Capítulo 7 #2
El peso de Estrella sobre su hombro la ayudó a tomar la decisión. Su única certeza era que no podían permanecer en el albergue o quizá acabarían pagando un precio que prefería no pensar. Tampoco quería pensar en dar a luz a su hijo siendo una prisionera. Así pues, se armó de valor y dijo:
—Nosotras también estamos muy felices de volver a verla, prima.
Eso fue todo. Con aquel simple intercambio de frases su acuerdo quedó sellado.
Caminaron juntas hacia el coche que, como les había anunciado, aguardaba en el camino.
Las mellizas se acomodaron en el asiento trasero y la mujer lo hizo delante, junto a un conductor que parecía decidido a hacer como si ellas no existiesen.
—¿Cuándo piensa decirnos quién es usted? Porque lo que está claro es que no es prima nuestra.
—Podéis llamarme Violeta.
—No me refería a eso.
—Lo sé, pero de momento es todo lo que necesitas saber.
—¿Ni siquiera adónde vamos?
—¿Acaso importa?
La tarde estaba tocando a su fin, por lo que el chófer encendió los faros delanteros.
Pronto Aïn El Turk quedó atrás. Los haces de luz iluminaban la carretera que se iba tragando el automóvil en su avance, más allá de las lindes de ambos lados se abría la nada.
Estrella se había tendido en el asiento trasero y su cabeza descansaba sobre el regazo de Rocío.
De vez en cuando, algún bache la despertaba y preguntaba adónde iban, a lo que su hermana solo sabía responderle que volviera a cerrar los ojos e intentara descansar.
Tras varias horas, el agotamiento propio de las emociones y dudas sin respuesta sumió a Rocío en un sueño inquieto del que la sacó un socavón.
—Estamos llegando —anunció Violeta.
Rocío se frotó los ojos y supo que habían rodado toda la noche porque ya empezaba a amanecer.
La oscuridad y el sueño le habían impedido advertir que, tras rodear Orán, tomaban la pintoresca ruta del litoral, la número once, y atravesaban importantes núcleos urbanos como Mostaganem, Tenés o Cherchel.
Sí pudo comprobar que, pese a la distancia recorrida, el paisaje no había cambiado.
Estrella se espabiló cuando el silencioso conductor bajó la ventanilla para refrescar el interior cargado del automóvil y le llegó el inconfundible olor a salitre.
Así supieron que, donde fuera que estuvieran, no se habían alejado de la costa.
De algún modo, saber que su añorada Alicante seguía estando al otro lado las reconfortó en lo más profundo.
A lo lejos se fueron dibujando los contornos de una gran ciudad vestida de blanco.
Antiguo hogar de deys y pachás, apenas quedaba rastro de la muralla que un día la protegió; lo que no había desaparecido eran los vestigios de un glorioso pasado de conquistas, piratería y riqueza.
Dejaron a la derecha la universidad y la estación de l’Agha , prácticamente vacías todavía a esas tempranas horas de la mañana, tras lo cual el coche avanzó por boulevards de edificios coloniales en cascada que rezumaban estilo europeo con sus fachadas impecables y sus arcadas de piedra.
Una mezquita de líneas simples y un blanco impoluto emergió entre todos ellos como si pretendiera recordarles en qué lugar del mundo se encontraban.
El puerto, casi tan grande como la propia ciudad, se extendía a sus pies y fue en sus proximidades donde el conductor detuvo el vehículo, del que las tres mujeres descendieron acusando el entumecimiento tras las largas horas de inmovilidad.
La incertidumbre junto con el aire fresco de la mañana las despejaron, pero tanto Estrella como Rocío presentaban un aspecto deplorable después del viaje.
Por el contrario, Violeta se mantenía igual de espléndida que la primera vez que la vieron.
Se recompuso el traje de chaqueta y despidió al chófer:
—Puedes quedarte tranquilo, Agustín, por mi parte nadie se va a enterar de que has cogido el coche de tu jefe. Y pásate por El Jardín cuando quieras, bien sabes que yo pago los favores.
Él sonrió y asintió como si con esa promesa todo el cansancio acumulado se viera recompensado, luego pinzó entre los labios el cigarrillo que se acababa de encender para girar el volante y desaparecer de su vista sin que hubieran llegado a escucharlo pronunciar una sola palabra.
—¿Estamos en Orán? —preguntó Rocío con la esperanza de poder reencontrarse con Aurora.
—No, queridas, estamos en la esplendorosa Argel.
Y por el tono empleado por Violeta, no supieron adivinar si lo decía en serio o era pura ironía.
—¿Vamos a subir a un barco? —preguntó Estrella en una deducción obvia, dada la cercanía del puerto.
—Nada de barcos, nosotras somos sirenas de tierra firme —las sorprendió Violeta con una palmada al aire—. Seguidme y mirad bien dónde pisáis, no vayáis a torceros un tobillo precisamente ahora.
Obedecieron porque no tenían más opción.
