El abrazo del siroco Capítulo 8
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Capítulo 8

Llegaron a El Ançor caída ya la tarde. Tras la decepción sufrida en La mer et les pins, Rodrigo se había ofrecido a llevarla de vuelta a casa, pero Aurora se negó.

Gracias a él había conseguido hablar con una de las últimas personas que había visto a sus hermanas y no pretendía pagar un favor como ese haciéndole perder un importante viaje de trabajo.

De todas formas, ella lo que necesitaba era reflexionar y tanto le daba hacerlo en Orán o en el viñedo.

Bajo la luz ambarina del ocaso argelino, la primera visión del domaine de la familia Morague resultó abrumadora.

Más de cien ondulantes hectáreas de un terreno fértil en medio de una tierra por lo general áspera y ruda.

Desprovistas de hojas en aquella época, las vides se mostraban como unos escuálidos ramajes retorcidos sobre sí, modelados a capricho por el siroco.

Filas interminables de sarmientos que aguardaban pacientes el cambio de estación para florecer se sucedían, a veces siguiendo un orden milimétrico, otras en un absoluto caos en el que cada planta parecía haber decidido por cuenta propia dónde arraigar.

La sorpresa se dibujó en el rostro de Aurora y Rodrigo no pudo disimular una media sonrisa.

— Bienvenue au Soleil d’Oran —anunció con la voz henchida de orgullo al tiempo que su automóvil traspasaba la verja de entrada a la finca, adornada por sendos soles con ondulantes rayos de forja, y enfilaba un camino flanqueado por cipreses.

Dado que solía acudir con frecuencia incluso en las temporadas alejadas de la vendimia, la casa se mantenía abierta y en funcionamiento todo el año.

Se trataba de un gran edificio blanco de una sola planta en forma de U sobre cuyas tejas las últimas luces jugaban traviesas a dejarse perseguir por las sombras.

Ya en la fachada principal, orientada al sur, quedaba patente la fusión de estilos español, francés y árabe que conformaba la vivienda, otorgándole un carácter único y mestizo.

El conjunto, formado por grandes ventanales que se abrían hasta el suelo protegidos por contraventanas de celosía, un amplio porche con macetones y muebles de mimbre pensado para disfrutar de veladas pausadas o una buena conversación y una puerta de madera bellamente tallada, era sin duda espléndido.

Una pareja de alborotados bretones salió a su encuentro.

Rodrigo descendió del Citroën 11 para acuclillarse y dejar que lo rodearan entre frenéticos lametones y sacudidas de rabo.

A continuación, le presentó a Dunia, quien llevaba a cabo las tareas de cocinera, doncella o cualquier otra que fuera necesaria en el interior; del exterior se ocupaba su esposo Ibrahim.

Eran un discreto matrimonio de mediana edad originarios de Constantine que se dirigían a Rodrigo como le patron.

Vivían en una coqueta casita anexa, a diferencia del resto de trabajadores, cuyas modestas viviendas se encontraban algo más retiradas, junto a una escuelita, un dispensario médico y un espartano campo de fútbol.

Avisados de su llegada, habían acondicionado un dormitorio para Aurora y les tenían la cena preparada, lista para servir en el gran comedor.

—No te sientas obligada —la dispensó Rodrigo una vez se quedaron solos.

Pillada en falta, Aurora dio un respingo, pues en ese preciso instante estaba pensando que lo último que le apetecía era sentarse a la mesa y fingir que podía mantener una conversación cordial.

Ni siquiera se sentía capaz de probar bocado con los nervios instalados en el estómago.

Después de lo ocurrido en La mer et les pins, lo único que ansiaba era estar a solas con sus pensamientos.

—La verdad es que estoy agotada —respondió forzando una sonrisa agradecida—, han sido demasiadas emociones para un solo día.

—Lo comprendo. Tu dormitorio está al fondo de aquel pasillo, espero que lo encuentres todo a tu gusto, pero si necesitas cualquier cosa, Dunia se retira tarde, no tengas apuro en avisarla.

—Gracias.

Ya salía del comedor cuando la voz de Rodrigo la alcanzó por la espalda.

—Lo siento mucho, Aurora, ojalá las cosas hubieran salido de otra forma.

Ella asintió. Sí, ojalá todo hubiera sido diferente.

De camino a su dormitorio descubrió que el interior de la casa resultaba incluso más soberbio que el exterior.

En los techos, vigas de troncos de palmera sostenían unos ventiladores ahora adormecidos y en los suelos grandes alfombras saharianas se sucedían con pieles de cabra para amortiguar sus pasos.

Al pasar frente a un salón en penumbra, se detuvo un segundo para admirar los sofás de cuero, hasta que los ojos brillantes de un gran lagarto disecado en un rincón la animaron a reanudar su camino.

En su habitación, para alivio suyo decorada con más sobriedad, una mano de Fátima grabada con un ojo de cristal azul engastado en la palma la custodió desde un velador de caoba con incrustaciones de nácar mientras se desnudaba.

