Capítulo 8 #2
—Iba camino de revisar unas cepas que quedan en aquella colina cuando te he visto a lo lejos —explicó él como si hubiera adivinado su pensamiento y terminó de aproximarse con grandes zancadas—.
Venía a avisarte de lo inestable que es el terreno y de lo peligroso que puede ser caminar por aquí sin un calzado adecuado, pero veo que ya lo has podido comprobar por ti misma. Dime —insistió—, ¿te has hecho daño?
Al saberse observada durante su torpe avance y vergonzosa caída, Aurora sintió que el mayor daño lo había recibido su orgullo, pero trató de disimular con una tímida sonrisa.
—Estoy bien —dijo y alzó las palmas de sus manos aún sucias—, ni un rasguño.
De pronto Aurora cayó en la cuenta de cuánto se había alejado de la casa grande sin que Rodrigo la hubiera invitado a husmear por su cuenta y que, tal vez, estuviera pensando que era una maleducada además de una fisgona. Iba a disculparse cuando él se le adelantó.
—¿Habías estado antes en un viñedo?
—Nunca.
—¿Y qué sabes acerca de la uva y el proceso para hacer el vino?
Obligada a reconocer su ignorancia, bajó la vista al suelo, donde descubrió que Rodrigo calzaba unas botas recias mucho más convenientes. Se sintió ridícula.
—¡Eso no es posible! —fingió escandalizarse Rodrigo—. Estás de suerte, nuestro maître de chai no regresará hasta dentro de un par de horas, así que tenemos tiempo para remediar tan intolerable desconocimiento.
Aurora levantó el mentón algo aturdida. Ese Rodrigo frente a ella en nada se parecía al que había conocido en Orán.
Desprovisto del traje y de la solemnidad que solía vestir en la ciudad, la camisa arremangada por los codos, con un sombrero de paja y sus inseparables bretones a los pies, se le veía de pronto locuaz y cercano.
Allí, con aquellas viejas botas de trabajo, los hombros relajados y los ojos inundados de sol, no era más que un joven despreocupado… casi parecía feliz.
—A estas de aquí las llamamos chasselas, es la variedad que madura antes y por eso mismo nos sirve para determinar cuándo arrancar la vendimia —comenzó a instruirla y los destellos cobrizos de sus ojos se volvieron más intensos—.
Ahora no puedes verlo, pero aporta zarcillos largos de bayas redondeadas y carne blanca. ¡A los gorriones les encantan!
—Pero ¿cómo es posible? —preguntó Aurora al observar una de aquellas ramas resecas sin encontrar motivo para el entusiasmo que parecía inundar a su anfitrión ni a los pájaros—. Quiero decir, si casi parece que están muertas.
—En cierto modo lo están. Durante el invierno, la savia deja de fluir por el interior de la planta, se puede decir que entra en un período de letargo —explicó Rodrigo, sin disimular cuánto estaba disfrutando—.
Ahora mismo cada cepa tiene concentradas sus energías y su fuerza en las raíces, a la espera de que las temperaturas cambien, de que las horas de luz aumenten…
solo entonces volverá a la vida. Y lo hará con lágrimas.
—¿Lágrimas? ¿Cómo es posible?
—Al reanudarse el flujo, la savia escapa por los cortes de la poda en forma de gotas.
Casi parecen lágrimas, por eso se le conoce como el lloro de la vid.
No te dejes engañar por su aspecto ahora, en unos meses todo esto que ves se habrá llenado de nuevos brotes y luego de hojas verdes que protegerán los pámpanos con su sombra.
El paisaje cambiará por completo. Cada grano de uva recogido será solo el culmen de un proceso único que se viene repitiendo cada año desde que la humanidad existe.
Un pequeño milagro que cabe en la palma de una mano.
Sin dejar de caminar entre hileras de sarmientos retorcidos, Aurora atendía fascinada. La transformación que se apreciaba en Rodrigo Morague estaba a la altura de la que sufrían las vides.
—¿Y esas de allí? —preguntó señalando hacia una zona diferente para disimular un nuevo tropiezo.
—Oh, son las datier, conocidas como teta de vaca, con perdón por la expresión —se rio de nuevo con esa risa ligera que ella no le había conocido en la ciudad y lo volvía, era inútil negarlo, mucho más atractivo—; son de origen turco, pero más tardías.
