Capítulo 6
Rodrigo Morague era un hombre de palabra y el viernes siguiente estaba todo organizado para que su habitual viaje a los viñedos familiares incluyera una parada en La mer et les pins.
Su prometida, Delphine Blanchard, no había tenido reparos en mostrar su desacuerdo porque en aquella ocasión lo acompañara Aurora.
—¿Se puede saber qué pinta ella yendo contigo? —protestó con un mohín de disgusto.
Delphine, alta y extremadamente delgada, era de una palidez absoluta, desde su cabello, que de tan rubio casi era blanco, a la piel traslúcida, que en los lugares más íntimos dejaba traslucir sus venas.
Sus ojos azules estaban perfilados por largas pestañas, una nariz delicada de punta chata desembocaba en una boca pequeña pero de labios carnosos.
Era de una belleza indiscutible, tan gélida que sobrecogía.
—Te lo he explicado una docena de veces —repitió Rodrigo impertérrito—, son cosas de trabajo.
—Pero si a mí todavía no me has llevado a visitar el domaine de tu familia… ¿de verdad te parece apropiado que vaya el servicio antes que tu mujer?
—Te recuerdo que aún no estamos casados, Delphine.
—¡Oh, eso cambiará pronto, chéri ! —se acercó zalamera, casi ronroneaba como un gato, pero él la esquivó con la intención de terminar de cargar el equipaje en el maletero del coche.
Pese a que no era un viaje largo, Rodrigo, buen conocedor del impredecible clima argelino, nunca salía de casa sin una muda y productos básicos de higiene personal, además de algunos repuestos básicos para el automóvil, como un juego de bujías o una manta para cubrir el motor en caso de que lo sorprendiese una tormenta de arena.
En tierras africanas el viento no era lo único que cambiaba con rapidez y uno nunca sabía qué se podía encontrar.
—Entonces iré con vosotros —anunció Delphine al comprender lo inamovible de aquella decisión—. ¿No es una gran idea?
Delphine era nada menos que la hija de Bruno Blanchard, commissaire de policía de Orán y uno de los hombres con más poder en la ciudad.
Estaba acostumbrada a conseguir lo que quería cuando lo quería, y cualquier contratiempo podía desatar un huracán que arrasara con todo a su paso.
Y es que de su padre no solo había heredado el color helado de sus iris, también una crueldad tan feroz que no se atemperaba ante nada ni ante nadie.
—No digas tonterías —resopló Rodrigo, empezando a hartarse de tanta insistencia—.
Si tú odias viajar en coche; te mareas, ¿recuerdas?
Por cierto, ¿no querías pasar por el magasin Au Printemps del boulevard Seguin a por esas medias de seda que acaban de recibir de París?
No sé a qué viene tanto alboroto. Y ahora hazte a un lado, por favor, no puedo abrir el portaequipajes.
Delphine se mordió el labio inferior con rabia.
—¡Esto es inadmisible! —estalló al fin—. ¿Qué van a decir las malas lenguas en cuanto se enteren de que te has largado con la criada? ¿Acaso te has parado a pensar en qué lugar me deja eso? ¡No estoy dispuesta a permitir algo así!
Si Delphine había perdido las formas, Rodrigo perdió la paciencia.
—¡Ya basta! —Erguido en toda su estatura, acalló el estallido de furia de su prometida.
Cada vez le resultaba más difícil soportar sus caprichosos cambios de humor, pero no era aquel momento para pensar en ello.
Tenía un viaje por delante—. No he pedido tu opinión, mucho menos tu permiso —dijo, recuperando la compostura y suavizando el tono, que no el mensaje—.
No estamos casados, Delphine, tú no decides qué hago o dejo de hacer con mi vida, pero te adelanto que cuando lo estemos tampoco lo harás. Más vale que no lo olvides.
Delphine le sostuvo la mirada durante unos segundos en los que Rodrigo pudo atisbar el incendio que ardía tras sus iris azules.
Esperó un nuevo arrebato, gritos y tal vez alguna lágrima; en cambio, ella enderezó la columna muy digna y posó los labios apretados sobre los suyos en un glacial beso de despedida.
— Au revoir, chéri —murmuró. Su apariencia sosegada no engañó a Rodrigo, que sabía que no permitiría que aquel desaire quedara en el olvido—, et bon voyage.
En ese instante llegó Aurora con un pequeño bolso de viaje en las manos y los nervios a flor de piel.
— Bonjour, madame… —Su intento de saludar a Delphine con cordialidad quedó bruscamente silenciado por la mirada cargada de odio que esta le dirigió.
No lo sabía, pero Aurora acababa de ganarse una enemiga muy peligrosa.
* * *
La primera parte del viaje la hicieron en silencio, cada cual inmerso en sus pensamientos.
Aurora apenas podía contener la inquietud que le producía estar al fin aproximándose a sus hermanas, kilómetro a kilómetro.
