El abrazo del siroco Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Apenas una semana después, esas mismas mujeres habían dejado de ser unas desconocidas.

Eran Vicenta, una costurera de Málaga experta en patrones y tejidos, y su madre, Mercedes, con una voz afinada para las coplas, que habían escapado juntas de milagro del bombardeo con el que las tropas franquistas arrasaron su pueblo.

Era Pilar, con sus dos hijos: Rufino de seis y Jacinto de dos.

El mayor había dejado de hablar cuando lo subieron a un barco para abandonar España a toda prisa y aún no habían conseguido que volviera a despegar los labios.

También eran Marisol y su hermana Fernanda, que en su pueblo de Murcia ayudaban a su madre en la panadería hasta que los sublevados le prendieron fuego.

Ellas no lo habían dicho, pero todas intuían que la madre seguía dentro en el momento del incendio.

Cada uno de esos rostros ocultaba una terrible historia, tal vez por eso se aferraban unas a otras como si la vida les fuese en ello.

—Toma, comedla antes de que se enfríe. —Al mediodía, Vicenta se presentó con un plato en el que humeaba una tortilla de habas—. La ha hecho mi madre aprovechando que a primera hora nos han traído varias canastas desde el pueblo. Y estará mal que yo lo diga, pero solo con olerla ya alimenta.

A las habitantes del albergue La mer et les pins les estaba permitido moverse libremente por el recinto y aprovechaban los jardines para tender la ropa al sol o para que los más pequeños corrieran mientras sus madres pelaban patatas sobre el regazo sentadas en un escalón.

Y es que, haciendo del arrojo femenino su bandera, aquellas mujeres habían instaurado una suerte de rutina para el día a día.

También había una cocina, donde guisaban con los víveres que les suministraban las mismas autoridades que las mantenían prisioneras.

Gracias a la solidaridad de algunos vecinos de buen corazón, que solían llevarles verduras de temporada, huevos frescos o cualquier otra ofrenda igual de apreciada, los platos se volvían más sabrosos y menos monótonos.

El delicioso aroma de la tortilla obró el milagro de espabilar a Estrella, y su despertar fue celebrado por el resto de mujeres que entraban y salían del cuarto atareadas.

—¡Mira qué buen color tiene hoy! —apuntó una.

—No hay mejor señal que se le haya abierto el apetito —señaló otra.

A decir verdad, eran más las ganas que tenían de alegrarse por una buena noticia que el hecho de que Estrella tuviera mejor aspecto.

En la última semana la tos se había mantenido, pero los cuidados de todas las mujeres parecían haber aliviado en algo su malestar y poco a poco iba recobrando las fuerzas.

—Verás cuando le diga a mi madre que te has despertado al oler su tortilla… —comentó Vicenta al ver a la convaleciente comer con un picoteo de gorrión—. ¡Se va a hinchar como un pavo!

—No sé cómo vamos a poder agradeceros todo lo que estáis haciendo —dijo Rocío sin dejar de vigilar a su hermana, que tragaba con esfuerzo.

—Pero ¿qué tontería es esa? No hay nada que agradecer, estamos aquí para ayudarnos en lo que podamos, que bastante jodidas están ya las cosas como para que entre nosotras nos las compliquemos más.

—¿Desde cuándo estáis aquí?

La pregunta las sorprendió y volvieron la mirada a la vez hacia el mismo lugar. Estrella no solía hablar porque le resultaba tan doloroso que ahorraba las palabras para cuando eran imprescindibles. Por esa falta de costumbre, su voz sonó rota.

—Desde el principio —suspiró Vicenta—. ¿Os importa si me siento un rato con vosotras? Vengo de llenar los botijos en la fuente y tengo la espalda molida.

Rocío y Estrella se apresuraron a hacerle hueco. La muchacha se acomodó a su lado y empezó a hablar con la mirada perdida en algún lugar que quedaba muy lejos de aquellas paredes.

—La mayoría escapamos poco antes de que las tropas de Franco se hicieran con las últimas zonas.

Ya ves, casi tres años de guerra resistiendo para nada.

A esas alturas, si algo teníamos claro, era que las represalias serían temibles.

Así que huimos con lo puesto, algunos arrastraban una pequeña maleta consigo, pero la mayoría ni eso.

Quisimos creer que era la mejor opción… cuando simplemente era la única.

Solo con unas pocas frases el ambiente se había enrarecido, las tres mujeres lo sintieron en los huesos.

El estruendo ensordecedor de un sinfín de futuros quebrados estallando sin remedio vibró en sus tímpanos.

