El abrazo del siroco Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El doctor habló a la vez que sacaba la llave para abrir la puerta de su consulta.

Como de costumbre, iba pulcramente vestido con un traje gris bien planchado, camisa blanca y sombrero de fieltro.

La primavera acababa de empezar y ya se notaba cómo los días se alargaban y las temperaturas iban en aumento.

—Demasiado tarde, me temo.

—Al menos acuérdate de lavarte bien las manos; ya sabes, con tu hermana embarazada más vale ser precavidos —advirtió con una sonrisa, luego hizo un gesto hacia la puerta—. ¿Tienes un momento? Me gustaría que le echaras un ojo al reloj otra vez, lleva unos días que se atrasa.

—Por supuesto. Aún me queda un rato hasta entrar en el taller.

Encontró la consulta justo como la recordaba de la última vez: una gran mesa repleta de papeles en un equilibrio imposible, un par de sillas, un biombo a un lado para ocultar la camilla, una vitrina de cristal con el estetoscopio y otros instrumentos médicos, un botiquín bien organizado.

Estrella sabía dónde estaba el reloj, así que se fue directa hacia él para revisarlo con el mimo de siempre.

No tardó en descubrir que, en efecto, un eje presentaba desgaste en uno de sus dientes, causando el leve atraso del que el doctor se había percatado.

Estaba a punto de cerrar la esfera cuando la quietud de la consulta a esas tempranas horas se quebró de golpe.

La puerta se abrió con un fuerte ruido al chocar con la pared, sobresaltándolos a ambos. Al volverse, se encontraron con un joven de unos veinte años sudoroso y pálido como un muerto.

—¡Aboulker! —exclamó Rafael, que lo reconoció al instante—. Mais qu’est-ce qui se passe ?

Sin entretenerse en explicaciones y con movimientos nerviosos, el muchacho cerró con premura tras de sí y se acercó a la ventana. Echó un rápido vistazo al exterior y corrió la cortina.

—Me vigilan.

—Cómo que te vigilan, ¿quién?

—Tranquilo, los he despistado. Nadie me ha visto entrar. Solo necesito un momento y luego me iré sin causarle problemas. —Al advertir la duda en la mirada del médico, Aboulker añadió—: S’il vous plaît.

Rafael respiró profundo y levantó las manos al aire con un claro gesto de rendición. A continuación, se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada con dos vueltas de llave.

—Ya que tenemos que esperar —pidió el galeno a continuación—, lo mejor será que lo hagamos sentados.

Al escucharlo, Estrella se dio cuenta de que se había quedado petrificada ante la escena y seguía de pie junto al reloj, sosteniendo un pequeño destornillador en la mano.

Obedeció como una autómata y se acomodó sin poder quitar los ojos de aquel joven sudoroso que olía a peligro, pero también a determinación y coraje.

Durante los siguientes minutos los dos hombres calmaron los nervios con sendos cigarrillos.

—Bien, y ahora dime —retomó Rafael con voz grave—, ¿por qué te seguían?

—Supongo que por esto.

Cuando Aboulker se levantó la camisa, descubrió tres pistolas sujetas a su torso con varias vueltas de cinta. No se advertía temor en su voz firme y clara.

—Pero ¿en qué locura andas metido, hijo?

—Las cosas han cambiado últimamente y más que lo harán —respondió el joven con ambigüedad, encogiéndose de hombros mientras volvía a cubrirse—. Mucho me temo que pronto las palabras ya no serán suficientes.

—¿No te estarás precipitando? La violencia nunca es la solución.

—Usted no lo entiende. —Su respiración aún no se había acompasado del todo y necesitó de una profunda inspiración para continuar—: Muchos piensan que esta guerra será como la del 14, pero se equivocan, ya nada es igual que entonces.

Los alemanes están rabiosos y mucho mejor preparados.

Solo aguardan el momento idóneo para asestarnos el mazazo definitivo.

Y si finalmente Francia cae, las vidas de los míos no valdrán nada.

No importará el decreto Crémieux, que ante la ley nos igualó a los franceses hace años; esos nazis no se frenarán ante nada.