Ni siquiera el hecho de viajar en aquel deslumbrante Citroën 11 Cabriolet, pionero en la tracción delantera, de carrocería de color granate y guardabarros negro a juego con el techo de lona, ni el apabullante paisaje que veía pasar ante sus ojos lograban apaciguar su ánimo.
Rodrigo había tomado la carretera de la costa, dejando atrás las termas de los Baños de la Reina y la gruta del Aïdour para subir hasta Sainte Clotilde.
A partir de ahí, la ruta estuvo salpicada de pequeñas poblaciones de veraneo, brasseries y balnearios que prometían un ambiente de lo más animado en temporada alta.
La primera población relevante que atravesaron fue Mers El Kebir, enroscada sobre un promontorio rocoso y rebosante de pescadores italianos; luego el automóvil dibujó el contorno de la bahía para acabar circulando por la cornisa con un espectacular acantilado a la derecha. Las vistas desde ahí eran soberbias.
—Además de lo que me contaste de tus hermanas, no sé mucho más de ti —comentó Rodrigo, conduciendo con una maestría admirable el potente automóvil, que a pesar del trazado de las carreteras alcanzaba los cien kilómetros por hora.
Le había parecido apreciar un cambio en él. Se le notaba más distendido, los hombros no tan rígidos, el gesto de sus labios menos tenso. Era como si, conforme se iban alejando de Orán, se fuera desprendiendo de una pesada carga.
Aurora no desvió la vista de la ventanilla.
Hubiera preferido no hablar de sí misma, pero se sentía en deuda con él y lo mínimo que podía hacer era esforzarse por ser cortés, así que se las ingenió para hacer un resumen de su vida anterior a su llegada a Argelia en el que, si bien no llegó a mentir, sí que dejó mucho por contar.
Se centró sobre todo en su trabajo como enfermera en la Casa de Socorro y en los bonitos recuerdos que tenía de la ciudad de Alicante antes de la guerra.
También mencionó a Martín, aunque fuera de pasada y refiriéndose a él como un miembro más de la familia, lo cual no era falso, pero tampoco exactamente verdad.
—Creo que será mejor que encuentre un tema de conversación más interesante si no quiero que el conductor se duerma al volante —bromeó para desviar la atención sobre su persona con lo primero que le vino a la mente—: ¿será pronto el gran día?
—¿El gran día? —repitió Rodrigo, con el ceño fruncido, sin comprender.
—La boda con Delphine, me ha parecido entender que ya se están organizando algunos preparativos. —Las manos de Rodrigo se tensaron al volante y Aurora supo que su pregunta había resultado poco oportuna.
—Aún no hemos fijado la fecha —murmuró él taciturno.
—Disculpa, no debí haber preguntado —rectificó—. El amor puede ser complicado.
Rodrigo Morague seguía siendo un interrogante.
Sus ademanes decididos lo hacían parecer distante, pero los destellos cobrizos que había descubierto en sus ojos lo volvían más humano.
Aurora se sintió en desventaja. No lograba intuir quién era el hombre que tenía a su lado y, en cambio, la invadía una inquietante sensación parecida a estar desnuda, como si, de algún modo, él fuera capaz de adivinar lo que guardaba en las profundidades de su alma; para lo bueno y para lo malo.
—A veces es más que eso.
Por lo que conocía de él, podía decir que demostraba un notable control de sí mismo.
Sus gestos pausados, sus frases medidas, su mirada despierta…
todo indicaba un especial cuidado en cuanto decía, también en lo que callaba.
Sin embargo, por primera vez Aurora tenía la impresión de que el inexpugnable empresario cometía un desliz, como si la creciente distancia con la ciudad hubiera permitido que las palabras encontraran el modo de escapar entre sus labios.
—La conocí el año pasado en la fiesta que festejaba el cuarto aniversario de la elección del abad Lambert como alcalde de Orán.
Empezamos a charlar de naderías, lo habitual en esas ocasiones, hasta que descubrimos que ambos compartimos cierto interés hacia lo que por esos días estaba ocurriendo en Alemania; insistió en prestarme un libro que la tenía fascinada y las horas se nos escurrieron sin darnos cuenta.
Estaba deslumbrante con aquel vestido aguamarina y nuestras miradas se fueron volviendo cada vez más pícaras conforme la noche avanzaba y las copas de champán se vaciaban.
No te voy a engañar, quería seducirla. Y lo conseguí…
—sacudió la cabeza—, por desgracia para mí.
Aurora tuvo la sensación de que Rodrigo sentía alivio al hablar.
Lo hacía con la vista clavada al frente, sin apartarla de la carretera, como si prefiriese creer que nadie lo escuchaba desde el asiento del copiloto, en un gesto parecido al de los feligreses que se parapetan tras las celosías del confesionario.