Capítulo 11
Rocío se negaba a soltar aquellas dos manecillas que su padre regalara a Estrella. Las sostenía con tanta fuerza que la punta de las saetas acabó por clavársele en las palmas.
—Oye, ¿por qué no me dejas en paz de una vez y me haces el favor de largarte? —espetó la prostituta con un gesto arisco que desfiguró aún más su rostro.
—Deben de haberte golpeado muy fuerte en la cabeza si piensas que me voy a ir así sin más después de esto —respondió Rocío agitando la mano con el colgante.
—¿Prefieres que avise a Violeta de que me estás espantando a los clientes?
—Puedes ir a Violeta con el cuento que quieras, pero yo no me muevo de aquí hasta que me digas por qué tienes tú el colgante de mi hermana.
—¿Hermana? —La fiereza tras la que se parapetaba la prostituta se esfumó con la misma rapidez que el humo en un día de viento—. Tú… ¿eres la hermana de Estrella?
—Soy Rocío Robles, sí. Y quiero que me cuentes la verdad.
En una breve exhalación la otra pareció desinflarse por completo y la rabia con la que solía masticar las palabras se diluyó, dejando un tono de voz casi desvalido.
—¿Y cómo está? —preguntó, y después miró a su alrededor como si fuera posible encontrársela justo detrás—. ¿Ella también está aquí, en Argel?
Rocío asintió despacio.
—Ha estado muy enferma, pero ya casi se ha recuperado. Es fuerte.
La prostituta se levantó con dificultad, debía de dolerle el cuerpo apaleado.
—¿Le has dicho que trabajo aquí?
—¿Cómo iba a hacerlo si ni siquiera sé quién eres? Pero eso lo vamos a solucionar ahora mismo porque me lo vas a contar todo.
Un imperceptible cabeceo evidenció su rendición justo antes de que volviera a sentarse en la cama para empezar a hablar.
—Me llamo Olvido y conocí a Estrella en la cola del pan en Alicante en el 37, cuando esta horrible cicatriz todavía no me había convertido en un monstruo y creía que podíamos vencer, que un mundo mejor estaba al alcance de nuestras manos. ¡Qué ilusa fui!
Olvido Moliner había sido bonita y había sonreído con la boca abierta, mostrando los dientes sin reparo ni pudor. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, casi en otra vida.
Cuando Olvido abandonó Alicante para luchar en el frente, no supo que estaba a punto de cavar su propia tumba.
Aunque, por caprichos del destino, no sería su cuerpo quien la ocupara, sino su alma.
La batalla del Ebro fue una masacre, un sinsentido de sangre, llanto y dolor.
Y ella estuvo allí, rodeada de miembros cercenados, hombres agonizando, futuros quebrados.
Lo peor es que no sirvió para nada. Tantas vidas destrozadas para nada.
Ella tuvo mejor suerte. Al menos eso le dijeron en el hospital cuando recobró el conocimiento después de casi dos meses en un limbo de oscuridad del que nadie creyó que fuera a regresar.
Pero lo hizo, solo que la muchacha que volvió de las tinieblas ya no era Olvido.
Por fuera, el cambio resultaba evidente: una terrible cicatriz de bordes irregulares y color rojizo, a causa de una explosión de mortero, que todavía no había terminado de sanar le había deformado el rostro para siempre.
No obstante, la herida más profunda la llevaba invisible en el pecho, justo en el corazón.
Porque ella seguía respirando, pero su compañero Luis, no.
De él no le quedaba nada más que su recuerdo.
Olvido nunca comprendió por qué su propio nombre no figuraba junto al resto de fallecidos, si en el fondo estaba tan muerta como ellos.
Tras la derrota, y aún convaleciente, Olvido decidió huir a Argelia, donde nadie la había conocido antes.
Pronto se dio cuenta de que con su aspecto solo podría ganarse la vida de una forma.
Y ni siquiera le importó. Casi le parecía que tal vez así lograra purgar parte de la culpa que la carcomía.
Tampoco era la primera vez que se dejaba manosear a cambio de algo.
Había nacido en una familia sin recursos y a veces era la única que traía algo que echar a la cazuela.
Sus padres nunca le preguntaron de dónde sacaba esas cosas, tal vez por miedo a confirmar sus sospechas.
Y es que hay veces que lo mejor es no saber.
Por eso mismo había creído en el anarquismo con tanto ahínco, porque era su única posibilidad de tener una vida digna.
Una vida que estalló junto con Luis una noche a orillas del Ebro.
Al acabar su relato, Rocío escudriñó a aquella mujer en un esfuerzo por rescatar de la memoria un pasado que se le antojaba más lejano de lo que en realidad era.
—Así que eres tú…
—No lo soy, ya nunca lo seré —desmintió la prostituta. No le faltaba razón. Había sobrevivido, pero lo había hecho convertida en una carcasa vacía de sentimientos y emociones—. Ya está, te lo he contado todo. A cambio solo te pido que no se lo digas a Violeta ni al resto de las chicas.
—Se trata de tu vida. No me incumbe lo que hagas con ella.
