El abrazo del siroco Capítulo 9
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Capítulo 9

Violeta en realidad se llamaba Jacinta, pero los hombres que solían acudir a buscar alivio entre sus piernas ya estaban hastiados de las Jacintas, las Cármenes o las Dolores que los aguardaban en casa. Ellos buscaban algo diferente. Y ella simplemente se lo daba.

Jacinta Soler había sido puta antes incluso de saber lo que significaba esa palabra, cuando todavía podía permitirse soñar con que vivía en una casa con jardín en vez de en una barraca en la que la humedad y el salitre se colaban entre los tablones.

De hecho, nació siéndolo sin saber que nada podría hacer por remediarlo.

Su madre se vendía en el puerto de Cartagena por unas pocas monedas a cualquiera que estuviera dispuesto a pagarlas, por eso nunca supo quién era su padre.

Tampoco le importaba. Cuando iba a cumplir trece años y sus pechos eran apenas dos albaricoques aterciopelados, el novio de turno de su madre intentó convencerla de que le dejara meter la mano bajo su falda.

Ese mismo día se escapó. Jacinta no era tonta y a esas alturas había vivido lo suficiente como para estar enterada de que la virginidad se vendía cara.

No estaba dispuesta a dejar pasar su única oportunidad.

Se presentó en el burdel con mejor reputación de la ciudad y pidió hablar con la madama.

—¿Dónde está tu madre, niña?

—No tengo —mintió.

—¿Y tu padre?

—De eso menos todavía.

La noche siguiente, Jacinta, bañada, perfumada y repeinada, perdió la poca inocencia que aún conservaba.

Estaba contenta. Le había dolido menos de lo esperado y el hombre que había pagado por el privilegio de desvirgarla al menos no olía a pescado.

De haber podido elegir, Jacinta habría pedido un jardín, pero en la casa en la que le tocó vivir solo había putas. Y aprendió a conformarse.

Durante los difíciles años de la guerra se las apañó como pudo, pero conforme fue resultando evidente que Franco se haría con la victoria, supo que en esa nueva España mojigata y asfixiante que ya se adivinaba no habría sitio para ella.

En abril de 1939, justo antes de que todo se fuera al garete, un paquebote zarpó del puerto de Cartagena con un burdel al completo a modo de pasaje.

A bordo iba Jacinta, que no derramó ni una sola lágrima al ver difuminarse el contorno de la tierra que la viera nacer.

La breve travesía le sirvió para meditar sobre qué hacer con esa nueva vida que se le ofrecía una vez atracaran.

Hubiera pecado de ilusa si pensara que podría salir adelante con un trabajo ordinario.

No sabía leer ni escribir, y de cuentas lo justo para que no la engañaran.

Bien pensado, ella solo sabía hacer una cosa. Eso sí, la hacía muy bien.

Así fue como Jacinta nunca desembarcó. En su lugar lo hizo Violeta, que dejaba atrás su pasado para no recordarlo jamás.

Ni siquiera le causó el más mínimo remordimiento desentenderse de quienes habían sido sus compañeras de viaje e infortunios.

Aunque tampoco debía olvidar que el hecho de que no aparentase sus años no impedía que los tuviera.

Violeta quería empezar de cero y aquel país donde nadie la conocía era perfecto para utilizar sus modestos ahorros en alquilar una casa con habitaciones suficientes en las que comerciar con el placer como siempre había hecho.

Y a aquel lugar en el que renació como una mariposa lo llamó El Jardín.

Violeta no tenía mal corazón. Tan solo ocurría que la vida no le había dado oportunidad de entrenarlo y, como ocurre con cualquier otro músculo, este se le había atrofiado.

Dirigía su negocio con mano dura. No aceptaba debilidades ni lamentos.

Había superado un sinfín de adversidades para llegar hasta donde ahora estaba.

No podía permitirse apiadarse de cualquier muchacha que llamase a su puerta con la desesperación aferrada al pecho.

Eso supondría su ruina. Algo a lo que no estaba dispuesta.

No obstante, Violeta no olvidaba el mordisco de la necesidad.

Lo había experimentado demasiadas veces como para no tenerlo muy presente, al tiempo que la había hecho desarrollar una aguda intuición acerca de las debilidades del alma.

Y, por debajo de las capas de candidez con las que se cubría Rocío, de su hablar casi susurrante, de sus ojos huidizos, supo adivinar que se escondía una fortaleza como pocas veces se encontraba.

Una fortaleza que, de algún modo, le recordaba a la suya propia.

Aquello fue lo que hizo que Violeta aflojara por una vez su garra para acabar cediendo a su propia compasión.

Claro que al principio se resistió a perder esa mina de oro, pero terminó por aceptar que la decisión de la joven de no permitir que un hombre volviera a tocarla era inamovible.

