Capítulo 12 #3
La luz del atardecer cubría los contornos de tonos naranja, el galán de noche abría sus flores perfumadas y las aves se acurrucaban en el interior de la pajarera preparándose para dormir.
La noche ganaba la partida al día poniendo fin a la jornada laboral de Aurora y a su angustiosa espera.
Pedaleó con furia al comprobar que algunos comercios empezaban ya a bajar sus persianas.
Quiso sentir alivio al llegar al callejón del barrio judío donde la esperaba el cambista, pero en la oscuridad le pareció todavía más inquietante que la primera vez que lo vio.
Aterida por el aire fresco de la noche, empujó la puerta deseando escuchar la campanilla darle la bienvenida y poder protegerse así de la humedad que se le colaba bajo el abrigo.
La encontró cerrada. ¿Acaso había llegado demasiado tarde?
Colocó las manos cóncavas junto a sus sienes y, pegándose al cristal, trató de ver algo dentro.
Sobre la mesa desgastada estaba encendida la misma lámpara que daba una luz mortecina a su alrededor, pero no había ni rastro del hombre.
—¿Hola? —llamó golpeando el cristal con el puño. No obtuvo respuesta, pero la desesperación la forzó a insistir—. ¿Hay alguien?
Decidida a no marcharse hasta que alguien la escuchara, siguió llamando sin descanso y solo se detuvo cuando se apercibió de un movimiento en la cortinilla que colgaba tras el mostrador.
Un instante después vio asomar al hombre con el que había tratado esa misma mañana y procuró tranquilizarse. El alivio duró poco.
— C’est fermé ! —le espetó el cambista sin abrir la puerta más que una pequeña rendija—. Haz el favor de no molestar, ¿no ves que no son horas?
Le pareció que sus cejas eran todavía más pobladas y su espalda, más chepuda.
—He venido a traerle el reloj —explicó, la premura le impidió extrañarse por el cambio de actitud—. Estuvimos hablando esta mañana, ¿recuerda?
—Ya no me interesa.
—¿Cómo dice?
—Digo que no quiero comprarte nada, así que puedes irte por donde has venido —la despachó con una mueca de desagrado que contrajo sus pobladas cejas.
Aurora no comprendía el súbito rechazo, él le había dado un plazo y ella había cumplido.
¿Dónde estaba el problema? ¿Acaso había cambiado de opinión?
Si algo estaba claro, era que aquel hombre pretendía deshacerse de ella y no tenía tiempo para perderlo en indagaciones que no la llevarían a ninguna parte.
Acababa de perder la confianza en Rodrigo y en que cumpliera su palabra de ayudarla.
Necesitaba vender el reloj más que nunca.
—Escuche —pidió, apoyando su mano sobre la puerta para impedir que él la cerrara del todo—, le aseguro que no es robado, si es eso lo que le preocupa. Y si es por el precio, puedo aceptar una oferta menor.
—¿No me has oído? He dicho que no me interesa. Si no te marchas de una vez, llamaré a los gendarmes.
—Por favor, no puede hacerme esto…
Pero la súplica de Aurora se perdió al chocar con la puerta que se cerró ante sus narices. El hombre dio un par de vueltas a la llave y luego apagó la luz de la mesa antes de desaparecer tras la cortina por la que había salido.
Aurora hubiera querido llorar y gritar, pero se debió conformar con dejarse caer desmadejada sobre el escalón.
Se quedó allí, inmóvil durante tanto rato que acabó con los músculos agarrotados.
Para cuando despertó de su aturdimiento, se reprendió a sí misma por haberse dejado vencer por el desánimo.
Todavía tenía el reloj, eso era lo importante.
Al día siguiente buscaría otro cambista dispuesto a comprárselo.
No dejaría de intentarlo hasta conseguirlo.
Decidida a volver a la pensión y olvidarse de la decepción con un plato de sopa de cebolla que le habrían guardado al percatarse de su tardanza, se puso en pie y se sacudió la ropa con brío.
Empujando su bici, enfiló el estrecho pasadizo deseando dejarlo atrás cuanto antes y no volver a pisarlo jamás.
Sin embargo, cuando estaba llegando al extremo, la luz de las farolas de gas dibujó el perfil de un hombre.
Aurora sintió un mal pálpito y decidió girar sobre sí misma y recorrer la calle en sentido contrario para abandonarla por el otro extremo.
No necesitó más que unos pocos pasos para descubrir que otra figura masculina la aguardaba también allí.
Lo que hasta ese instante había sido una corazonada se convirtió en una cruda certeza.
Le estaban cortando el paso. ¿Y si el viejo cambista había cumplido su amenaza y la había denunciado?
Aurora miró a su alrededor y solo se encontró con puertas cerradas y ventanas sin luz del otro lado.
Con horror se percató de que los hombres empezaron a caminar hacia ella, estrechando el cerco.
Aquello la espoleó para llamar a la desesperada a todas las viviendas que quedaban a su alcance, pero nadie acudió en su auxilio.
Estaba sola.
— C’est tard pour se prommener toute seule.
La advertencia que llegó a sus oídos al tiempo que un tufo a sudor le revolvía el estómago dejaba claro que no eran policías. Se echó a temblar.
—Por favor…
No tuvo ocasión de decir más. Un fuerte bofetón la dejó sin respiración al tiempo que la hizo trastabillar.
Sintió que la agarraban con fuerza y unas manos fuertes y callosas empezaban a recorrer su cuerpo.
Por más que el crujido de sus prendas al rasgarse era real, no pudo evitar preguntarse si no se trataría de un mal sueño.
El tiempo se desdibujó y lo que a ella le parecieron años enteros, con probabilidad fueron apenas segundos.
Cuando el sonido de unos pasos a lo lejos sobresaltó a sus asaltantes, las agujas volvieron a girar dentro de las esferas de los relojes y estos huyeron a la carrera, dejándola tirada en el suelo con el labio partido y la ropa destrozada.
Temblorosa, Aurora se cerró la camisa como pudo, cruzándosela sobre el pecho con una mano, pues no quedaba un botón en su sitio.
Solo entonces un fogonazo de lucidez llegó hasta su aturdido cerebro.
Se palpó con premura y pronto descubrió que el reloj ya no estaba en su sostén.
De pronto lo comprendió todo. La intención de aquellos hombres no había sido forzarla, lo que en realidad querían era el reloj.
Sabían bien lo que tenía y dónde lo escondía.
Eso solo podía significar que alguien se lo había dicho, igual que les habían dicho que ella acudiría a ese oscuro callejón esa misma noche.
Alguien que no había querido pagar por el reloj pudiendo conseguirlo gratis.
Sollozó de impotencia, de culpa por haber sido una estúpida, pero sobre todo de rabia. No solo le habían robado el reloj, también las últimas esperanzas de volver a reunirse con sus hermanas.