Capítulo 6 #3
—Estoy bien, ha sido un vahído sin importancia —repitió ella por enésima vez, sintiendo clavarse en su piel la pinocha seca que tapizaba el suelo de marrón.
—A mí no me lo ha parecido. Has perdido el color y si no llego a cogerte al vuelo, te habrías dado un buen golpe contra el suelo.
—Será mejor que nos vayamos —dijo, haciendo un esfuerzo para levantarse. Le pareció que todo se movía a su alrededor, pero evitó decirlo para no alarmar más a Rodrigo—, aquí ya no tenemos nada que hacer.
—Está bien, pero al menos apóyate en mi brazo hasta el coche, por favor.
Obedeció porque no tenía fuerzas para no hacerlo.
El impacto de descubrir que sus hermanas no estaban en La mer et les pins fue devastador.
Tenía puestas todas sus ilusiones en aquel lugar y había resultado un absoluto fracaso.
Ahora no sabía por dónde seguir buscando, ni siquiera si debía mantener viva esa pequeña llama de esperanza que empezaba a debilitarse sin remedio.
—¡Un momento!
Una voz a sus espaldas los detuvo. Se volvieron para descubrir a una mujer de mediana edad que se acercaba a la carrera por el sendero de tierra que comunicaba la edificación principal con la reja. Movía un brazo en el aire para llamar su atención.
—¡Espera, por favor! —pidió la desconocida con la voz entrecortada por el esfuerzo.
Aurora sintió un pellizco en el pecho. Se soltó de inmediato del brazo de Rodrigo y acortó la distancia que la separaba del portón con pasos rápidos para situarse frente a la mujer que estaba ya al otro lado.
—¡Gracias a Dios que aún no te habías ido! —exclamó con una mano en el pecho en un intento de recuperar el aliento—. En cuanto escuché a los guardias hablar de tu visita supe que tenía que hablar contigo. Soy Mercedes.
—Gracias, Mercedes, yo me llamo Aurora Robles.
—Lo sé, se lo he oído a esos mentecatos, por eso tenía que decirte que conocí a tus hermanas —soltó a bocajarro, consciente de que el tiempo apremiaba, los vigilantes recorrían el perímetro y podían regresar en cualquier momento.
—¿Cómo? ¿Así que es cierto que Estrella y Rocío estuvieron aquí?
—Lo es, pero se marcharon hace un par de semanas.
Se escuchó un ruido a lo lejos y ambas mujeres dieron un respingo.
—¿Sabes adónde han ido?
—Lo siento —negó Mercedes—. Pero sí que puedo decirte que vino una mujer a buscarlas, por eso pudieron salir.
—¿Una mujer? ¿Qué mujer?
—No sé mucho más, solo que…
—¿Qué? —urgió Aurora.
—Que esa misma mujer ya había venido antes por aquí.
Siempre se lleva a alguna de las chicas, por lo general las más jóvenes y guapas.
Nunca volvemos a saber de ellas. No sé quién es, pero ten por seguro que nadie te dirá nada ni los nombres de tus hermanas aparecerán en ningún libro oficial.
Por mucho que busques, no encontrarás nada.
Aurora asimiló la información tan rápido como pudo.
Eran tantas las preguntas que se arremolinaban en su mente que se atropellaban unas a otras.
Entonces, antes de que pudiera siquiera formular la primera, escucharon el grito de uno de los guardias que volvía de su ronda.
Las había descubierto y las conminaba a separarse.
—Mercedes —la retuvo extendiendo la mano a través de la reja para aferrar su brazo. Si no podía obtener todas las respuestas, al menos necesitaba oír aquella—, ¿cómo estaban mis hermanas la última vez que las viste?
Mercedes, visiblemente nerviosa, alternó su mirada entre ella y el hombre.
—Ojalá pudiera decirte otra cosa, pero no quiero mentirte, Estrella no estaba bien, no sé si…
— Les visites sont finies !
El guardia les había dado alcance y tiró con fuerza de Mercedes para apartarla del portón. La pobre mujer trastabilló y a punto estuvo de caer, pero la tenía bien sujeta y la arrastró de vuelta al edificio sin dejar de escupir improperios. Aurora la vio marchar con el corazón encogido.
—¡Gracias! —lanzó esa última palabra al aire con la vana esperanza de que Mercedes llegara a escucharla.
—Venga, lo mejor será que nos marchemos de aquí —apremió Rodrigo viendo cómo otra pareja de guardias se acercaba con cara de pocos amigos.
Aurora obedeció como una autómata. No sintió cómo Rodrigo la llevaba al coche, la ayudaba a sentarse y cerraba la puerta.
Tampoco miró por el retrovisor, donde la imagen de La mer et les pins cada vez se hacía más pequeña hasta desaparecer.
Aurora solo enfocaba un punto fijo situado en el horizonte.
—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo pasados unos minutos, cuando la tensión acumulada empezaba a diluirse.
Aurora asintió despacio al principio, con determinación después.
Tenía la certeza de que sus hermanas eran fuertes y ella debía serlo también.
Por ellas, porque algún día aquella pesadilla no fuera más que un maldito mal recuerdo.
Porque las quería más que a su propia vida y haría cualquier cosa por recuperarlas.
—Las voy a encontrar, Rodrigo —dijo con voz alta y clara—. Las encontraré cueste lo que cueste.
Como toda respuesta, Rodrigo pisó a fondo el pedal del acelerador haciendo que el vehículo volara por el camino levantando una nube de polvo tras ellos.