Capítulo 10
—No me gusta, Rodrigo —anunció Delphine Blanchard.
Ese día habían salido a comer por petición suya a su restaurante favorito, el Guillaume Tell, ubicado en el céntrico boulevard Gallieni y, como de costumbre, Rodrigo se mostraba impaciente porque aquel incómodo trámite terminara pronto.
—¿Quién? —inquirió él distraído.
—Esa escargot que tu madre ha metido en casa para ocuparse de la plancha —aclaró Delphine de forma despectiva, recurriendo al apodo que algunos franceses empleaban para referirse a los españoles que llegaban con sus escasas pertenencias a cuestas, caracoles, les decían—, ¿quién va a ser si no?
—¿Te refieres a Aurora? —preguntó él, interesado de repente.
—La misma. —Solo con oír su nombre en la boca de Rodrigo, Delphine sintió avivar sus celos enfermizos—. Sabes que huyó de España, ¿verdad? ¿Quién hace algo así si no es culpable de algo?
—No empieces, Delphine, te lo pido por favor.
Era consciente de que Rodrigo la aborrecía; en realidad, nunca se lo había ocultado.
Sospechaba que él había adivinado que toda aquella absurda idea de que estaba embarazada no había sido más que una treta para cazarlo, aunque afortunadamente había tenido el buen gusto de no mencionarlo.
Y es que estaba convencida de que el hombre que estaba ahora sentado frente a ella no la amaba ni lo haría nunca.
No obstante, aquello no suponía un impedimento para Delphine.
Podía vivir con ello siempre y cuando para el resto del mundo formaran la pareja perfecta. Eso era lo único que importaba.
Recordó la primera vez que coincidieron, tan apuesto, tan rico…
tan deseado. Sin pretenderlo, aquel joven se había convertido en el soltero más codiciado del Oranesado.
Y ella siempre conseguía lo mejor de lo mejor.
No se conformaba con menos. El hecho de que fuera de origen español, algo que despreciaba casi tanto como su padre, lo consideraba un defecto capaz de soportar con tal de disfrutar de la envidia en las miradas de las demás mujeres de la ciudad cada vez que paseara de su brazo convertida en su esposa.
Si es que alguna vez se casaban, claro. Porque Rodrigo no demostraba tener ninguna urgencia en formalizar su compromiso.
Pero Delphine estaba decidida a que eso cambiara.
Para empezar, se había propuesto deshacerse de aquella muerta de hambre que había aparecido de un día para otro en casa de su futura suegra con la molesta costumbre de revolotear siempre alrededor de su prometido.
—Solo te digo las cosas como son, chéri —insistió, convencida de que Aurora debía marcharse cuanto antes. Todo el mundo sabe que las muchachas de servicio demasiado guapas solo traen problemas—. ¡Si al llegar a Orán estuvo en la prisión civil!
—Eso no significa nada —suspiró él apretándose el puente de la nariz, en un fútil intento de aliviar el incipiente martilleo que lo mortificaba.
Supuso que Delphine había estado preguntando a su padre, actual commissaire de policía de la ciudad, o puede que incluso revisando a escondidas sus informes.
La sabía capaz de todo—, ya sabes que muchos refugiados españoles pasaron por allí al llegar.
—Ya, pero tu madre no los ha metido a todos en vuestra casa. Solo a ella —rebatió con saña—. Ni siquiera tiene permiso de trabajo. Os arriesgáis demasiado por algo que no vale la pena.
—Dime una cosa, Delphine, ¿a qué viene tanta inquina?
—Solo hago lo que debo —murmuró casi sin despegar los labios, dejando asomar lo que tanto empeño ponía en ocultar—, protejo lo que es mío.
Rodrigo arrugó el ceño, contrariado. Detestaba cuando hablaba así.
—Yo no soy tuyo, Delphine. —Luego resopló—. Cualquiera diría que has perdido el juicio.
Aquella última frase fue tan simple como certera. Y es que a sus veinte años Delphine Blanchard vivía con un miedo atroz aferrado a las entrañas, uno que jamás en toda su existencia se había atrevido a admitir, ni siquiera ante ella misma: acabar como su madre.
Delphine había pasado su infancia siendo testigo de la locura de una mujer por la que no sentía ningún aprecio, por más que la hubiera llevado en su vientre y la hubiera parido.
El médico le diagnosticó histeria, una palabra que no alcanzaba a abarcar el horror que se parapetaba tras ella.
Los aullidos escalofriantes, el cráneo pelado a causa de los tirones de pelo y los desvaríos constantes eran más fieles a la realidad.
El único sentimiento que aquella pobre desgraciada llegó a inspirar a Delphine con su eterna agonía fue desprecio.
Por eso mismo no dudó cuando a principios de 1939 su padre, gendarme de la capital, fue destinado a Argelia como castigo por un turbio asunto en el que un detenido acabó muriendo asfixiado en un interrogatorio.
Y es que no era la primera vez que a Bruno Blanchard se le iba la mano. Tampoco sería la última.
