Capítulo 9 #2
La presencia masculina la seguía violentando hasta el punto de que ocultaba su llamativa cabellera de un castaño tan claro que casi parecía rubio con un paño anudado en la nuca, al tiempo que un viejo delantal informe disimulaba su delicada figura.
Aun así, no hacía falta ser demasiado observador para percatarse de que Rocío era toda una belleza, por eso aprendió a caminar de puntillas sin hacerse notar y a refugiarse tras las esquinas en cuanto escuchaba voces graves o pisadas fuertes.
Lo poco que sabía de los hombres la hacía temerlos y odiarlos a partes iguales, por lo que su propósito fue volverse invisible.
Puso en ello tanto empeño que eran pocos los clientes que se percataban de esa furtiva sombra que se colaba en los dormitorios de la segunda planta cuando ellos los abandonaban con sonrisas satisfechas.
A pesar de ser inflexible y regañarlas por cualquier motivo, Violeta cuidaba de sus chicas con cierto afecto maternal al que ellas respondían acatando todas y cada una de sus órdenes.
Al fin y al cabo, aquel era su hogar, donde encontraban no solo alojamiento, comida y protección, también lo más parecido a una familia que muchas de aquellas pobres desdichadas habían conocido jamás.
Semejante presencia ruidosa y descarada cohibía a Rocío, que las observaba con cierta curiosidad cuando a la hora de comer se reunían en la cocina para lo que para ellas suponía el desayuno.
Rosa, Lirio, Camelia, Jazmín… era esa una cita a la que acudían todas, excepto la chica de la habitación del fondo, por supuesto, la que tenía la cara desfigurada por una horrible cicatriz que la hacía parecer un monstruo.
Nunca pisaba la planta baja. Apenas salía de su dormitorio más que para ir al retrete común que todas compartían, ni siquiera para comer.
Violeta le subía el plato y lo dejaba frente a su puerta para que no muriera de inanición.
—Pero ¿tú la has visto? —escuchó decir en una ocasión a Lavanda—. ¿Quién querría encamarse con algo así?
—Pues a bote pronto se me ocurren los pervertidos, o los ciegos… —le respondió Gardenia—. ¡O los ciegos pervertidos!
Unas escandalosas risas resonaron por todo el palacio antes de que Violeta las acallara con unas palmadas.
—Más os valdría tener algo de compasión o, en su defecto, de vergüenza.
La verdad era que al principio el aspecto de la pobre muchacha había tenido a Rocío tan aterrorizada que procuró mantener las distancias, lo cual no era sencillo teniendo en cuenta que el hecho de que nunca abandonara su cuarto la obligaba a limpiar con ella dentro.
Aquella infeliz solía sentarse bajo una estrecha ventana que daba al callejón trasero, donde había una mesita y una única silla, y allí se mantenía inmóvil mientras ella procuraba hacer la cama y adecentar el dormitorio en lo que dura un suspiro, evitando mirarla, pues sabía que de hacerlo la visión de aquel rostro deforme le provocaría pesadillas durante varias noches seguidas.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el temor de Rocío acabó por transformarse en lástima.
Sobre todo cuando se percató de que los clientes de aquella flor marchita creían que por su aspecto tenían derecho a hacer con ella lo que quisieran.
No eran pocas las ocasiones en las que Rocío había escuchado golpes del otro lado de aquella puerta.
Una vez le preguntó a Violeta por qué no hacía algo al respecto y la protegía como al resto de sus chicas.
La madama se limitó a ordenar que no se metiera en asuntos que no le concernían.
* * *
Estrella estaba tan frágil que al poco de llegar a Argel la fiebre se apoderó de su cuerpo, sumiéndola en un profundo sopor del que tardó más de una semana en despertar.
Si lo hizo, fue sin duda gracias al empeño del doctor Rafael Lozoya y los cuidados de su enfermera, María Gutiérrez, que se aseguraba de que además de la medicación prescrita se alimentara de caldos al principio y platos más consistentes conforme fue recuperándose.
—¿Dónde estoy? —preguntó la primera vez que abrió los ojos y tuvo fuerzas suficientes para reunir un par de palabras.
—En el mundo de los vivos —respondió María con una sonrisa—, que es donde debías estar.
A partir de ahí todo fue a mejor.
La consulta se encontraba en la planta baja de una sencilla construcción de adobe, y justo arriba de ella había una vivienda de un solo dormitorio, pero con una amplia y acogedora estancia que servía de cocina, comedor y salón.
Allí se instalaron las mellizas. A Estrella le gustaba aquella casa que olía a romero desde que su hermana distribuyera ramilletes por los rincones.
Ubicada en el corazón de la casbah, por las mañanas muy temprano la despertaba el muecín llamando al rezo desde la cercana mezquita Sidi Ramdane, mucho antes de que el sol se colara por el ventanal.
