El abrazo del siroco Capítulo 12
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Capítulo 12

—He tirado de todos mis contactos —le dijo, acompañada su voz por el eterno rumor del rosario que le colgaba del cuello—. Algunos no saben nada y mucho me temo que los que pueden saber algo no van a hablar sin obtener algo a cambio.

—¿Un soborno? Yo no tengo dinero. —Doña Tecla asintió, no le decía nada nuevo—. Y, ¿se supone que ya está? ¿No se puede hacer nada más?

—Con el tiempo que llevas aquí ya sabes cómo está la situación —explicó—.

Los españoles en Argelia tenemos muchas dificultades y, quienes habéis llegado tras la guerra civil, más aún.

No olvides que, pese a la distancia, esto es una colonia de Francia, un país en guerra.

Para las autoridades vosotras solo sois un problema y ahora mismo tienen otros mayores de los que ocuparse.

Aurora hubiera querido gritar, sacar lo que sentía de otra forma que no fueran aquellas humillantes e inútiles lágrimas que cada vez con más frecuencia le emborronaban la vista.

—No dejaremos de intentarlo —le prometió doña Tecla tendiéndole un pañuelo.

No respondió. ¿Qué podía decir? No quería ofender a aquella buena mujer que tanto se había arriesgado ayudándola, pero tampoco estaba dispuesta a resignarse.

Harta de llorar, Aurora se secó los ojos y apretó los dientes.

Acababa de tomar una decisión. No iba a seguir delegando en otros lo que era solo asunto suyo.

Tampoco iba a esperar más. Y si para reunirse con Estrella y Rocío hacía falta dinero, ella iba a conseguirlo.

* * *

—¿Tú sabes dónde podría vender algo? Me refiero a algo valioso.

Al escucharla, Paloma detuvo su quehacer.

A esa hora doña Tecla andaba atareada sirviendo el desayuno de sus huéspedes en el comedor y Aurora había encontrado a su amiga en la cocina, desmoldando las barras de jabón que había cuajado durante la noche y que ahora escondería en el carricoche de su hijo para salir a venderlas por las calles de la ciudad de forma clandestina.

—¿Algo como qué?

Aurora se metió la mano dentro de la blusa y lo que sacó del sostén dejó a Paloma boquiabierta.

—Creía que no tenías dinero.

—No lo tengo y eso es justo lo que pretendo remediar —se explicó—. Este reloj era de mi madre, es lo único que conservo de ella. Murió siendo yo poco mayor que Ginesito lo es ahora. Tiene un gran valor sentimental.

—Yo diría que económico también, no es que sea una entendida, pero salta a la vista que es de oro.

¿Puedo? —Paloma tendió la mano hacia ella.

Aurora se lo entregó y la observó admirar la pieza—.

Piensas venderlo para poder pagar sobornos a cambio de información de tus hermanas, ¿verdad? Os escuché hablar anoche.

Asintió despacio, no tenía sentido negar lo evidente.

—No te diré lo peligroso que es, ni que corres el riesgo de que te vuelvan a encerrar…

Eso lo sabes bien —suspiró Paloma—. Como veo que estás decidida, lo mejor será que te acerques al barrio judío.

Sube por la place de la Perle y sigue recto hasta la sinagoga.

Cuando la hayas dejado atrás, no te costará encontrar alguna tienda en donde les interese un reloj como este.

—Gracias —dijo Aurora de camino a la puerta, tenía que apurarse si quería pasar por el barrio judío antes de ir a casa de los Morague.

—Una cosa más. —La voz de Paloma la detuvo, se volvió para verla abrazada a su propio cuerpo—. Lleva mucho cuidado, ¿quieres?

Aurora le devolvió un gesto que quiso ser despreocupado, no lo consiguió. Después abandonó la pensión Valencia sin hacer ruido.

El aire fresco de la mañana la animó de inmediato.

El sol se alzaba aún con timidez, pero pronto cubriría cada rincón con su manto dorado.

No quería entretenerse, así que subió a su bici y pedaleó para dejar atrás el barrio de la Marina.

Las indicaciones de Paloma no evitaron que la venciera el trazado enrevesado de aquella zona de la ciudad.

Suspiró aliviada cuando desembocó en la place Foch, donde el teatro compensaba su reducido tamaño con una opulenta fachada digna de un palacio y la escalinata del ayuntamiento permanecía custodiada por dos leones de bronce, símbolo de la ciudad.

Recordó que doña Tecla le había contado una antigua leyenda que aseguraba que en esos terrenos se habían avistado los dos últimos leones de la zona, de ahí su nombre en árabe: « Wahran », que por capricho lingüístico acabó siendo adaptado a la fonética francesa como Orán.

El crujido de las palmeras mecidas por el viento le resultó tan familiar a Aurora como el amplio boulevard Clemenceau con su aspecto completamente europeo, sus edificios Haussmann de tres y cuatro alturas con preciosas balaustradas de hierro forjado en los balcones.

