Capítulo 6 #2
—Después de aquello, Delphine insistió para que nos volviéramos a ver en varias ocasiones, pero para entonces yo ya había recobrado mi sobriedad, además del buen juicio.
Ahí creí que se acabaría todo, pero un mes después se presentó en casa y me anunció que estaba embarazada.
—Aurora abrió mucho los ojos, por suerte logró contener una exclamación de asombro—.
Así que hice lo único que un caballero puede hacer en una situación así: le ofrecí formalizar nuestra relación.
—Comprendo.
—No, todavía no —negó él con una enigmática sonrisa—. Poco después de que nuestro compromiso se hiciera público y ella luciera en su mano el anillo que mi familia ha utilizado durante generaciones para estas ocasiones, perdió al bebé.
—Cuánto lo siento —lamentó Aurora con un hilo de voz—. Aun sin haber nacido, a un hijo se le quiere desde el momento en que se sabe de su existencia.
—Eso cuando existe, claro.
—¿Cómo?
—Que nunca hubo hijo, ni embarazo, ni nada más que una estratagema para conseguir un fin.
Ella no lo ha confesado ni lo hará, pero sé que mintió.
He de reconocer que pequé de ingenuo y lo averigüé demasiado tarde.
—Rodrigo volvió a reír, esta vez con amargura—.
Dicen que todo pecador acaba por recibir su penitencia y supongo que Delphine es la mía.
Aurora se preguntó por qué creía merecer penitencia alguna.
De nuevo la invadió la sensación de que era más de lo que aparentaba, pero en ese instante la rueda izquierda pisó un profundo bache del terreno y el coche se sacudió con violencia.
Como si el zarandeo le hubiera hecho cobrar conciencia de su arrebato de elocuencia, Rodrigo pareció recuperar su habitual dominio sobre sí mismo y las posibles respuestas a las dudas de Aurora se toparon con el silencio.
—Olvídalo, no he debido hablar de esto —se excusó él con un incómodo carraspeo—. Después de todo, no creo que te apetezca escuchar mis problemas.
—¿Acaso tú no me estás ayudando con los míos?
Rodrigo por fin se volvió a mirarla un breve instante y sonrió por primera vez sin atisbo de tristeza.
Los siguientes kilómetros los hicieron en silencio, replegados en sus cavilaciones.
Aurora reflexionó acerca de sus propias palabras.
El amor es complicado y ella lo sabía bien.
La imagen de Martín acudió a su mente como un doloroso recordatorio de lo que podía haber sido y nunca fue, de lo perdido y lo olvidado.
Ni siquiera estaba segura de que su recuerdo no fuera más que un sueño al que ella se había aferrado demasiado tiempo para no derrumbarse.
Fuera como fuere, lo único cierto es que ya era tarde para ellos.
Martín había muerto y ella jamás podría decirle todo lo que le había quedado por decir.
* * *
—Ya hemos llegado —anunció Rodrigo deteniendo el vehículo.
Aurora observó a su alrededor con atención. La mer et les pins los recibía bajo un cielo limpio con el sol entibiando el ambiente y la brisa meciendo los árboles. Pensó que aquel lugar habría podido ser agradable… de no haber sido una cárcel.
—Así que están aquí —murmuró tratando de calmar los latidos de su corazón.
—¿Prefieres quedarte en el coche y que vaya yo a buscarlas?
—De ninguna manera —respondió abriendo la puerta.
Él asintió antes de imitarla.
—Déjame que hable yo —le pidió de camino hacia la verja, algo del todo innecesario puesto que el francés de Aurora seguía tan oxidado que no le permitía mantener una conversación fluida.
En la reja de entrada, Rodrigo atrajo la atención de un guarda con un silbido.
A continuación, cruzaron unas breves frases en las que el tono fue cambiando; uno sonaba impaciente, en tanto que el otro negaba con la cabeza una y otra vez.
El primer guardia acabó por llamar a un compañero y este, tras escuchar con gesto indolente las explicaciones de Rodrigo, repitió el gesto negativo con la cabeza.
—¿Qué está pasando? —preguntó Aurora incapaz de contenerse. Había prestado la máxima atención, pero el intercambio de frases había sido tan rápido que acabó perdiéndose.
—Dicen que no están aquí.
—¿Cómo que no están? Pero tú dijiste…
—Lo sé, tranquila, debe de ser un malentendido. Déjame que vuelva a intentarlo.
Rodrigo se volvió hacia los guardias y sacó un par de billetes de su cartera. Se los entregó. Ellos los atraparon con rapidez, pero siguieron negando con una terquedad que exasperaba a Aurora minuto a minuto.
—Lo siento, pero me juran que tus hermanas no están en el centro. Y creo que no mienten, incluso les he prometido más dinero si me las traían. Si dicen que no están, es que no están. Quizá mi contacto se confundió o las han trasladado…
Aurora no siguió escuchando. No quería seguir haciéndolo. Había llegado hasta allí creyendo que pronto podría estrechar a Rocío y a Estrella entre sus brazos, pero se había encontrado con que nadie sabía nada de ellas. Como si se hubieran esfumado en el aire. Como si nunca hubieran existido.
Alzó la vista y vio las ramas de los pinos sacudirse bajo la fuerza del viento salobre que provenía del mar.
De pronto le pareció que giraban sobre sí mismas.
Ni siquiera fue consciente de que se estaba mareando ni de que Rodrigo la sujetaba justo a tiempo de evitar que cayera al suelo.
Lo último que pudo pensar antes de desvanecerse fue que nunca encontraría a sus hermanas.
* * *
Aurora se recuperaba a la sombra ante la mirada preocupada de Rodrigo.