Capítulo 7
La mer et les pins no era un verdadero hogar, ni lo sería nunca a pesar del empeño de las valientes mujeres que lo habitaban por la fuerza y que se afanaban en convertirlo en un lugar cálido donde poder olvidar que en realidad no eran sino prisioneras.
No, aquello no era un hogar, pero era lo único que tenían.
Fueron esas mismas mujeres del dormitorio común quienes se convirtieron en el ancla que salvó a las mellizas de la deriva.
Aunque nada de eso impedía que la angustia las devorara día y noche preguntándose qué habría sido de Aurora.
En las últimas semanas, el cuerpo de Rocío había empezado a cambiar.
Se trataba de transformaciones muy sutiles todavía y eran la prueba de que la vida se abre paso hasta en las peores circunstancias.
Solo estaba de cuatro meses, pero notaba su pecho más pesado y la fina cintura de la que siempre había presumido se iba difuminando poco a poco, lo que la turbaba y emocionaba a partes iguales.
Había temido sentir rechazo ante aquel bebé que crecía a partir de la semilla que un hombre sin escrúpulos le dejó clavada dentro.
Sin embargo, cuando observaba con curiosidad su vientre, olvidaba los encuentros forzados en una trastienda con olor a polvo viejo, la vergüenza o el asco del roce de una piel no deseada contra la suya.
Todo eso dejaba de existir ante la certeza de que lo que habitaba en su interior nada sabía de las maldades humanas. Todavía.
—¿Sabes dónde está el padre?
Rocío no había compartido su estado con el resto de mujeres.
No pretendía esconderlo, pero la abrumaba la avalancha de preguntas con que sería recibida la noticia.
Aquella nueva vida que crecía pese a todo era lo único bueno que tenía y no quería que nada ni nadie lo enturbiara, obligándola a recordar lo que tanto empeño ponía en olvidar.
Hasta que una tarde, Vicenta la descubrió acariciándose el vientre mientras miraba por la ventana abstraída y Rocío no se detuvo a lamentarse por su torpeza.
Se volvió con la mandíbula apretada y respondió:
—Mi hijo no tiene padre.
Vicenta no necesitó más para comprender que ese no era un tema sobre el que Rocío quisiera hablar, así que esbozó una sonrisa comprensiva y se colocó a su lado para observar por la misma ventana que daba al jardín.
Al otro lado, varios niños, refugiados como sus madres, jugaban a las tabas con piedras del jardín.
—Los padres no sirven para nada. Si lo piensas bien, ellos solo se limitan a darse el gusto y ya. Luego, el verdadero trabajo lo hacemos nosotras. Las noches sin dormir, las preocupaciones, los cuerpos baldados, los sacrificios… Somos las madres las que cargamos con todo.
—¿Tú tienes hijos?
—Los tuve… hace tiempo.
El tono de Vicenta volvió a ser tan cerrado y opaco como el que poco antes había utilizado la propia Rocío.
Dejaba entrever una tragedia tan inmensa que no hubiera cabido en cualquier otra frase, por larga que fuera.
Las dos mujeres se quedaron calladas unos instantes, permitiendo que los segundos corrieran y aliviaran sus respectivos infortunios.
—¿Cómo está tu hermana?
Ambas se volvieron hacia el catre en el que dormía Estrella, bien cubierta por varias mantas para aislarla de las corrientes de aire que culebreaban por el albergue.
—Ha vuelto a tener fiebre. No lo entiendo. La semana pasada mejoró tanto que incluso se levantaba y era capaz de dar cortos paseos agarrada a mi brazo… y de repente empezamos otra vez. Temo que su cuerpo esté tan debilitado que no consiga sobreponerse a lo que sea que la está consumiendo.
—Este no es sitio para alguien que necesite cuidados.
—Este no es sitio para nadie.
Igual de cierto era que Estrella había tenido una leve mejoría, como que esta había sido tan breve que a Rocío le quedó un regusto amargo al fondo del paladar ante el temor de lo que podría llegar a ocurrir si su hermana no se recuperaba definitivamente.
—¡Rocío! ¡Estrella!
Alertadas por las voces, las dos jóvenes se volvieron hacia la puerta del dormitorio común para ver cómo la cabeza de Mercedes aparecía por el hueco.
—¿Qué pasa, madre? Hay que ver qué gritos, ni que se acabara el mundo…
Mercedes no perdió un segundo en replicar a su hija Vicenta, se dirigió directamente hacia Rocío y la tomó de las manos.
—Ha venido una mujer a reclamaros, a las dos.
—¡Aurora! —Rocío dio un respingo y a punto estuvo de salir corriendo. Pero las manos de Mercedes la retenían.
—No, no es Aurora.
Rocío la miró aturdida, tratando de asimilar la decepción al tiempo que sus latidos descontrolados procuraban acompasarse de nuevo.
—¿Quién puede ser si no? ¿Estás segura de que no es nuestra hermana?
La mujer asintió con firmeza.
—Dice que es vuestra prima.
