El abrazo del siroco Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Lo comprendo. Uno no llega a mi edad sin experimentar los mordiscos de la vida. —Sus cejas peludas se movieron como si tuvieran voluntad propia—. Pero mi deber también es asegurarme de que no compro piezas robadas. Eso me pondría a mí y a mi negocio en un grave aprieto.

Aurora parpadeó confusa, no había pensado en eso. Ella no podía demostrar que el reloj era suyo, no tenía recibo ni factura alguna. ¿Y si no lo aceptaba? ¿Y si ningún cambista de la ciudad quería arriesgarse con una refugiada desconocida?

—Le doy mi palabra de que no es robado —respondió al fin, con la voz trémula—, no tengo otra cosa.

—Bueno, pues tendrá que valernos con eso, ¿no? —El suspiro de alivio de Aurora resonó en la estancia—. Mire, joven, por un reloj así podría darle cinco mil francos.

—¿No puede ofrecerme algo más? —Se trataba de una suma nada desdeñable, el sueldo de varios meses, de hecho, pero ignoraba si bastaría para lograr su objetivo.

—Si le soy sincero, es una pieza única, y eso mismo supone un problema. Significa que serán pocos los clientes interesados. Y menos aún los que puedan pagarlo. C’est clair ?

Lo que a Aurora le quedaba claro era que aquel hombre no iba a moverse de su oferta inicial, y que a ella le correspondía ahora decidir si aceptaba o no.

—Está bien —accedió sin querer mirar el reloj por última vez para esquivar la certeza de que se estaba desprendiendo de lo único que le quedaba de un pasado al que, por mucho que lo anhelase, jamás podría regresar.

—No tanta prisa, joven, esto no funciona así.

—Me urge bastante. —Lo último que Aurora quería era sonar desesperada, lo cual era complicado cuando realmente lo estaba—. Necesito el dinero cuanto antes.

—Vamos a hacer una cosa: vuelva al caer la tarde y le pagaré lo que hemos acordado. Si no está aquí entonces, no se moleste en volver. Detesto que me hagan perder el tiempo.

Aurora abandonó aquella tienda claustrofóbica y el callejón oscuro sin evitar sentir algo parecido a la esperanza.

Cierto que aún llevaba el reloj consigo, bien escondido en el sostén, pero pronto su lugar lo ocuparía el dinero que le conseguiría la información que tanto ansiaba: el paradero de sus hermanas.

* * *

El calor en el estrecho cuartito de la plancha era asfixiante a última hora de la tarde, cuando el vapor cálido y húmedo atrapado en su interior se había condensado en una fina neblina que se adhería a la piel.

Mientras la plancha cogía temperatura gracias al carbón prendido que acababa de añadirle, Aurora se tomó un minuto para despejar su rostro con un recogido descuidado del que escapaban algunos mechones castaños y a continuación abrió el ventanuco que daba al patio con la esperanza de que se colara algo de aire fresco por él.

La familia Morague disponía de una moderna plancha eléctrica con termostato, un novedoso artilugio todavía al alcance de pocos hogares, pero el suministro en Orán no era fiable, por lo que a veces, como en aquella ocasión, debía recurrir a las antiguas usanzas, mucho más engorrosas.

Por un instante temió que en verano aquel lugar se hubiera convertido en un verdadero horno, pero enseguida desechó ese pensamiento.

Para cuando el verano llegase, ella y las mellizas estarían muy lejos de allí. O al menos eso esperaba.

Comprobó la hora por enésima vez. Llevaba todo el día dándole vueltas a su cita con el comerciante judío.

Había tenido tiempo para reflexionar y no estaba del todo segura de si se estaría precipitando.

Puede que deshacerse del reloj por lo que no era más que una pequeña parte de su valor no fuera la mejor idea.

Ese dinero podía hacerles buena falta a las tres para emprender una nueva vida.

Aunque, por otro lado, tal vez si no daba el paso, esa nueva vida nunca llegaría a hacerse realidad.

Su única certeza en aquellos momentos era que estaba hecha un mar de dudas.

Ni siquiera había podido compartir sus inquietudes con nadie.

Empeñada en experimentar con pigmentos naturales para sus cuadros, la señora Sagrario había salido en busca de cúrcuma y pimentón.

Manuela la había acompañado con la excusa de reponer algunos ingredientes de la despensa, sin mencionar que su verdadera intención era asegurarse de que no se desorientaba en pleno mercado.

Aurora se había quedado sola en la casa con la única compañía de una pila de ropa para planchar y su creciente inquietud.

Entonces escuchó los inconfundibles pasos de Rodrigo en el patio y sintió una especie de alivio. Se le ocurrió que nadie mejor que él para aconsejarla. Al fin y al cabo, ya se había ofrecido a ayudarla una vez.

Iba a salir a su encuentro cuando el inicio de una conversación la detuvo.

—Escuche bien lo que le digo, patron —decía una voz de acento familiar—, nadie lucha una guerra y sale indemne.

