Capítulo 9 #3
La enfermera se acercó sin ocultar su admiración, felicitando a Estrella por su asombrosa destreza.
En ese instante, y abstraído por la emoción de haber recuperado su apreciado reloj, Rafael posó su mano en la cintura de ella con la naturalidad de quienes conocen hasta el último rincón de la piel ajena.
Estrella hizo como si no hubiera visto esa muestra de intimidad que delataba que, si bien no eran matrimonio, entre ellos dos había más que una mera relación profesional.
—Tienes un gran talento, no sé cómo puedo agradecértelo —dijo el médico.
—No es necesario, después de todo lo que ustedes han hecho por mí.
—Oye, me acabo de acordar de un paciente mío que tiene una relojería cerca de la gran sinagoga.
Es un negocio modesto, no vayas a creer.
Émile Moatti, ¿te acuerdas de él? —Rafael se giró hacia María a la vez que su idea inicial iba tomando forma—.
Se me ocurre que podría presentártelo; tiene ya sus años y quién sabe, tal vez le vendría bien una ayudita.
Estrella no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que el doctor sacó su pañuelo del bolsillo y se lo tendió, conmovido por su emoción.
Jamás hubiera encontrado palabras que explicaran su sentir.
Los relojes lo habían sido todo para ella, su vida entera, cuando aún había esperanza de tener una.
Su padre le había enseñado a amar el tiempo y comprender sus mecanismos, y ella había soñado con poder ser tan buena relojera como lo había sido él.
Pero todas aquellas esperanzas habían estallado como si una de aquellas malditas bombas que llovieron del cielo durante la guerra le hubiera caído encima.
Ahora, por fin, se abría ante ella la oportunidad de volver a acariciar los añorados compases del tiempo con sus dedos.
A partir de ese día, empezó la verdadera recuperación de Estrella. De algún modo, resultó que el contacto con sus adorados relojes era todo lo que había necesitado para recobrar la ilusión.
Lo único que le faltaba para que su felicidad fuera completa era que su hermana Aurora estuviera con ellas.
* * *
Rocío escuchó con claridad unos gritos que escapaban de la última habitación, la de la muchacha solitaria con la cara desfigurada.
Por supuesto que, estando en un prostíbulo, los gemidos, gruñidos y cosas aún más inverosímiles eran el pan nuestro de cada día, pero en aquella ocasión resultaba evidente que aquellos sonidos no eran de placer.
Lo más prudente hubiera sido no prestar atención, al fin y al cabo, Violeta le había recalcado en más de una ocasión que su deber era limpiar, nada más.
Pero a continuación llegaron los golpes.
Eran tan fuertes que Rocío no fue capaz de ignorarlos sin más, así que dejó el barreño en el suelo y, armándose de valor, abrió la puerta sin llamar.
Dentro, la escena era espeluznante. Se adivinaba un cuerpo menudo desmadejado en una esquina y un hombretón sudoroso que con una mano se sobaba la entrepierna flácida mientras que la otra permanecía levantada, a punto para asestar el siguiente golpe de no haber sido interrumpido.
—¡Joder! ¿Es que ni pagando se puede estar tranquilo? —exclamó el hombre con la respiración entrecortada y el cinturón todavía enrollado entre los dedos—. Da igual, de todas formas ya había terminado contigo, zorra. No vales para nada —le espetó—, ni siquiera consigues que se me levante.
Rocío se encogió instintivamente cuando pasó por su lado oliendo a sudor y alcohol, aún con la camisa a medio abrochar, el rostro congestionado por la frustración que le provocaba su propia impotencia. Tan pronto estuvieron las dos solas, se acercó a la muchacha y la ayudó a incorporarse.
—¿Quieres que avise a Violeta?
—Ni se te ocurra, ¿me oyes? A ella ni una palabra de esto.
Aunque la chica de la cicatriz en un principio se negó, Rocío insistió en lavarle las heridas.
Tenía el cuerpo lleno. Algunas eran recientes, pero otras estaban en distintos procesos de curación, lo que confirmaba que semejante paliza no era, ni mucho menos, la primera.
A pesar del temor que le infundía, Rocío hizo oídos sordos a las protestas y exabruptos de la prostituta, que le exigía que saliera de su cuarto para dejarla sola.
—No deberías permitir que te maltraten así.
—Tú qué sabrás.
Fue justo en ese instante y debido a una cercanía a la que jamás antes se había atrevido, cuando Rocío se percató de una fina cadena que rodeaba el cuello de la joven.
De ella colgaba algo que le cortó la respiración: un pequeño colgante formado por dos saetas de reloj, finas y doradas, que marcaban las diez y diez.
Era idéntico al que su padre le regaló a su hermana Estrella cuando esta demostró interés por aprender el oficio del tiempo, un símbolo hecho a mano, irrepetible, único.
De hecho, con solo el primer vistazo no tuvo dudas de que se trataba del mismo colgante; lo conocía demasiado bien como para haberlo olvidado.
—¿Qué haces tú con esto? —le espetó agarrándolo con fuerza entre los dedos para asegurarse de que era real y no una ilusión de su mente.
—¿A ti qué te importa? —se revolvió la otra—. Es mío.
—¿De dónde lo has sacado? —insistió Rocío a la vez que estudiaba aquel rostro deforme con atención—. ¿Quién eres?
Y aquella desconocida la miró con tal intensidad que Rocío supo, sin lugar a dudas, que lo que iba a escuchar a continuación iba a cambiarlo todo. Fuera lo que fuera, ya no habría vuelta atrás.