—Gracias —musitó, y se atrevió a dibujar un amago de sonrisa que la deformidad de sus facciones transformó en una mueca grotesca.
A Rocío le pareció de pronto muy joven, apenas una chiquilla a la que el destino le había vuelto la espalda, como a tantas, como a ella misma. La vida no era fácil ni justa. No admitía flaquezas. Había que bebérsela de un trago, por amarga que resultase.
—Sin embargo —apuntó Rocío—, con Estrella es distinto…
A decir verdad, Rocío nunca llegó a comprender esa relación. No le gustaba la influencia que ejercía Olvido, ni cómo Estrella parecía beber los vientos por ella. De todo aquello había pasado mucho tiempo, aunque tal vez no el suficiente.
Olvido tomó aire antes de volver a hablar, como si le resultase difícil hacerlo.
—Estrella me cree muerta —murmuró desviando la mirada hacia la ventana.
Apenas se podía reconocer en ella a la prostituta arisca que había conocido.
Dejar al descubierto sus debilidades la había transformado, o tal vez lo que había cambiado era la forma en que Rocío la miraba ahora.
Por cómo temblaba su voz, entendió que no había dejado de pensar en Estrella ni un solo día.
Al igual que no resultó complicado adivinar que se avergonzaba de en qué se había convertido y se debatía entre el anhelo del reencuentro y el terror ante la reacción de Estrella—.
Lo mejor para ambas es que así siga siendo.
Al parecer ganaba lo último.
Por su parte, Rocío se preguntó qué ocurriría si su hermana se enteraba de que Olvido estaba en Argel y sintió un escalofrío.
Recordaba cómo había perdido el buen juicio al conocer a aquella joven.
¡Incluso a punto estuvo de acompañarla al frente!
¿Y si así hubiera sido? Tal vez entonces la que tuviera el rostro desfigurado y el alma muerta fuera Estrella.
No, de ninguna manera, Olvido no podía regresar a la vida de Estrella justo cuando al fin se estaba recuperando de una enfermedad que a punto había estado de consumirla.
Remover el pasado no solía traer nada bueno.
Además, se dijo, la muchacha que tenía delante ya no era la que Estrella recordaba.
Así pues, tampoco era tan terrible lo que se disponían a hacer.
—Al menos estamos de acuerdo en algo —concedió al fin.
Durante unos segundos ninguna de las dos mujeres habló. Estaba todo dicho. Cuando Rocío hizo el ademán de devolverle el colgante, ella lo rechazó.
—Ya no me pertenece —dijo Olvido con un hilo de voz, exhausta tras rememorar un pasado que seguía doliendo más que aquella maldita cicatriz—.
Sé bien del cariño que le tenía Estrella.
Me lo regaló en un momento en el que yo significaba algo para ella, pero luego…
en fin, luego todo cambió. No me quedaré aquí para siempre —explicó haciendo un gesto que bien podía servir para referirse al dormitorio o a la ciudad de Argel—.
¿Querrías guardarlo tú entretanto? Lo justo es que algún día lo recupere.
Rocío apretó los labios, consciente de que estaba traicionando a Estrella.
Esconderle algo así suponía traicionar la confianza que desde siempre había habido entre ellas.
Pero no le quedaba otra opción. Ya había perdido a una hermana, se reafirmó, concentrada en el dolor que le causaban las saetas del colgante al clavársele en el puño cerrado con fuerza. No estaba dispuesta a perder otra.
—Cuenta con ello.
* * *
Estrella acariciaba al gato callejero que desde hacía semanas acudía puntual a su cita.
Ella le reservaba algunos restos de la cena y se los daba en el portal cada mañana.
Había tardado en ganárselo. Al principio había sido muy desconfiado y solo se acercaba a la comida una vez ella había desaparecido.
Después, poco a poco le fue permitiendo primero que observara de lejos, hasta que acabó tolerando su presencia sin hacer amago alguno de escabullirse.
—Eres un glotón, ¿lo sabes? Creo que ese sería un buen nombre para ti.
El gato, negro y de ojos verdes con unas pupilas alargadas como gajos de naranja, ronroneó sin dejar de lavarse los bigotes con una pata. Le faltaba la mitad de la oreja derecha, perdida tal vez en alguna pelea callejera cuyo premio sería una hembra.
—Está bien, Glotón, entonces.
Estrella se sentía bien. Le había llevado mucho tiempo, pero al fin podía decir que estaba recuperada.
Y, sin duda, el trabajo en la relojería de Émile Moatti, un viejo judío apergaminado, había ayudado a acelerar el proceso.
Ubicado en la rue Randon, a tiro de piedra de la gran sinagoga, se trataba de un taller modesto con encargos sencillos que entrañaban poca dificultad para unos dedos bien entrenados como los suyos.
Pero era mejor que nada. Mejor dicho, lo era todo.
El sonido de los segunderos avanzando en las esferas sin descanso, el tacto de los punzones de madera de boj, el olor del aceite de las piezas bien engrasadas… era como volver a casa.
—No deberías cogerle cariño. Los gatos callejeros hoy están aquí y mañana, quién sabe.