El abrazo del siroco Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Ha perdido la cabeza si cree que nos vamos a quedar aquí —afirmó Estrella procurando sonar firme entre toses.

—Mira, me voy a tomar la molestia de explicároslo una sola vez, así que hacedme el favor de prestar atención.

—En la voz de la mujer empezó a adivinarse la impaciencia—.

Vosotras dos no tenéis dónde caeros muertas, estáis solas y desamparadas en un mundo en guerra.

Yo os ofrezco cama, comida, seguridad y algunos lujos hoy en día al alcance de muy pocos.

Seríais estúpidas si rechazáis esta oportunidad.

Justo entonces el ataque que sobrevino a Estrella se tornó más virulento y su hermana se concentró en ayudarla a sentarse en uno de los escalones mientras trataba de respirar entre violentas convulsiones.

Aquello le proporcionó a Rocío el tiempo que necesitaba para tragar la bilis que le había subido a la boca con la propuesta de Violeta.

Ella ya se había visto antes sometida a la voluntad de los hombres.

Sabía lo que se siente cuando unas manos ajenas te recorren el cuerpo sin permiso.

Recordaba los gemidos, los jadeos y la mezcla de vergüenza y culpa que quedaba siempre después.

Violeta no lo sabía, pero Rocío ya había vendido su cuerpo antes de abandonar Alicante.

Si bien ella no lo hizo por dinero, sino por miedo y porque no tuvo elección.

De aquella pesadilla había salido algo bueno: el hijo que llevaba en las entrañas.

Además de la promesa de que ningún hombre volvería a tocarla jamás. Y estaba dispuesta a cumplirla.

—Le agradecemos que nos haya sacado del albergue —anunció una vez las toses de Estrella remitieron—, pero no vamos a trabajar para usted.

—¿Y qué piensas hacer, alma de cántaro? Porque, hasta donde yo sé, tú estás preñada, tu hermana enferma y no tenéis ni un solo franco en el bolsillo.

—Encontraremos la forma de ganarlos honradamente.

—Si de algo estoy segura, es de que no encontraréis nada mejor que lo que yo os ofrezco. Así que, cuando os canséis de vagabundear por la ciudad, volved. Os estaré esperando.

Rocío ayudó a levantarse a Estrella y le dedicó una última mirada a Violeta, que seguía inmóvil a las puertas de su singular jardín.

—No nos espere de pie.

* * *

Al enfrentarse a solas a la capital de la colonia francesa, las mellizas descubrieron con rapidez que Argel la blanche era más grande de lo que les había parecido desde el coche.

Lo primero que hicieron fue huir del ambiente opresor de la casbah a fin de respirar el aire fresco que ascendía del mar para caracolear entre los grandes bulevares y avenidas de influencia europea.

La capital se reveló entonces majestuosa, espléndida, orgullosa del embrujo que provocaba en cada nuevo visitante.

Así descubrieron el bullicioso boulevard Laferrière, sus plazas con quioscos y sus refrescantes jardines con palmeras, ficus y magnolios, sus monumentos a personajes ilustres y sus construcciones parisinas en cuyas fachadas ondeaban banderas francesas.

Allí, en la parte más luminosa, durante horas Rocío arrastró a Estrella de comercio en comercio preguntando si necesitaban personal o sabían de algún lugar donde probar suerte.

En los locales donde solo hablaban francés las despachaban de malas maneras sin esforzarse por entenderlas siquiera.

En los que sí hablaban español o incluso valenciano las dependientas las miraban con lástima, pero sin posibilidad alguna de ayudar.

Las puertas de las boulangeries, zapaterías, perfumerías, épiceries y demás se les fueron cerrando al tiempo que las escasas fuerzas de Estrella se iban consumiendo.

Dejaron atrás la prefectura, el hôtel de ville y el casino municipal sin dejarse sobrecoger por la bella panorámica sobre el puerto que se podía disfrutar desde el front de mer.

Caída la tarde, el aroma de un delicioso guiso las condujo a una casa de comidas, con el estómago protestando entre rugidos.

La vergüenza les impidió mendigar, pero se atrevieron a preguntar si no requerían ayuda sirviendo mesas o fregando en la cocina.

—Lo único que puedo ofreceros es un plato caliente, chiquetes —respondió la mesonera, una mujerona sudorosa originaria de Oliva que trajinaba entre cazuelas mirándolas con compasión—, que les coses estan complicades per a tots.

Mientras despachaban la comida en una mesa diminuta de la esquina, Rocío se dio cuenta de que Violeta no había estado desencaminada en sus predicciones.

Sin documentación en regla ni dominio del idioma, nadie les daría trabajo.

Al menos no con la urgencia con la que ellas lo necesitaban.

Con la noche encima y agotadas, las mellizas decidieron que lo mejor sería regresar a la casbah.