Hubiera esperado una noche en blanco rumiando acerca del paradero de sus hermanas, pero lo cierto fue que las ilusiones y las decepciones habían agotado su espíritu, de modo que cayó en un inquieto sueño tan pronto su cabeza rozó la almohada.

La espabilaron al amanecer los gallos junto con la curiosidad por descubrir el viñedo a la luz del día.

Se desperezó en aquella cama inmensa con un bostezo antes de asearse con la jarra que la servicial Dunia había dejado prevista para tal fin.

Que estuviera fría le gustó. Nada más abandonar el cuarto, un torbellino de pelos y babas la arrolló y a punto estuvo de hacerla caer.

—¡Valjean, Éponine! Llevad más cuidado con la visita —los regañó Rodrigo—. Disculpa, espero que no te hayan asustado.

—En absoluto —mintió Aurora. Le gustaban los animales, pero no tenía costumbre de relacionarse con ellos a distancias tan cortas—. Son muy… efusivos.

—¡Ja! Es una forma educada de decirlo, sí —rio él—. ¿Sabes? Ellos son una de las razones por las que vengo a menudo. Traté de llevarlos conmigo a Orán en una ocasión, pero en un descuido Éponine se coló en la pajarera y para cuando nos quisimos dar cuenta ya se había zampado un par de guacamayos.

—¡Qué me dices!

—A mi madre casi le da un soponcio, imagínate —señaló con dedo acusador a los dos canes, que observaban a su dueño con ojos atentos y la lengua fuera formando una sonrisa, como si la anécdota les pareciera de lo más divertida—. Desde entonces no puede ni verlos.

Ambos fueron incapaces de retener la risa a pesar de la tragedia para la señora Sagrario y los desafortunados guacamayos.

—¿Has desayunado ya? —preguntó Rodrigo.

—No querría ser una molestia.

—En absoluto, Dunia lo debe de tener ya todo preparado en el comedor, ve y come cuanto quieras. Estarás hambrienta, anoche no cenaste.

—¿No me acompañas?

—No tengo costumbre de tomar más que un café por las mañanas y lo hice hace rato. —Miró su reloj—. Si me disculpas, ahora debo atender asuntos de la finca.

Aurora lo vio marchar seguido por sus dos perros y permaneció aún un buen rato mirando el pasillo vacío con una extraña sensación en el pecho.

La diligente Dunia se empeñó en servirla como si en vez de la cena se hubiera saltado las ingestas de una semana entera, agasajándola con unos deliciosos panecillos de leche, mantequilla, mermelada de higos y naranjas recién cogidas del árbol.

Después del opíparo desayuno, Aurora decidió que un paseo por los alrededores de la casa la ayudaría a poner en orden sus pensamientos.

En Alicante, el aire libre junto con la tibieza del sol solían ayudarla a calmar la mente y templar los ánimos, y eso era justo lo que ella necesitaba en esos momentos.

No dejaba de darle vueltas a quién podía ser aquella misteriosa mujer que se había llevado a sus hermanas.

Se aferraba a la idea de que se tratase de alguien de buen corazón cuya única intención fuera la de ayudar a un par de refugiadas, como la misma doña Tecla había hecho con ella.

Pero ¿y si no era así? En los peores momentos, cuando la desgracia ahoga, no falta gente dispuesta a aprovecharse de los más desvalidos. Aquella posibilidad la martirizaba.

Saludó con un cortés « bonjour, Ibrahim» al marido de la cocinera, quien se dirigía a la parte trasera de la casa empujando una carretilla con tierra y aperos de labranza, cubierta la cabeza con su turbante azul.

Aurora supuso que tendrían un huerto allí para abastecerse.

Pese a su desasosiego, la mañana era espléndida.

Se detuvo un instante para apreciar el entorno con detenimiento.

Frente a ella se extendía un paisaje tan inquietante como abrumador.

Cientos, miles de esqueletos de vides se multiplicaban siguiendo las ondulaciones del suelo hasta donde alcanzaba la vista.

La luz blanca bañaba un paisaje duro donde cada palmo de terreno libraba una lucha eterna contra un clima despiadado en el que, tras largas temporadas de sequía, se sucedían imprevisibles lluvias torrenciales que provocaban daños y disgustos.

Como resultado, aquellas plantas tercas se empeñaban en sobrevivir aun teniéndolo todo en contra. Al igual que ella.

Aurora permitió que sus pasos, siguiendo a sus pensamientos, fluyeran con libertad sin retenerlos ni dirigirlos.

Así fue como poco a poco se fue alejando de la gran casa.

Para cuando se quiso dar cuenta, se encontraba recorriendo algunos senderos que discurrían de forma abrupta y en los que sus desgastados botines de medio tacón se hundían sin cesar.

Empezaba a preguntarse si no sería mejor dar media vuelta antes de torcerse un tobillo cuando su pie se enredó en una raíz y acabó aterrizando en el suelo.

—¡Maldita sea! —exclamó poniéndose en pie, tratando de sacudir sin demasiado éxito el polvo de su ropa.

—¿Te encuentras bien?

La voz de Rodrigo a su espalda la sobresaltó. ¿De dónde habría salido?