—Por el momento la guerra se ha mantenido alejada de Argelia, Ibrahim —respondió Rodrigo—. Reza a tu dios para que así siga siendo.

—Yo le rezo, pero ese Hitler es un fanático y de gente así ni Alá puede librarnos.

Justo en ese instante pasaban muy cerca del cuarto de la plancha, en su interior, Aurora rescataba de la memoria a Ibrahim, el marido de Dunia y hombre de confianza de Rodrigo en el viñedo, con su gesto pétreo y su turbante a la cabeza.

—Trabajas las tierras de mi familia desde que yo no era más que un crío, sé que te preocupas y sufres por ellas tanto como yo.

—No conozco otro hogar, patron.

—Tampoco yo.

Resultaba evidente que se trataba de una conversación de carácter privado, una que ella no debería haber estado escuchando agazapada entre la ropa blanca.

Los pasos se detuvieron al otro lado, Aurora contuvo la respiración temiendo que alcanzaran a oír cómo su corazón tamborileaba furioso en el pecho.

—¿Y si la guerra acaba por llegar? —quiso saber Ibrahim—. ¿Qué será de nosotros? ¿Qué será del domaine ?

—Si los nazis ponen un pie en Argelia, estaremos preparados.

—No comprendo.

—Por desgracia, es una ecuación sencilla: nosotros hacemos vino y a los alemanes les encanta el vino tanto o más que a los franceses.

—No querría ver nuestros caldos en manos germanas.

—Puede que no nos quede más remedio.

— Jamais, patron… Está muriendo gente, es un precio demasiado alto por vender vino.

—No estoy hablando de vino, sino de un legado que estoy dispuesto a proteger por encima de todo.

Mi abuelo y mi padre dedicaron su vida al Soleil d’Oran.

En cada palmo de tierra, en cada sarmiento, en cada uva los veo a ellos, ¿comprendes?

El domaine saldrá adelante, cueste lo que cueste —la voz de Rodrigo sonó inflexible—.

Además, tú mismo lo has dicho: nadie lucha una guerra y sale indemne.

Los pasos de ambos se perdieron escaleras arriba y Aurora exhaló el aire contenido.

Escuchar a Rodrigo planeando acuerdos comerciales con los alemanes la dejó sumida en un profundo desasosiego.

De pronto fue consciente de que hacía apenas un par de meses que se conocían.

Lo único que creía saber de él era lo que el mismo Rodrigo había querido contarle y ella, mejor que nadie, era consciente de que las personas solo muestran una pequeña parte de cuanto se agazapa en su interior.

Sea bueno o malo, o especialmente de lo malo.

Recordó cómo, durante su viaje a La mer et les pins, Rodrigo le había relatado que llegó a intimar con Delphine a partir de un interés común por Alemania, y cómo ella le había prestado un libro escrito por el mismísimo Führer, que él conservaba en su despacho.

Tal vez su curiosidad fuera mucho más, tal vez incluso una mal disimulada afinidad.

Esa posibilidad le resultó turbadora. Por doña Tecla, que junto con el recuerdo de su prometido Otto odiaba todo cuando oliera a alemán, había sabido de las atrocidades que empezaban a rumorearse que estaban cometiendo los nazis contra civiles que nada tenían que ver en aquella guerra.

Solo de pensarlo se le ponía mal cuerpo.

Saber que Rodrigo estaba dispuesto a hermanarse con ellos bien podía considerarse una absoluta falta de escrúpulos.

O tal vez solo fuera simple y puro egoísmo.

Le sobrevino un estremecimiento al caer en la cuenta de que había confiado en él a ciegas, de que había dejado su vida y, lo que era aún más grave, la de sus hermanas, en sus manos.

¿Y si había acudido en busca de ayuda a la persona equivocada?

La duda es la peor de las malas hierbas, basta una sola semilla para que arraigue y se extienda sin control, invadiéndolo todo, minando la confianza y azuzando los recelos.

Aquella conversación que jamás debió llegar a sus oídos se convirtió en el abono perfecto para que la suspicacia floreciese en el alma de Aurora.

Echando la vista atrás, se dijo que durante el escaso tiempo que llevaba en Orán había tenido frente a sí al heredero que hacía crecer la fortuna familiar gracias a su pericia con los negocios, al joven que adoraba su viñedo como si él mismo en vez de sangre tuviera savia corriéndole por las venas y que caminaba con sus dos bretones pegados a los talones y los ojos llenos de sol…

, pero también al que apostaba por colocarse del lado de Hitler para salvar su domaine sin que al parecer le importaran las consecuencias.

¿Cuál de todos ellos era el verdadero Rodrigo?

Hasta hacía nada había estado dispuesta a confesarle su visita al barrio judío. Ahora, en apenas un par de segundos, la desconfianza que acababa de anidar en ella la llevó a tomar una decisión que lo cambiaría todo.

* * *