Y eso ella lo respetaba. Incluso lo admiraba.

* * *

Por más que Violeta la intimidara, Rocío no se creía su suerte, si es que se le podía llamar así. La madama no solo le había un ofrecido trabajo honrado, también les había facilitado un alojamiento donde Estrella podría descansar y recuperarse.

—Conozco un médico que tiene espacio en el piso de arriba de su consulta. Hablaré con él, pero ya me extrañaría que pusiera algún impedimento.

—¿Él es… —dudó Rocío al temer que tal vez el hombre pretendiera cobrarse el alquiler de alguna forma poco ortodoxa—, es cliente?

—¿Rafael? ¡Pero si ese hombre es un santo!

—le aclaró, aunque tras reflexionar un instante debió rectificar—.

Quizá un santo tampoco…, pero quédate tranquila, que no creo que haya puesto un pie en un prostíbulo en su vida.

Se podría decir que sus circunstancias son un tanto especiales, pero ese es otro cantar que a ti ni te va ni te viene.

Créeme, tu hermana no estará mejor en ningún otro lugar.

Rocío la creyó. No porque no tuviera otra opción, que no la tenía, sino porque de algún modo intuía que, por encima de esa fiereza descarnada de la que hacía alarde, Violeta era una mujer de palabra. Sí, definitivamente las cosas iban a mejorar.

—Te quiero aquí al mediodía, cuando las chicas se levantan.

A esas horas no hay clientes, así que será cuando lleves a cabo la limpieza a fondo.

Y sé meticulosa, ¿quieres? —la advirtió Violeta arrugando su delicada nariz—.

Si los hombres ven porquería por los rincones, darán por hecho que las chicas la tienen entre las piernas y se irán por donde han venido.

Esta será una casa de putas, pero quiero que sea la más limpia de todo Argel. ¿Queda claro?

Rocío asintió sin entrar a discutir tan estrafalaria comparativa. Por nada del mundo quería ofender a Violeta y perder el empleo.

—Los primeros clientes empiezan a llegar al atardecer —continuó la madama—.

Las chicas se los llevan a su habitación y poco después vuelven a salir.

Hasta aquí bastante obvio, ¿verdad? Tu tarea tras cada servicio será dejarlo todo impecable para el siguiente.

Las sábanas no podemos estar cambiándolas a cada rato, pero las airearás y te asegurarás de que no queden restos visibles que puedan incomodar a nadie.

A ningún hombre le gusta que le recuerden que está pagando por lo que otro acaba de usar.

Rocío no pudo reprimir una risa nerviosa y Violeta la estudió con gesto severo.

—Esto no es un juego, querida. No puedes ni imaginar lo que me ha costado construir esto que ves, y no permitiré que nadie lo ponga en peligro —amenazó—. Como verás, es mucho trabajo, las jornadas serán largas y extenuantes. ¿Podrás hacerlo en tu estado?

—Si daba por hecho que podía hacer otro tipo de cosas —respondió Rocío esforzándose por alzar la barbilla—, no veo por qué no podría hacer esto.

En esa ocasión fue Violeta quien no logró contener una carcajada.

El trabajo en El Jardín no entrañaba demasiada complicación más allá de hacerse con el lugar y los estrictos requerimientos de su propietaria, por lo que Rocío encajó con rapidez.

Las chicas eran alegres, alborotadoras y chillonas.

Llenaban la casa de risas cantarinas, riñas que se olvidaban pronto y un perfumado revoloteo femenino.

Por capricho de Violeta todas habían sido rebautizadas con el nombre de alguna flor, y para cuando Rocío llegaba, todavía tenían legañas atrapadas en las pestañas y bostezos en los labios.

A esas horas, la casa entera se desperezaba tras una noche de placeres y excesos todavía enredados entre las sábanas.

Esos momentos de pequeñas cotidianidades eran los preferidos de Rocío.

Las chicas la dejaban hacer sin importunarla mientras ella sacudía alfombras y ahuecaba cojines, fregaba los suelos de barro, quitaba el polvo y se esmeraba en adecentar un lugar que de decente tenía bien poco.

Pronto se aprendió todos los rincones de El Jardín y se movía por ellos sorteando mujeres semidesnudas que iban de acá para allá, se rizaban el pelo con tenacillas las unas a las otras o bien holgazaneaban entre almohadones y se contaban cotilleos subidos de tono.

Era una rutina extraña pero cómoda porque nadie se fijaba en ella.

En cambio, con la caída del sol todo cambiaba.

Los salones se iluminaban con decenas de lámparas de aceite colocadas estratégicamente para jugar con las luces y las sombras, otorgándoles un encanto del que durante el día carecían.

Entonces empezaban a llegar los clientes y Rocío sentía que un miedo tan viejo como la propia casbah se le atravesaba en la garganta.