Estaban solas en una ciudad extraña, sin dinero ni nadie a quien poder recurrir, excepto aquella desconocida que, en vez de dirigirse a las avenidas amplias y luminosas que habían visto a su llegada, se perdía en el interior de una de las callejuelas que arrancaban a espaldas de la mezquita.
Se apresuraron para no perderla de vista.
La casbah era un entramado retorcido que había sido construido siglos atrás siguiendo la acusada pendiente del terreno.
El suelo era adoquinado y se sucedían un sinfín de escaleras, a veces angostas y empinadas, otras más suaves y con rellanos para permitir la maniobrabilidad de los burros, único medio de locomoción que podía acceder al interior y que, por tanto, eran utilizados para todo tipo de tareas, desde el transporte de mercancías hasta la recogida de basuras.
La estrechez en la que se amontonaban las viviendas dificultaba la entrada del sol e impedía que en algunos rincones este consiguiera colarse más que unos breves minutos cuando estaba en lo más alto.
En el aire flotaba un olor acre, mezcla de especias, pan recién horneado, desperdicios que cada poco aparecían amontonados en alguna esquina y ropa limpia tendida en las azoteas.
A su lado, como si su intención fuera hacerles entender que la casbah nunca dormía, transitaban gentes arriba y abajo de lo más variopinto: árabes ataviados con sus chilabas ellos y cubiertas con jaiques blancos ellas, judíos con la kipá, italianos de pelo crespo, españoles de rostros familiares y un sinfín de nacionalidades que mezclaban sus idiomas sin importar que al final solo se escuchara un batiburrillo ininteligible.
Los comercios, con una lona sostenida mediante palos en la fachada, exponían su mercancía en la puerta: alfombras, frutas y verduras, babuchas de piel, dulces elaborados con almendra y miel, artesanía de latón repujado…
Estrella y Rocío observaban todo con atención, bien juntas, aterradas ante la posibilidad de perderse en aquel laberinto ruidoso y palpitante que parecía querer tragárselas vivas.
Por fin Violeta, que no había tenido problema alguno en orientarse, como tampoco lo había tenido en subir la infinidad de peldaños con sus zapatos de tacón o esquivar con elegancia a los insistentes vendedores callejeros, se detuvo frente a un portal.
—Ya hemos llegado. Bienvenidas a El Jardín.
Las mellizas levantaron la vista sin encontrar en aquel edificio rastro alguno de vegetación que justificara su nombre.
Sobre la puerta de madera, un letrero pintado a mano anunciaba el nombre del lugar, junto a él la silueta de un cuerpo femenino en una postura sugerente envuelto en velos que mostraban más de lo que ocultaban.
—Un momento —se detuvo Rocío sin atreverse a cruzar la puerta que Violeta mantenía abierta para ellas—, esto no es ningún jardín.
—Ni vosotras florecillas silvestres, ¿verdad?
—Pero… —insistió Rocío, incapaz de desprenderse de la incomodidad que la invadía por momentos. Desde allí podían atisbar parte del interior, donde se intuían mullidas alfombras cubiertas por cojines de colores. Un fuerte aroma a incienso y perfume las aturdió.
—¿Sí, querida?
—¡Esto es un prostíbulo! —exclamó Estrella con tanto ímpetu que la asaltó un nuevo ataque de tos.
—Por supuesto que lo es —reconoció Violeta con una sonrisa que casi parecía inocente—. ¿O acaso pensabais que os ibais a alojar en un hotel?
—Me parece que usted se ha confundido con nosotras —respondió Estrella luchando por aspirar algo de aire—. Ni somos sus primas ni, menos aún, putas.
—Vosotras seréis lo que haga falta, igual que todas, a ver si va a resultar que os creéis mejores.
—¿Quiere decir que ha ido a buscarnos solo para esto?
—balbuceó Rocío, viendo cómo se desvanecían sus únicas esperanzas de que alguien velara por ellas hasta que pudieran reunirse con Aurora—.
No lo entiendo. Seguro que había otras chicas más cerca.
¿De verdad era necesario recorrer tantos kilómetros?
—Bueno, chicas hay muchas, eso es cierto, incluso algunas tan bonitas como tú —admitió Violeta—. Pero pocas son las que tienen el vientre lleno. Y eso, querida, aunque no lo creas, hay clientes que lo saben valorar muy bien. En cuanto se te note se volverán locos.
Rocío se cubrió la boca con las manos, horrorizada.
—No me mires así, yo no soy la que hace que el mundo sea como es.
Tan solo he aprendido a amoldarme a él. Y ha resultado que los albergues y campos de internamiento donde los franceses retienen a las refugiadas españolas son un lugar perfecto para encontrar jóvenes desesperadas por conseguir otra vida.
Yo os la estoy ofreciendo en bandeja de plata.
—¿Quiere decir que no somos las primeras que…?
—Por supuesto que no. Soy una mujer de negocios y, por tanto, tengo mis contactos en los lugares apropiados. Cuando aparece algo interesante no tardo demasiado en enterarme. El resto es sencillo siempre que se tengan los medios necesarios para conseguirlo. Y resulta que yo los tengo.