—Debe de ser un error —negó—, nosotras no tenemos familia en Argelia.
En ese momento, Vicenta y Mercedes cruzaron una elocuente mirada. La hija agarró del brazo a Rocío y la llevó a uno de los catres para que las tres se sentaran.
—¿Y acaso eso importa?
—Pero ¿cómo no va a importar? —saltó Rocío extrañada.
—A ver, Rocío, párate a pensar un momento. Sea un error o no lo sea, lo único que importa es que esa mujer es vuestro billete de salida de este lugar. Y que puede que no se os vuelva a presentar otra oportunidad.
—Escúchanos, que nosotras llevamos mucho aquí y sabemos cómo funcionan las cosas —añadió Vicenta para corroborar las palabras de su madre—.
Los franceses están ocupados con su propia guerra en Europa y no saben qué hacer con nosotras.
Ahora mismo tienen problemas más grandes de los que preocuparse, así que por el momento simplemente nos mantienen aquí para que no les causemos otros nuevos.
Y esto no va a cambiar hasta que ganen la guerra o la pierdan, quién sabe.
Entre tanto, las que no tengamos un familiar que nos reclame y firme que se hace responsable seguiremos aquí encerradas como criminales. ¡Pero vosotras podéis salir!
La mirada de Rocío se posó en el cuerpo de Estrella.
Le acarició la frente húmeda de sudor y comprobó que le había vuelto a subir la fiebre.
Tal vez Mercedes y Vicenta tuvieran razón.
Ese era el milagro que tanto había anhelado.
Lo tenía justo al alcance de la mano. No podía rechazarlo.
Además, que la desconocida que había acudido en su busca no fuera Aurora no significaba que su hermana no estuviera detrás.
De pronto se le ocurrió que tal vez por algún motivo su hermana no había podido acudir y en su lugar había enviado a otra persona.
—Está bien —accedió al fin, ignorando el aguijonazo de las miles de preguntas para las que no tenía respuesta.
No necesitó más de dos minutos para recoger los pocos objetos personales que tenían: los abrigos, un peine de carey que les había regalado Vicenta y nada más.
Luego madre e hija la ayudaron a levantar a Estrella, tan aturdida por la calentura que apenas reaccionaba.
Caminaron despacio, escoltadas por las dos mujeres que no se separaron de ellas.
Cuando llegaron al recibidor, Mercedes se dirigió al guardia en una mezcla entre español y francés que, de ser otras las circunstancias, les habría resultado cómica.
— Monsieur ! Voilà, aquí tiene usted les deux filles que buscaba: Estrella y Rocío Robles. Ça va ?
El hombre no se dignó a mirarlas hasta que no apuró el cigarro que tenía entre los dedos. Solo cuando exhaló la última calada se giró hacia ellas y estudió a las hermanas. Un brillo lascivo brilló en sus pupilas al repasar el cuerpo de Rocío.
— Oui —afirmó dibujando una fea sonrisa—, ça va très bien.
No tuvieron ocasión de despedirse de nadie más que de Mercedes y Vicenta con unos besos apresurados en las mejillas y fugaces promesas de verse pronto que las cuatro sabían imposibles de cumplir.
El guardia no tardó en impacientarse y, de un tirón brusco, las apartó para enseguida obligar a las mellizas a caminar por el jardín hacia la verja de la entrada.
Allí esperaba una mujer de gesto adusto que no conocían de nada.
—Queridas primas, qué alegría teneros al fin conmigo. Ya está todo arreglado, he firmado los documentos y podemos irnos a casa. Vamos, un coche nos espera.
Con el primer vistazo, Rocío adivinó que aquella desconocida nada tenía que ver con su hermana Aurora.
Los años no impedían intuir el atractivo que había poseído en su juventud y del que todavía quedaban trazas visibles.
Era alta y dueña de un busto generoso que armonizaba con el resto de su cuerpo curvilíneo.
Se apreciaba que las prendas con las que vestía habían sido elegidas cuidadosamente para realzar su belleza.
Un traje de falda y chaqueta de color teja con un cinturón ancho que marcaba su cintura y una blusa blanca con puntilla en el escote sobre la que se derramaba su cabellera azabache.
El rostro maquillado en su justa medida, ni demasiado para parecer que intentaba esconder los estragos que causa el paso del tiempo, ni tan poco como para permitir que estos resultasen evidentes.
Sus rasgos afilados se veían intensificados por una mirada de un iris verde intenso que le daba un aspecto severo que su gesto no tenía intención alguna de contradecir.
Rocío se detuvo sin atreverse a dar ese paso definitivo que la alejaría del albergue que había sido su cárcel, pero también del calor de unas mujeres que hasta entonces habían constituido su único apoyo.
La inquietaba ignorar el motivo que había llevado a aquella desconocida a mentir por ellas.
Le costaba creer que se tratara de mera compasión, puesto que había decenas, cientos de españolas en una situación parecida.
Pero, de entre todas, las había elegido a ellas. ¿Por qué?