«Ni sueñes con dejarme aquí para que acabe tan loca como mi madre», le dijo al enterarse, «me voy contigo».
Así fue como había abandonado su pomposo apartamento del primer distrito de París, a la orilla derecha del Sena y a un paso de las Tullerías, el Louvre o los Campos Elíseos, donde trató de dejar olvidado aquel miedo que, como burla a sus esfuerzos por darle esquinazo, encontró la manera de seguirla hasta los confines del mundo.
—Oh, chéri, no te ofusques, ya sabes lo que quiero decir. —Le acarició el brazo, zalamera—. Y bien, ¿qué piensas hacer?
—¿Cómo que qué pienso hacer? —bufó Rodrigo, cansado de la conversación.
—Supongo que la despedirás de inmediato.
—Por supuesto que no. Además, ni siquiera es mi empleada, tú misma lo has dicho. El servicio es cosa de mi madre.
—Supuse que entrarías en razón y harías algo al respecto, pero ya veo que me equivocaba.
—Lo que yo haga o deje de hacer no te incumbe, Delphine, ni mucho menos debo darte explicaciones —respondió exasperado y, levantando un dedo, pidió la cuenta al camarero. Luego la advirtió—: Hazme el favor de no volver a entrometerte en mis asuntos.
Delphine supo que había llegado demasiado lejos.
Era el momento de replegar velas y se apresuró a deshacerse en disculpas tan empalagosas como falsas.
Al fin y al cabo, los hombres son todos unos débiles.
Pero ya se encargaría ella de colocar a la española en su lugar, que no era otro que fuera de la casa de los Morague, bien lejos de su prometido. Y lo haría de una forma u otra.
* * *
En aquel recién estrenado mes de marzo de 1940, la opinión pública de Argelia se mantenía en una calma provincial, acomodada como estaba en la «drôle de guerre».
Gran culpa la tenía el servicio de control de información que, desde la ciudad de Argel, centralizaba las consignas que acabarían llegando a la población.
Ni el estado de sitio proclamado nueve meses atrás, ni la censura de prensa, ni tampoco las movilizaciones de más de doscientos mil hombres habían conseguido arrancar al apéndice de Francia de su indolencia respecto a cuanto ocurría en el resto del mundo.
Con todo, ya en algunos círculos se empezaba a notar cómo la inquietud iba ganando fuerza, aunque seguían siendo demasiados los que permanecían ajenos a cuanto ocurría a su alrededor.
Rodrigo agradeció el silencio que reinaba en su despacho.
Le gustaba la noche, cuando los pájaros de su madre dormían y sus constantes chillidos no lo alborotaban todo.
Llenó su vaso de la delicada licorera de cristal tallado y plata y dio un largo trago que paladeó con los ojos cerrados.
Aquel coñac le pareció sublime, sin duda mucho mejor que el dichoso Super Anís que tan de moda estaba y que él detestaba.
Últimamente bebía demasiado. Y es que buscar en el fondo del vaso era el único modo de acallar las voces que resonaban en su cabeza.
Esas voces eran las de su padre y su abuelo, instándolo a hacer lo que fuera necesario para garantizar la supervivencia del Soleil d’Oran.
Su abuelo había llegado a tierras argelinas sin una moneda en el bolsillo y se deslomó trabajando con sus manos cada palmo del viñedo.
Años después, su padre tomó el relevo para convertirlo en uno de los más reconocidos del Oranesado.
Ahora era su turno. No podía permitir que el esfuerzo de generaciones se malograra, ni siquiera por culpa de una guerra.
Se reclinó hacia atrás con un gemido cansado.
—Haré lo que sea necesario —habló a la nada, como solía hacer cuando había bebido demasiado—; vuestro sacrificio no habrá sido en balde.
Aquella promesa no iba a resultar sencilla de cumplir, bien lo sabía él.
Ya en tiempos de paz las vides podían ser terriblemente ingratas.
Exigían una dedicación absoluta, constantes desvelos y un sinfín de cuidados.
No obstante, bastaba con desatenderlas un breve suspiro para que la producción se resintiera, incluso se echara a perder una cosecha entera.
Y ahora que la guerra sobrevolaba el territorio como si del siroco se tratase, lograr mantener a flote un viñedo de aquel tamaño, esquivando las innumerables vicisitudes que se vislumbraban cercanas, iba a ser el mayor reto al que se había enfrentado en su vida.
Volvió a beber y rellenó el vaso de nuevo.
La última, se dijo, sabiendo que era imposible engañarse a uno mismo.
Pensar en el Soleil d’Oran hizo que el último viaje, unas semanas atrás, regresara a su memoria.
Y con él, de forma irremediable, Aurora Robles se abrió paso en sus pensamientos.
La joven le había demostrado una determinación y un valor excepcionales.
La había visto rehacerse tras acusar el nuevo golpe que suponía el fracaso sufrido en Aïn el Turk, aquella fortaleza terca y descarnada lo había fascinado a la vez que enternecido, despertando en él un irrefrenable anhelo de cuidar de ella.
Deseó que las cosas hubieran resultado de otra forma.