Antes de continuar, Vicenta se detuvo a llenar los pulmones, reteniendo el aire para soltarlo en un suspiro cargado de dolorosos recuerdos.

—Llegué con mi madre al muelle de Ravin Blanc el 30 de marzo del 39 a bordo del Stanbrook, después de una noche en la que el temor a que nos interceptara uno de los buques de guerra de los nacionales y nos mandara directos al fondo del mar no nos permitió pegar ojo.

El perfil de Orán, con su castillo encaramado a la montaña, se parece tanto al de Alicante que, al verlo, dudé si no habríamos vuelto al punto de partida.

Dimos por hecho que en Argelia nos recibirían con los brazos abiertos, pero resultó todo lo contrario: la Administración francesa no nos permitió desembarcar.

La alegría que nos entró cuando llegamos y lo poco que tardamos en darnos cuenta de que nada sería como esperábamos…

—Les preocuparía enfrentarse a una panda de maleantes y asesinos —sugirió Rocío—. Ya sabrás que la propaganda franquista asegura que, si huimos de España, es porque tenemos las manos manchadas de sangre.

—Lo he escuchado, claro. ¡Menudo disparate! Además de milicianos, médicos, periodistas o escritores, en nuestro barco viajaban mujeres y niños. ¿Qué sangre iban a tener esas pobres criaturas en sus manos?

—¡Qué horror! No puedo imaginarme todo lo que vivisteis.

—Los primeros días fueron un infierno. Imagínate, éramos más de dos mil personas en un carbonero pensado para un puñado escaso de tripulación.

La cola para utilizar el único inodoro a bordo era tan larga que los hombres optaban por bajarse los calzones y hacer sus necesidades al aire, con el trasero asomando por fuera.

—Como animales.

—Te diría que incluso peor. No podíamos bajar a tierra firme ni tampoco volver atrás.

Así que estábamos atrapados. Subsistíamos con un trozo de pan y dos arenques a repartir entre doce.

Por suerte, algunos ciudadanos oraneses se apiadaron de nuestra situación y se acercaron por babor en sus pequeñas barcas de recreo, sorteando los grandes vapores y paquebotes, para lanzarnos víveres, medicinas y otros productos de primera necesidad voceando nombres de familiares, por si estuvieran a bordo.

Supimos que la mayoría eran españoles, al menos de origen, de los que habían emigrado años atrás a Orán.

De no ser por ellos, no sé qué habría sido de nosotros.

—¿Y cómo es que al final os dejaron salir?

—Tifus. Les entró miedo de que se desatara una epidemia, y en las condiciones que estábamos, motivos para asustarse no les faltaban, que hasta piojos teníamos.

Así que mientras el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles negociaba con los franceses, nos ordenaron abandonar el carbonero.

Solo mujeres y niños, los hombres debieron permanecer a bordo.

Aquello fue un drama: matrimonios que se tuvieron que separar sin saber si volverían a encontrarse, padres despidiéndose de unos hijos que no comprendían y lo miraban todo con ojos de susto…

en fin, no te voy a contar los detalles porque todavía hoy intento olvidarlos.

Para cuando nos tocó el turno de abandonar Orán, los hombres seguían todavía en los barcos en el puerto.

No sabemos qué ha sido de la mayoría de ellos.

Tras el desgarrador relato, las tres jóvenes permanecieron en silencio. Ni siquiera habiéndolo vivido en carne propia podían comprender cómo era posible tanto horror. Tanto dolor.

—Vicenta, necesitamos salir de aquí —rompió la quietud Rocío—.

Tenemos que encontrar a mi hermana Aurora.

Tal vez siga en prisión, o la hayan derivado a otro centro de internamiento…

No sé, todo es posible. Debe de estar muy preocupada por nosotras.

Además, Estrella no puede seguir aquí dentro mucho más.

Con el estómago lleno, Estrella había caído en un profundo sopor.

Rocío le acarició la frente y comprobó que había vuelto la fiebre.

La tapó con una manta a sabiendas de que poco más podía hacer.

Eso, y encontrar el modo de abandonar el albergue cuanto antes.

Si seguían internas más tiempo, puede que acabara siendo demasiado tarde.

—De aquí solo se puede salir de dos maneras —explicó Vicenta—. La primera es que tengáis algún familiar en el país dispuesto a reclamaros y hacerse cargo de vosotras. La otra es con un contrato de trabajo.

Rocío negó despacio con la cabeza, incapaz de responder ante la negrura de su destino. Vicenta se apiadó de ella y apoyó la mano en su hombro.

—Si no tenéis una de estas dos opciones… siento ser yo quien os quite la venda de los ojos, pero no tenéis ninguna.