Allí tenemos las valensy, que son delicadas y se estropean con las avispas; más allá están las faranah, una variedad local muy extendida…
¡Ah!, esto te va a encantar. También cultivamos las alicante, como tu tierra.
La mención de su ciudad la pilló desprevenida y a punto estuvo de desbordarla.
Aurora trataba de no pensarlo, pero no olvidaba cuánto echaba en falta su casa, sus calles, su cielo, su mar…
En ese instante hubiera dado cualquier cosa por cerrar los ojos y despertar en la casa de la puerta azul de la calle San Rafael, pero, sobre todo, por hacerlo junto a sus hermanas.
—Es una uva audaz, resistente. Su jugo se incrusta en los pliegues de la piel con tanta determinación que su huella es difícil de borrar —continuó él mirándola con fijeza, y por un momento ella dudó de si seguía hablando de la uva.
Sintió un estremecimiento—. Da un vino rojo como su pulpa.
Cuando llegue la temporada te reservaré unos racimos para que los pruebes.
Aurora asintió agradecida y llevó sus ojos al horizonte, allí donde las vides se difuminaban contra el cielo, para tratar de contener la nostalgia que se le había enredado en las pestañas.
Esa misma noche, en su mullida cama con sábanas de fino algodón y tan grande que la hacía sentirse diminuta, trató de encajar todo lo vivido con Rodrigo durante la jornada en el intrincado puzle que conformaba aquel hombre.
Él no había elegido las cartas que le habían tocado en suerte al inicio de la partida, como tampoco ella.
Al conocerlo en Orán, le había parecido un bon vivant que nada sabía de sacrificios ni renuncias.
Siempre atareado entre reuniones con los empresarios y personalidades más relevantes, lo había encasillado en un molde en el que ahora presentía que no encajaba.
Allí, en el Soleil d’Oran, había sido testigo sin pretenderlo de cómo aquel molde se resquebrajaba a causa de una metamorfosis asombrosa.
Había advertido cómo la pátina de hombre inexpugnable se descascarillaba en algunas zonas para dejar asomar lo que escondía debajo.
Seguían siendo demasiados los interrogantes que lo rodeaban, pero al menos ahora contaba con una certeza: Rodrigo no era, ni mucho menos, lo que aparentaba.
* * *
Al día siguiente y tras una noche inquieta, Aurora se subió en el Citroën 11 para dejar atrás las fértiles hectáreas del Soleil d’Oran.
Rodrigo había preferido salir con tiempo para evitar que la noche los sorprendiese en ruta dado lo imprevisible de los caminos.
El trayecto de regreso a Orán se le antojó breve, pues el desvío hacia La mer et les pins no era ya necesario, y lo hicieron instalados en un cómodo silencio, cada cual sumido en sus propias reflexiones.
El aire que se colaba en el interior del habitáculo por la ventanilla que mantuvo bajada no consiguió llevarse consigo sus dudas y temores, pero al menos sirvió para apaciguarlos.
Con el automóvil estacionado a la puerta de su casa de la place de la Bastille, Rodrigo descendió para abrir el portaequipajes.
Aurora lo observó de pie en la acera y sus movimientos ágiles la llevaron de vuelta por un instante a la tierra de vinos que acababa de dejar atrás.
Sacudió la cabeza para espantar aquella ensoñación y regresar a la realidad.
—¿Estás segura de que no prefieres que te acerque a la pensión? —se ofreció Rodrigo una última vez—. No me cuesta nada.
—Me vendrá bien pasear un poco.
Rodrigo asintió y de pronto el silencio que se instaló entre ambos se volvió tenso, como si las palabras que ninguno había tenido antes necesidad de pronunciar exigiesen ahora con ímpetu su turno y retenerlas por inoportunas supusiese un esfuerzo.
Carraspeó mientras encendía un cigarro, luego se apoyó en el capó del Citroën para dar una larga calada.
—Siento mucho que el viaje haya acabado así.
De nuevo tuvo la incómoda sensación de que Rodrigo podía ver más allá de su piel cuando la observaba de esa forma.
Aurora apartó el rostro hasta perder la mirada en el bullicio de la plaza, que a aquellas horas estaba a rebosar de viandantes atareados que iban y venían como hormigas, cada cual inmerso en sus propios asuntos, ajenos al desgarro que la estaba desangrando por dentro.
Pestañeó varias veces, con determinación, para evitar que el llanto desbordara sus párpados.
—Aparecerán —prometió Rodrigo—, no pierdas la esperanza.