Capítulo 8 #3
A Aurora la abrumó vislumbrar su propia vulnerabilidad a través de los ojos de él.
Había iniciado aquel viaje con la esperanza de ser cuatro a la vuelta y, sin embargo, seguían siendo solo dos.
Ignorando sus intentos por retenerla, una lágrima se escapó para rodar libre por su mejilla.
Para su sorpresa, Rodrigo dio un paso adelante y, tras titubear un instante, posó con delicadeza la mano sobre su mejilla para atrapar con el pulgar aquella lágrima rebelde.
Como por acto reflejo, Aurora levantó la barbilla para encontrarse con que los destellos cobrizos de los ojos de Rodrigo se reavivaban y, por un segundo, casi creyó volver a ver en él al joven apasionado del viñedo.
De pronto el contacto de su mano le ardió sobre su mejilla, encendiéndola.
Sus pies quedaron anclados al suelo, incapaces de interponer entre ambos esa distancia que sabía necesaria, casi imperativa.
Podría haberse engañado a sí misma diciéndose que ignoraba el motivo de su inmovilidad, aunque lo cierto era que la soledad le pesaba demasiado y la desesperación que le astillaba el corazón desde que desconocía el paradero de sus hermanas era abrumadora.
Durante unos instantes, saboreó con deleite lo reconfortante que resultaba dejar de ser fuerte por obligación, cuando hacía mucho que las últimas fuerzas se le habían agotado.
Se abandonó a esa cálida sensación de no tener que seguir nadando a contracorriente y deseó poder permanecer así para siempre, refugiados su rostro y su alma en la poderosa palma de Rodrigo.
No obstante, a la mente de Aurora acudió como un destello la imagen de unos ojos grises, un flequillo desobediente, unos brazos rodeándola, su nombre susurrado en otra boca…
Pero Martín no estaba allí y no lo estaría jamás.
Porque Martín estaba muerto. Pese a aquella dolorosa certeza, el eco de su recuerdo resonó con tal ímpetu que fue suficiente para que Aurora reuniera la voluntad necesaria y diera un paso atrás, forzando así a Rodrigo a apartar la mano.
Allí donde había estado posada, quedó un rastro de calor humano que aún la turbaba.
—Perdona, no he debido…
Las disculpas de Rodrigo permanecieron en suspenso cuando una voz estridente los sobresaltó a ambos, arrancándolos de golpe de aquel inesperado y efímero momento de intimidad como el estallido de un cristal.
— Quelle joie de te trouver chez toi, chéri !
Delphine taconeaba hacia ellos con paso decidido afirmando cuánto se alegraba de su regreso y tal que, si se hubieran puesto de acuerdo, ambos se distanciaron como si nunca hubieran llegado a tocarse.
Al llegar a su altura, la prometida de Rodrigo no hizo comentario alguno, por más que los tres fueran conscientes de que había sido imposible no verlo.
—Tenía unos minutos libres antes de mi cita semanal en el salón de té con las compañeras del club de lectura y había pensado en pasar por aquí para hacerle una visita a tu madre para ponerla al corriente acerca de un par de ideas sobre la boda —explicó la francesa con una sonrisa tirante, ya agarrada al brazo de Rodrigo bien dispuesta a marcar territorio—, ya sabes cuánto la aprecio.
—Por supuesto —contestó Rodrigo, que no solo sabía que no era verdad, sino que resultaba imposible disimular que su madre a duras penas la soportaba.
—¡Y qué maravillosa casualidad encontrarte aquí! —exclamó antes de cambiar el tono para añadir—: Espero que el viaje no haya sido demasiado tedioso, chéri.
Aurora no tuvo dudas de que se refería a su compañía y de pronto fue consciente de que estaba de más. Decidió que era el momento de despedirse.
—Yo me marcho.
—Haces bien, querida, te queda un buen rato caminando hasta el quartier de la Marina. Será mejor que vayas con cuidado, he oído decir que por allí vive mucho maleante y desarrapado.
Aurora prefirió obviar el malintencionado comentario y musitó una educada despedida.
No prestó atención a la sonrisa de satisfacción de Delphine por perderla de vista, pues la mirada de Rodrigo eclipsó todo lo demás.
Le pareció que se había vuelto opaca, sin brillo, aunque su brazo rodeara la cintura de su prometida, o puede que fuera precisamente por eso.
Apretó el paso para abandonar la place de la Bastille lo antes posible, con la cabeza dándole vueltas.
Aquel viaje había resultado del todo diferente a lo que habría esperado.
Estaba de regreso, pero lo hacía sin sus hermanas, y las esperanzas de encontrarlas se iban difuminando con el paso del tiempo.
Al menos, se dijo, contaba con el respaldo de Rodrigo.
Volver a pensar en él le causó un profundo desasosiego.
Aurora recordó la asombrosa transformación de la que había sido testigo.
Atrás habían quedado los hombros relajados, la risa alegre y los ojos centelleantes algo achinados por el sol.
El Rodrigo que se había despedido de ella frente a su casa de la ciudad, serio y taciturno, nada tenía que ver con el que había visto en los viñedos.
Era como si se tratase de dos hombres distintos y Aurora se preguntó si acaso era posible que ambos habitaran bajo la misma piel.