Capítulo 10 #3
—Ahora mismo vas a ir en busca de Sagrario para decirle que te marchas.
Me da igual el motivo que te inventes, pero más te vale que sea creíble.
Si lo haces, me aseguraré de que Rodrigo sea benévolo y no corra la voz de lo que has hecho en esta casa —ofreció con voz melosa—.
Piénsalo bien, es un buen trato, tu nombre no quedará marcado y podrás conseguir un nuevo empleo.
De lo contrario, estarás firmando tu propia condena. Tú eliges.
Aurora sintió la rabia bullir en su interior.
Estaba claro que lo único que buscaba la prometida de Rodrigo era deshacerse de ella.
Atribuyó aquel profundo resquemor al acercamiento entre ambos al regreso del Soleil d’Oran, sin duda a la francesa no se le había escapado detalle.
Estaba convencida de que en el fondo Delphine sabía que no había robado el anillo, pero eso poco importaba.
Si la acusaba formalmente, estaba perdida.
Nadie la creería, al fin y al cabo no era más que una exiliada, sin familia ni recursos, con acceso a objetos de mucho valor.
A nadie le extrañaría que hubiera intentado mejorar su situación atajando por el camino más rápido.
Aurora hundió los hombros con pesar. No tenía escapatoria.
—Está bien —accedió con un hilo de voz. Se sentía tan agotada de luchar por seguir a flote en una vida que hacía aguas que solo tenía fuerzas para rendirse. Y eso fue lo que hizo—. Hablaré con la señora Sagrario.
—Ahora —puntualizó Delphine muy erguida, sin disimular una sonrisa cruel.
Aurora asintió y ya iba a dar el primer paso, cuando fue la propia Sagrario quien acudió al encuentro de las dos mujeres.
—Ay, querida —exclamó ajena al drama que se estaba desarrollando en su patio—, no imaginas lo bien que me ha venido dar una cabezadita.
La señora de la casa se les acercó ataviada con el mismo caftán verde menta y uno de sus pájaros posados en el hombro. Era Tomás, la cacatúa malhablada que tanto escandalizaba a Manuela.
—Buenas tardes, querida suegra. —Delphine le plantó tres besos que la otra recibió sin ocultar su desagrado—. Justamente Aurora iba en su busca, al parecer tiene algo importante que decirle.
Sagrario se volvió hacia la española con una mirada interrogante.
—Pues tú dirás.
—Verá usted —arrancó Aurora. Tomó aire para coger fuerzas—, yo…
—¡JOPUUUTA! —el estridente chillido de Tomás, la cacatúa blanca de cresta amarilla, la interrumpió. No contento con ello, añadió—: ¡CAbrONAAAZO!
Hasta entonces, Aurora había mantenido la vista baja, avergonzada y furiosa a partes iguales. Sin embargo, cuando aquella ave descarada captó su atención obligándola a levantarla, su discurso cambió por completo.
—¡El anillo! —exclamó incrédula, señalando con el dedo—. ¡Lo tiene el pájaro!
Las tres mujeres clavaron sus atónitos ojos en Tomás, quien, indiferente a lo crucial del momento, permanecía firme en su atalaya agitando su cabeza con unos hipnóticos movimientos circulares.
Efectivamente, el anillo estaba ahí. Lo llevaba en la pata, aunque nadie pudo aclarar si lo había hecho él solo o la propia Sagrario se lo había puesto ahí para poco después olvidarlo por completo.
—¡Pero qué travieso eres, Tomás! —lo regañó su dueña con cariño rascándole el cogote—. Anda, devuélvemelo antes de que lo pierda y se organice una buena.
A esas alturas, la delicada piel de Delphine había enrojecido de indignación. Aurora la vio apretar los puños con fuerza y tensar la mandíbula. Esperó un estallido que no llegó a producirse. En cambio, la francesa se volvió hacia Sagrario, forzando una sonrisa que más bien parecía una mueca.
—Querida suegra, me temo que van a tener que disculparme —anunció—. Me estoy empezando a sentir indispuesta, lo mejor será que me retire a descansar.
Solo al pasar junto a Aurora en dirección a la puerta se detuvo un instante, el necesario para susurrarle al oído:
—No pararé hasta que dejes de ser un estorbo, te lo aseguro.
Tras su marcha, la tensión acumulada se evaporó como por ensalmo y Aurora se dejó caer en el mismo banco con cojines que hacía nada había estado revolviendo.
—¿Qué te ocurre, querida? —preguntó la señora Sagrario sentándose a su lado—. Te noto pálida. ¿No estás comiendo suficiente? Mira que las jovencitas de hoy en día os preocupáis más por la figura que por la salud y eso no es sano, ya te lo digo yo.
Aurora sonrió. La mujer había recuperado su locuacidad habitual. Afortunadamente, los ataques seniles solían ser breves y, cuando remitían, la buena mujer volvía a ser la de siempre, alegre y parlanchina. El alma de aquella casa.
—No se preocupe, que ya me encuentro mucho mejor —afirmó, y le hizo un gesto hacia la cacatúa que seguía en su hombro—. Ande, déjeme que devuelva este pilluelo a la pajarera antes de que cometa otra tropelía.
Y, con las manos aún temblorosas, sujetó al ave abrazándola con delicadeza.
—Gracias, Tomás —le susurró antes de ayudarlo a acomodarse en una rama—, eres mi ángel de la guarda.
Como respuesta, el pájaro soltó una palabrota de las que tanto regocijaban a su dueña y que, en esa ocasión, le arrancó una carcajada.
A pesar de haber salido indemne de aquel encontronazo con Delphine, Aurora era consciente de que no podría bajar la guardia.
Hay demonios contra los que no hay ángel que valga.