El abrazo del siroco Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Desde el instante en que la había sorprendido en ese mismo despacho, con un traje recién planchado en los brazos y aquella encantadora cara de culpabilidad, dispuesta a lo que fuera necesario para reunirse con sus hermanas, ya no hubo vuelta atrás.

El relato de su historia lo había quebrado por dentro.

En los últimos años, los españoles como ella habían pasado de ser una útil mano de obra con la que enriquecer el imperio a ser considerados un peligro.

Para la Administración francesa eran demasiados en número e indomables de carácter.

Su abuelo se estaría removiendo en la tumba.

En Aurora había vislumbrado una vulnerabilidad que dolía porque, aun siendo ajena, resultaba demasiado familiar.

Y es que Rodrigo Morague había descubierto que, pese a lo que dijeran sus papeles, el corazón que latía en su pecho era tan español como lo fue el del primero de los Morague.

El recuerdo de su tensa despedida con Aurora hizo que lo invadiera el desasosiego.

No debió haberla tocado, aun así, no había sido capaz de resistirse.

Aquella lágrima deslizándose por su mejilla surcada por una cicatriz en forma de media luna había removido en él unos sentimientos extraños e inoportunos.

En ese instante hubiera deseado dejarse llevar, abrazarla fuerte contra su pecho y prometerle que todo saldría bien.

Puede incluso que lo hubiera hecho, de no ser porque ella rehuyó su contacto.

No la culpaba. Resultaba evidente que la vida la había golpeado con fuerza en demasiadas ocasiones como para atreverse a confiar sin más.

—Soy un idiota —rezongó.

Porque de idiotas era permitir que una completa desconocida hubiera puesto su mundo entero del revés.

Después de todo, apenas la conocía, no era más que una de muchos a quienes la vida atropellaba sin reparo.

¿Por qué había de importarle? No había motivo alguno para que lo hiciera… y, sin embargo, le importaba.

Rodrigo apuró su coñac y, con un vistazo a la licorera, musitó:

—La última.

Maldita Aurora.

* * *

Aurora tenía los nervios desquiciados tras el fracaso del viaje a La mer et les pins, unas semanas atrás.

Temía que lo vaticinado por Mercedes junto al portón del albergue fuera cierto y hubieran borrado a sus hermanas de cualquier documento oficial tras su marcha.

De ser así, tal vez no volviera a verlas.

Ojalá ella tuviera la fe inquebrantable de Paloma, quien ni un solo día había dejado de afirmar que lograría reencontrarse con el padre de su Ginesito.

Ojalá ella pudiera creer ciegamente que las cosas se solucionarían tal y como ellas deseaban.

Ojalá no hubiera tenido que huir tras una guerra para ahora verse amenazada por otra.

Sí, ojalá todo saliera bien. Pero sentía que su existencia transcurría a la deriva, lejos de quienes más amaba, sin atreverse a perder la esperanza, pero tampoco a mantenerla viva.

Al menos contaba con el apoyo de Paloma, quien, junto con doña Tecla, y a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, ya se habían convertido en buenas amigas y confidentes.

Admiraba el tesón de ambas por salir adelante aun cuando todo les venía en contra.

Paloma lo hacía gracias a los jabones que fabricaba con sebo y sosa de forma clandestina por las noches en la cocina de la pensión mientras su hijo dormía.

Los dejaba cuajar durante la noche y por las mañanas salía a la calle para venderlos, eso sí, bien escondidos en el carro del niño y disimulando el esfuerzo que le suponía manejar el exceso de peso; por las tardes acudía a clases de corte y confección porque su sueño era montar un pequeño negocio de costura.

Doña Tecla, por su parte, era una fuerza de la naturaleza inmune al cansancio o al desánimo.

Aurora sonrió al recordar su característico aroma a rosquillas.

La dueña de la pensión aseguraba muy digna que el azúcar le evitaba unos recurrentes vahídos, aunque ella sospechaba que el verdadero motivo de que su escote estuviera siempre repleto de migas no era otro que una insaciable glotonería.

—¡Pero, señora Sagrario! —exclamó Aurora abandonando sus pensamientos de golpe—. ¿Se puede saber qué hace en combinación en mitad del patio?

Desde hacía un tiempo, Sagrario Morague sufría episodios de desorientación que se iban sucediendo cada vez con más frecuencia. Manuela, la cocinera, la había puesto sobre aviso, porque empezaba a ser habitual encontrarla hablando sola o que olvidara cosas tan sencillas como comer o vestirse.

La buena mujer se sorprendió al mirar hacia abajo y descubrir que, efectivamente, iba en combinación.

—Yo… ay, pues no sé, hija, la verdad…

—No se apure, que ahora mismo lo solucionamos. La acompaño hasta su dormitorio y seguro que allí encontramos algo que ponerse.

—Me gustan los caftanes.

—Lo sé, vamos a buscar uno.