Al menos allí apenas se veían esos policías uniformados que habían esquivado en la parte más moderna de la ciudad, temerosas de que les pidieran unos papeles que no tenían.

Además, no se dejaron llevar a engaño por el límpido cielo ni por el sol que las había acompañado en su deambular, sabían que al caer la noche el frío húmedo del invierno argelino las acecharía sin piedad.

Resignadas a su negro destino, se acurrucaron en una esquina tranquila sin olor a orín y donde el viento proveniente del mar no se les metía en los huesos hasta hacerlas tiritar.

Aunque Estrella tiritaba desde mucho antes, pues el esfuerzo de la caminata la había dejado exhausta.

La fiebre había vuelto con más fuerza y Rocío se tragaba las lágrimas sin saber cómo se las apañaría para salvarla.

Pensó en Aurora, en cuánto deseaba que estuviera a su lado.

Ella habría sabido qué hacer, siempre lo había sabido.

Aurora había cuidado de ellas como la madre que no llegaron a conocer y en esos momentos la echaba de menos más que nunca.

No supieron que se habían dormido hasta que las despertaron unos gritos destemplados.

Rocío abrió los ojos con dificultad para comprobar que todavía era noche cerrada.

Aturdida por el sueño, tardó unos instantes en darse cuenta de que quien las increpaba era una pareja de gendarmes.

Las sacudían con las puntas de sus armas y el tacto frío del metal terminó de despabilarla.

—¡Por favor, nosotras no hemos hecho nada! —suplicó ovillada en el suelo, procurando enfocar sus pupilas en la penumbra.

— Espagnoles ? Montrez vos papiers !

— Je ne comprends pas. Apenas hablo francés.

A sus palabras le siguieron más voces y gestos bruscos; desesperada, Rocío solo pudo pensar en una salida.

—¡ Madame Violeta! —exclamó alzando las manos en el aire en un gesto apaciguador—. Madame Violeta, la propietaria de El Jardín. Ella nos conoce. S’il vous plaît, pregúntenle a ella.

* * *

—Sabía que nos veríamos de nuevo —dijo Violeta, y no había burla en su tono, tan solo la confirmación de lo que de antemano se sabe inevitable.

Los gendarmes habían discutido brevemente al escuchar el nombre de Violeta y su establecimiento de boca de Rocío.

Luego, entre risas lascivas, apremiaron a las mellizas a caminar hasta la puerta de El Jardín y llamaron a la puerta.

Les abrió Violeta y, tras un breve intercambio de frases, la madama hizo venir a un par de señoritas ligeras de ropa que enroscaron sus brazos en los de los hombres para llevárselos al interior entre caricias y contoneos.

—Espero no haberla puesto en un compromiso —se disculpó Rocío. Estrella había llegado al burdel sin aliento, por lo que la acomodaron con sus armas y me asusté mucho… su nombre fue lo único que se me ocurrió.

—Tranquila, en quince minutos estos dos darán por saldada su obra de caridad al dejaros libres. ¡Menudos son! A la mínima aprovechan para conseguir un polvo gratis.

—Gracias.

—¿Gracias? —preguntó Violeta levantando una ceja perfectamente perfilada—. ¿Así es como piensas pagarme el favor que os acabo de hacer? ¿Dándome las gracias?

—No se confunda, sigo sin valer para puta.

—Para eso valemos todas.

—Yo no.

Violeta la observó unos instantes sin decir nada y, después de inspirar profundamente y exhalar despacio, cruzó los brazos sobre su pecho.

—En ese caso, ¿cómo se te ocurre que podrías saldar tu deuda? —preguntó. Rocío se encogió sobre sí misma, incapaz de dar una respuesta. Violeta la observó despacio, sacudió la cabeza de lado a lado y suspiró con resignación—. A ver, criatura, ¿sabes llevar una casa?

—Por supuesto. Limpio, plancho, cocino… —enumeró Rocío, que, de pronto, sintió un pellizco de esperanza en el estómago—. Hago cualquier tarea y la hago rápido y bien.

—¿Te supondría un problema tener que hacer todas esas tareas aquí, en El Jardín?

—Mientras no tenga que levantarme la falda, ninguno en absoluto.

—Ganarás mucho menos que de la otra forma, lo sabes, ¿verdad?

—Eso no me importa. Si puedo darle a mi hermana un techo y comida caliente, será suficiente.

Esa noche, cuando las mellizas entraron en El Jardín por primera vez, no podían imaginar que aquel lugar iba a cambiar sus vidas para siempre.

No obstante, se aferraron a aquella inesperada oportunidad con la determinación de quienes saben que no se les volverá a presentar otra parecida con facilidad.

De hecho, si querían sobrevivir, esa sería la única manera.