¿Ha oído lo que les están haciendo a los judíos en su país?

Nos quieren borrar como si jamás hubiéramos existido.

—Su mano viajó a lo que ocultaba su ropa—.

Pero haremos lo que sea necesario para impedirlo.

Rafael dio una pensativa calada con la que consumió el resto de su cigarro.

—Déjalo, prefiero que no me sigas contando —pidió al tiempo que se quitaba las gafas, las dejaba sobre el escritorio y se pinzaba el puente de la nariz con fuerza.

— Merci, Rafael, algo me decía que usted no me fallaría.

—Ya sabes el aprecio que le tengo a tu padre y cuánto admiro su trabajo, pero no te confundas, eso no significa que apruebe lo que haces.

Media hora después de haber entrado en la consulta y sacudido su mundo, Aboulker se marchaba, no sin antes asegurarse, lanzando furtivas miradas a un lado y a otro, de que no le aguardaba amenaza alguna en el exterior.

Rafael le hizo prometer que sería prudente y se desharía de lo que a su juicio no podía traer nada más que desgracias.

Estrella lo vio marchar con un extraño cosquilleo en el estómago, dudaba de que el joven tuviera intención de cumplir su palabra.

—Siento mucho lo ocurrido, Estrella —dijo mirándola a los ojos—. Ojalá no hubieras estado aquí, no deberías haber visto ni oído nada de todo esto.

La cabeza de Estrella funcionaba a toda velocidad.

—¿Quién era?

Rafael se tomó un instante antes de responder.

—José Aboulker, el hijo de un colega al que conozco de hace muchos años.

Son judíos —añadió como si eso lo explicase todo—, y ya has visto lo que está ocurriendo en Europa con los judíos.

¡Ese maldito Hitler y sus leyes de Núremberg!

—Descargó un puñetazo sobre la mesa—. En fin, José es joven y tiene agallas.

Su padre es cirujano en el hospital y profesor de la Facultad de Medicina de Argel…

y preside un partido radical socialista.

Su hijo no solo ha heredado la vocación médica, también la revolucionaria.

Hasta ahora se conformaba con reuniones y ese tipo de cosas.

No te mentiré, en mi propia casa se han llevado a cabo unas cuantas y él era un habitual.

Hacía tiempo que no lo veía, más o menos desde que escuché rumores de que se estaba organizando un grupo de resistencia.

Y por lo que ha ocurrido hoy, mucho me temo que él sea el cabecilla.

Es un buen chico, solo espero que no se meta en líos.

En ese instante, Estrella supo con un pellizco en las entrañas que, al igual que José, ella tampoco podía ni quería conformarse con el papel de espectadora.

—No me puedo quedar de brazos cruzados —anunció a bocajarro—, hay que hacer algo.

Rafael la observó con espanto primero y curiosidad después. Seguramente no se esperaba algo así y necesitó unos minutos para calibrar su respuesta.

—¿Algo como qué? No me dirás que tú también pretendes ir por ahí con pistolas camufladas bajo la ropa. ¿Acaso estamos todos perdiendo la cabeza?

—Para empezar —afirmó Estrella, decidida a no arredrarse—, asistir a esas reuniones de las que me ha hablado será suficiente.

—¿Eres consciente de lo peligroso que es lo que me pides?

Lo sabía. Ella había vivido antes una guerra en la que las batallas se sucedían día tras día.

Ahora se repetía el horror, aun cuando los muertos llevaran otros uniformes y hablaran otros idiomas.

Europa entera se tambaleaba. En medio de aquel panorama, la Argelia francesa se mantenía en un equilibrio precario que nadie sabía cuánto más iba a durar.

Desde luego, lo más sensato para cualquier joven en la situación de Estrella hubiera sido mantenerse alejada de todo lo que pudiera acarrearle más problemas de los que ya tenía.

Pero la sensatez era un lujo que no podía permitirse.

—De lo que soy consciente —respondió alzando la barbilla— es de que, si no hacemos nada por remediarlo, el mundo se convertirá en un lugar en el que ni usted ni yo querremos vivir.