Le apenaba profundamente ser testigo del desgaste de aquella encantadora mujer.

Según le había explicado Manuela, al principio lo tomaron como extravagancias propias del carácter algo estrafalario de la señora de la casa.

No obstante, pronto resultó evidente que era algo más serio y su hijo hizo venir a los mejores doctores de la metrópoli.

Todos coincidieron en algo: frente al mal que la aquejaba nada se podía hacer.

Y, por más que los habitantes de la casa ponían de su parte por compensar los olvidos de Sagrario, el deterioro era imparable.

—¿Dónde está su anillo? Ese tan bonito, el de diamante en forma de corazón.

Aurora había ayudado a la anciana a vestirse con un caftán de un verde mentolado y fue entonces cuando se percató de aquella extraña ausencia. Sagrario jamás se desprendía de aquella joya, no tanto por su valor económico, sino porque era la primera que le regaló su difunto y adorado esposo.

—¿Mi anillo? ¡Ay, Dios, no me digas que lo he perdido!

La impresión al descubrirse el dedo anular desnudo terminó de desestabilizar a la pobre mujer y, por mucho que le preguntara Aurora, no atinaba a recordar dónde lo había visto por última vez.

—No se altere —le rogó a sabiendas de que así no lograrían nada—. ¿Por qué no se tumba a descansar y yo me ocupo de buscar el anillo? Verá como aparece.

La señora Sagrario, a quien aquellos brotes seniles provocaban fuertes jaquecas, aceptó con un débil cabeceo. Aurora la acomodó en su cama y, tras asegurarse de que su respiración se acompasaba con el sueño, se dispuso a cumplir con su palabra.

Tras media hora había registrado buena parte de la casa sin éxito.

No estaba en los cajones de la cómoda, ni tampoco dentro del armario.

No lo encontró en el cuarto de baño ni en el interior de una de las decenas de cajitas diminutas que su patrona coleccionaba repartidas por los rincones.

Lamentó que esa tarde, precisamente, Manuela se hubiera ausentado para atender unos asuntos y no poder recurrir a ella.

Estaba buscando a la desesperada, entre los cojines del banco de obra del patio donde Sagrario solía sentarse al fresco para leer unas novelas románticas que a sus más de sesenta años todavía le arrancaban suspiros, cuando una voz la interrumpió.

— Mais qu’est-ce qui se passe ?

Aurora se llevó una mano al pecho por el sobresalto. Se había olvidado por completo de que, al salir hacia su última reunión, Rodrigo había pedido que si se retrasaba avisaran a su prometida para que aguardara su regreso.

— Bonjour, Delphine —respondió y se apresuró a aclarar lo que pretendía revolviendo cojines—. Je cherche la bague de madame.

— La bague de madame ? —inquirió la otra, la ceja levantada y las comisuras de los labios alzadas en una sonrisa que se afiló al percatarse de que, sin esperarlo, tenía frente a ella la solución a sus problemas.

Sin ser aún fluido, su francés iba mejorando con la práctica. Ayudándose de elocuentes gestos Aurora se esmeró en hacerle entender lo ocurrido. Lo que no esperaba fue la reacción de Delphine.

— Rends-la —exigió, borrado ya cualquier atisbo de sonrisa.

—¿Cómo dice?

Atónita, Aurora se olvidó del francés y, sin pretenderlo, regresó a su lengua.

—Que devuelvas el anillo de mi suegra —la imitó Delphine, que hablaba español con corrección, pero solía evitar hacerlo por considerarlo vulgar.

—Acabo de explicarle que no sé dónde está —acertó a responder sin entrar en aclarar que Sagrario no era suegra suya, de momento al menos—. Pero si me permite que siga buscando…

—Oh, claro que lo sabes, a mí no me engañas. ¡No eres más que una embustera y una ladrona! Ahora mismo vas a confesar dónde has guardado ese anillo si no quieres que te denuncie a las autoridades.

Aurora abrió los ojos con incredulidad. No podía creer lo que oía. ¿La estaba acusando de haber robado el anillo?

—Verás cuando Rodrigo se entere de lo que has hecho. Te pondrá de patitas en la calle y no solo eso, se asegurará de que todos sepan que tienes las manos muy largas. No encontrarás otro trabajo en la ciudad.

Ambas mujeres estaban al tanto de que la señora Sagrario estaba cada vez más dispersa y que, con toda probabilidad, lo habría extraviado sin darse cuenta. Pero eso Aurora no tenía forma de demostrarlo.

—Yo no lo he cogido, lo juro —contestó al borde de las lágrimas—. Ni siquiera he tocado ese anillo.

—Ya, qué ibas a decir tú —espetó Delphine—. Mira, porque me das lástima y tengo buen corazón, te voy a ofrecer la única salida digna que te queda.

A Aurora no se le ocurrió siquiera reír al escucharla hablar de su bondad, aunque bien hubiera podido hacerlo. En cambio, contuvo la respiración, expectante.