracia los rompió en mil pedazos.

Unos pedazos que ellos se empeñaron en volver a unir. A cualquier precio.

Huyeron de la rancia España franquista convertidos en un par de delincuentes, desafiando al régimen.

No miraron atrás. Necesitaban que la vida les brindase una nueva oportunidad y la Argelia francesa, donde Rafael tenía algunos amigos de su época de estudiante, parecía dispuesta a dársela.

Sin pasado ni memoria. Solo un futuro libre de ataduras y dolorosos recuerdos.

* * *

Sin saberlo, el doctor Rafael Lozoya había hecho mucho más por la recuperación de Estrella que recurrir a sus conocimientos médicos. Al conseguirle aquel empleo en la relojería le había devuelto la ilusión por vivir y, con las reuniones clandestinas, la de hacerlo en un mundo mejor.

Durante la guerra civil, Estrella había coqueteado con la política de la mano de su amiga Olvido Moliner.

Por entonces lo hacía porque era divertido, excitante, pero ahora las cosas habían cambiado.

Ella había cambiado. Donde antes hubo certezas y consignas inamovibles, ahora solo quedaban dudas y prudencia.

La juventud no era solo una edad, también un sentir.

Y Estrella se sentía vieja como el mundo.

Aprendió a esperar con expectación las noches de los viernes.

Mientras Rocío estaba en El Jardín, Estrella bajaba al rellano y allí cenaba con la única compañía de Glotón, el gato callejero, que se había ido confiando a base de latas de sardinas y ahora no perdonaba su ración de mimos.

Después de rascar al felino una última vez tras las orejas, Estrella recorría los estrechos y laberínticos callejones hasta alcanzar la vivienda del doctor Lozoya.

Allí le abría la puerta una siempre sonriente María Gutiérrez, olvidado ya todo intento de simular que su relación con el médico se limitaba a la consulta.

Estrella solía ser la primera y poco después iban llegando otros camaradas.

No volvió a ver a José Aboulker, el joven al que conoció con tres pistolas adheridas al cuerpo, puesto que había sido movilizado, pero descubrió que él no era el único con ganas de remover el avispero.

Con la misma eficiencia que mostraba en la consulta, María los acomodaba en la gran mesa del comedor y les servía un café cargado que todos bebían sin importar la hora bajo las lámparas de acetileno.

Sin contar con María, que tras dejarlos bien atendidos prefería dedicarse a otras tareas, Estrella era la única mujer en aquellas reuniones clandestinas.

Y eran clandestinas porque, sin esconderse de nadie en concreto, hablaban siempre a media voz, con la cautela de quien sabe que es mejor no ser escuchado.

Allí se hablaba de todo y de nada, puesto que hablar era lo único que hacían. Al menos por el momento.

—Alemania ha invadido Dinamarca.

Un espeso silencio se instaló en la estancia tras las palabras del Tato, como conocían al alfarero originario de Agost. Aquella era la noticia del día, la que los había estremecido a todos recordándoles que el avance del Tercer Reich era imparable.

—Los daneses se han rendido de inmediato, pero Noruega aún resiste…

—No lo hará por mucho tiempo —concluyó Jaime, alpargatero de profesión e ilicitano de nacimiento.

—Jodidos nazis —masculló el Tato con rabia mal contenida. Solía ir siempre acompañado de distintos hombres cuya delgadez daba la impresión de que la ropa les bailaba sobre el esqueleto y que casi nunca abrían la boca.

—¿Queda café? —preguntó el doctor Rafael, demostrando poseer más temple que sus compañeros.

Estrella le alcanzó la jarrita para que se sirviera su segunda taza de la noche.

No sería la última—. Mucho me temo que, si nadie le para los pies, Hitler no se va a detener hasta tener a Europa entera bajo su dominio.

—¿Y quién se los va a parar? —protestó el Tato en un susurro—. Si parece que lo estén recibiendo con los brazos abiertos.

—Hombre, no diría yo tanto…

—Que sí, coño —insistió el Tato—. Polonia, Dinamarca… A ver lo que tardan en caer Francia y España.

—¡Eso sí que no! —protestó Jaime convencido—. ¡España nunca!

—Ah, ¿no? ¿Y quién lo va a impedir? ¿Franco?

—bufó el Tato—. Esos dos cabrones son tan amiguitos que solo les falta irse de putas juntos…

Con perdón —añadió de repente al recordar la presencia de Estrella—.

Me apuesto lo que quieras a que cuando Hitler llame a la puerta de los Pirineos, Franco no solo lo dejará pasar, sino que se bajará los pantalones para dejarse dar por el culo. Con perdón otra vez.

—Vamos a calmarnos todos un poco —intercedió el médico alzando las manos apaciguador—.

Está claro que Adolf Hitler no se va a conformar con una pequeña porción del pastel.

Lo quiere entero y hará todo lo posible por conseguirlo.

Pero no olvidéis que hay millones de hombres y mujeres dispuestos a dejarse la vida para que eso no ocurra. Debemos mantener la esperanza.

Volvió el silencio a instalarse en la mesa como un invitado más, cada cual rumiando sus inquietudes, temores y oscuros presagios. Pensar que en ese mismo momento un temible ejército avanzaba imparable por Europa resultaba desalentador.

—¿Y aquí, doctor? —se atrevió a preguntar Estrella, que solía preferir mantenerse en un segundo plano—. ¿Llegarán los nazis a Argelia?

El doctor Rafael Lozoya la miró largo rato, con algo bailando en su mirada que a Estrella le resultó demasiado semejante al miedo.

—Esperemos que eso no ocurra nunca.

* * *

Rocío se bamboleaba como una boya en alta mar.

El vientre redondo había deformado tanto su figura que le resultaba imposible reconocerse en el espejo.

Las patadas del bebé eran frecuentes y solían arrancarle, además de algún quejido, una sonrisa emocionada.

Pese a ello, su aumento de volumen no le impedía seguir llevando a cabo sus labores en El Jardín con la diligencia acostumbrada.

Se las apañaba para barrer y fregar los suelos, hacer las camas o cualquiera de sus muchas tareas.

Agradecía mantener la mente ocupada. El trabajo le impedía pensar en la incertidumbre que aguardaba a la vuelta de pocos meses.

Llovía, uno de aquellos chaparrones escandalosos e imprevistos de la primavera argelina, y tal vez por eso mismo aquella estaba siendo una noche excepcionalmente tranquila, lo cual era siempre de agradecer puesto que le permitía bajar el ritmo y adecentar sin prisas las habitaciones de las muchachas entre un servicio y el siguiente.

Subía las escaleras ayudándose del pasamanos cuando distinguió una figura masculina frente a la puerta de Dalia.

Lo que llamó su atención fue la inmovilidad del joven, que parecía petrificado de no ser porque su pecho se movía al ritmo de una agitada respiración.

Al llegar a su altura, Rocío pudo advertir que estaba pálido y sudoroso.

A veces salían así, exhaustos después de que una de las chicas los hubiera llevado más allá de los límites del placer carnal.

Pero eso solía ocurrir después del encuentro, no antes.

—Pe-e-e-erdona, ¿sabes si hay alguna otra salida? —preguntó con voz temblorosa—. Me-me-me refiero a una puerta trasera, o-o-o algo así.

Rocío negó, confundida. No era la primera vez que uno de los clientes se dirigía a ella, pero sí que le hacían tan sorprendente pregunta.