Se dejó envolver por el bullicio de los comercios que abrían sus puertas en las plantas bajas: peluquerías, farmacias, cafeterías, zapaterías…

Muchos pertenecían a los descendientes de los españoles emigrados el siglo pasado y, aunque a esas alturas eran ya de nacionalidad francesa, los negocios todavía lucían apellidos como Serra, Martínez o González.

A pesar de su proximidad, olía el mar, pero no podía verlo y es que, al contrario de lo que ocurría en Alicante, la ciudad de Orán no contaba con playa, tampoco con balnearios construidos sobre las aguas, ni siquiera con un paseo marítimo lamido por las olas.

Era como si la ciudad le hubiera dado la espalda al mar, cediéndoselo por entero a los botes de pesca y los grandes barcos de mercancías, transbordadores, vapores y paquebotes que faenaban en el concurrido puerto.

Se detuvo un instante para orientarse, después se desvió hacia la derecha y ahogó una exclamación de triunfo cuando se tropezó con las dos torres y el rosetón de la gran sinagoga.

Como le había anunciado Paloma, a partir de ahí la ciudad fue cambiando.

Dejó a un lado su exuberancia para dar paso a calles más estrechas por las que caminaban hombres con largas levitas negras, barbas y tirabuzones y coronillas cubiertas con la kipá.

Pedaleó frente a talleres artesanos o carnicerías kosher desde donde se escapaban trazos de conversaciones en un idioma que jamás antes había escuchado. Estaba en el barrio judío.

Continuó sin rumbo fijo por el boulevard Joffre, asombrada por la facilidad con que aquella urbe cambiaba de traje.

Desde el barrio de la Marina, tan próximo al puerto que el salitre era una segunda piel para sus habitantes de origen español, o el Village Nègre , donde se asentaban mayormente árabes, hasta las amplias avenidas comerciales que bien podían haber sido parisinas, sin olvidar dónde se encontraba ahora, Orán demostraba ser más que una ciudad: era muchas en una sola.

Aurora se mantuvo atenta hasta dar con lo que buscaba: un lugar tranquilo, alejado del bullicio, donde pasar desapercibida.

No le costó demasiado encontrarlo en un pasadizo ubicado entre otras dos calles más transitadas, tan estrecho que difícilmente entraba la luz del sol.

El suelo de adoquines estaba húmedo y desprendía un olor que le hizo arrugar la nariz.

La tienda era apenas del tamaño de un armario, con vitrinas de cristal repletas de joyas valiosas y piezas únicas, y un mostrador de madera que necesitaba con urgencia un buen encerado.

Dejó la bicicleta en la puerta, preguntándose si allí lograría lo que necesitaba.

Entonces, el hombre que trajinaba distraído en el interior levantó la vista y, al percatarse de su presencia, le hizo un gesto con la mano para invitarla a entrar.

— Bonjour, mademoiselle !

— Bonjour, monsieur —se atrevió a explicarse—. Je viens… je voudrais…

—¿Española? —preguntó el hombre cambiando de idioma con agilidad. Un fuerte acento le hacía terminar las palabras acentuando la última sílaba—. No se preocupe, estoy seguro de que podemos entendernos.

Tenía las cejas más pobladas que Aurora jamás hubiera visto.

Tanto era así que algunos de los pelos más rebeldes le caían sobre las lentes, que tal vez sirvieran más que nada para proteger de su ataque a unos ojos de párpados flácidos.

Con toda probabilidad la espalda gibosa era debida a una vida entera inclinada sobre ese mismo mostrador.

Todo él desprendía cierto tufo decadente, incluso la sonrisa torcida con la que daba la bienvenida a una inquieta Aurora.

—Seguro que sí —concedió esta, en un esfuerzo por calmar sus alocados latidos—. Verá usted, traigo un reloj que era de mi madre y tiene un gran valor sentimental, pero también es de oro y de muy buena calidad. Sé de lo que hablo porque mi padre era un excelente relojero.

Aurora metió la mano en el interior de su blusa y sacó la excepcional pieza para mostrársela al cambista, que no mostró asombro alguno porque la joven guardara su bien más preciado entre las ropas íntimas. Seguramente tras toda una vida en el negocio habría visto cosas más extrañas.

—Veamos qué tenemos aquí —murmuró acercándose a una lámpara de mesa para poder estudiarlo mejor—. Si quiere, puede sentarse.

Sin despegar la vista de su reloj, Aurora obedeció como una autómata y se acomodó en la única silla que había en el reducido espacio. En un gesto inconsciente, contuvo la respiración mientras el cambista lo giraba entre sus dedos para comprobar los materiales y acabados de su manufactura.

—Es bueno, sí, no se lo voy a negar —concedió, y la codicia iluminó sus ojos, el monóculo de aumento aún encajado en el derecho—. ¿Y cómo es que quiere deshacerse de una pieza tan especial?

—Ya ve usted, algunas situaciones nos empujan a hacer lo que nunca hubiéramos imaginado —respondió Aurora, incómoda; no tenía intención alguna de contarle sus problemas por amable que estuviera siendo con ella.