Las paredes eran de un color avainillado que reflejaba la luz volviéndola dorada y, desde el estrecho rincón de la cocina, las sartenes de estaño que colgaban de un gancho se encargaban de multiplicar los destellos.
También había un fogón en el que calentar café del de verdad, del que tanto había echado de menos durante la guerra en Alicante.
Pero en cuanto empezó a sentirse con energías, aquel espacio se le quedó pequeño.
Pasaba muchas horas sola, porque Rocío se dejaba la piel trabajando para Violeta.
Estrella no recordaba haber estado ociosa jamás.
Su naturaleza impetuosa le exigía mantener las manos y la mente ocupadas, pero el doctor Rafael le había prohibido terminantemente realizar cualquier actividad que no fuera sentarse cerca de la ventana abierta para que la brisa y el sol le fueran devolviendo poco a poco la salud.
Por fortuna, las frecuentes visitas de María y su alegre conversación ayudaban a aliviar el tedio.
La enfermera era bastante más joven que el doctor.
Llevaba la melena rubia por debajo de los hombros y se sujetaba los mechones más cortos del flequillo detrás de las orejas.
Tenía unos dulces ojos marrones y su facilidad para sonreír buscando el lado bueno de la vida dejaba a la vista una paleta partida de una caída cuando era niña a la puerta de su casa.
Era de caderas rotundas y unos centímetros más alta que el médico.
Le gustaba tararear canciones al trajinar con sus cosas.
A veces se le olvidaba la letra y se la inventaba sin pudor alguno, lo que no pocas veces arrancaba carcajadas al buen doctor.
—No te haces una idea de cuánto necesito salir, aunque sea al portal —rogó Estrella con desespero en una de las ya habituales visitas de la enfermera—. ¿Sabes si falta mucho para que tu marido me dé permiso?
Al escucharla, María se enderezó con la misma rapidez que si le hubiera dado un calambre. Su gesto siempre afable había sido sustituido por un rictus tenso.
—Rafael no es mi marido.
—Lo siento, había dado por hecho que estabais casados.
—Pues no lo estamos.
Al observar la mirada huidiza que María dirigió al termómetro de mercurio que había llevado consigo para comprobar que la fiebre había remitido definitivamente, Estrella se sintió abochornada por haber cometido una indiscreción que, a la vista estaba, la había incomodado.
No se atrevió a decir más y, solo cuando María se levantó dispuesta para volver a la consulta, esta pareció arrepentirse de su brusquedad y se volvió con una esforzada sonrisa.
—Intentaré interceder para que puedas salir —prometió.
Estrella no volvió a pensar en lo sucedido, menos aún cuando poco después recibió la aprobación de Rafael para salir a caminar, eso sí, con la condición de que no se excediera y regresara de inmediato en caso de sentirse indispuesta.
Pronto se aficionó a sus breves escapadas por la casbah, con sus casas encaladas y cafés maures donde los hombres, que cubrían sus cabezas con turbante o fez rojo, se sentaban a charlar y beber té con hierbabuena, y poco a poco fue ampliando el territorio, de modo que acabó por conocerse aquella intrincada red de callejones retorcidos sobre sí mismos como las líneas de su mano.
Una tarde, de regreso de uno de sus paseos, escuchó un reguero de imprecaciones que se escapaban del vestíbulo de la consulta.
Intrigada, se atrevió a asomar la cabeza para averiguar qué ocurría.
—¡Maldito trasto! —El médico estaba, brazos en jarras y cara de pocos amigos, frente a un viejo reloj.
—¿Va todo bien? —se interesó Estrella.
—¡Hola! Disculpa, no me había dado cuenta de que ya habías vuelto. Pasa y dinos cómo te encuentras, que desde que no necesitas mis cuidados apenas te veo.
—Me encuentro muy bien, gracias a usted y a María —sonrió y señaló hacia aquello que atraía poderosamente su atención—. ¿No funciona?
Se trataba de un precioso reloj de sobremesa. Enseguida reconoció un compacto Circa francés con caja de madera y reborde de latón.
—No quiere ir, no —confirmó Rafael apesadumbrado—. Y mira si le tengo cariño que me lo traje conmigo desde España.
—Si le parece bien, puedo echarle un vistazo —se ofreció.
—¿Tú entiendes de relojes?
—Un poco —respondió Estrella con modestia.
Una hora después y con la única ayuda de unas pinzas quirúrgicas que pudo coger prestadas en la consulta, un poco de aceite y las lentes de aumento del propio doctor, aquel Circa había vuelto a la vida.
—¡Es un milagro! —celebró el doctor—. ¡María, ven a ver esto!