El abrazo del siroco Capítulo 5
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Capítulo 5

Rocío se removió en un intento de cambiar de postura, pero tan solo consiguió que le doliera cada uno de los huesos del cuerpo.

No quería ni pensar en cómo sería cuando el embarazo estuviera avanzado.

Sintió la humedad que se colaba por la rendija del portón trasero y se acomodó como pudo en el duro asiento de aquel furgón gris.

La respiración pesada de Estrella en su regazo la calmó.

Hacía rato que habían sacado por la fuerza a Amparín, la mujer que había intentado matar a un hombre con unas tijeras de costura para defender a su hijo con la misma desesperación de las fieras acorraladas.

Caía la tarde cuando la arrastraron fuera sin miramientos ni tiempo para despedidas.

La vieron desaparecer en el más espeso de los silencios, el del miedo.

Sabían que no volverían a verse. Rocío aguardó con la respiración contenida por si se escuchaba alguna detonación a sabiendas de lo que significaría; por suerte, el vehículo se puso en marcha y el rugido de su destartalado motor acalló todo lo demás. Fuera lo que fuera.

En momentos como aquel, cuando la oscuridad se tornaba tan espesa que costaba respirar, le solían asaltar a traición las dudas sobre lo que le habría sucedido a Aurora. Solo deseaba que hubiera corrido mejor suerte que ellas.

Volvieron a detenerse, esta vez para que subieran al furgón un grupo de tres mujeres con dos niños.

En un principio le resultaron familiares, luego se dio cuenta de que todos los rostros acababan pareciéndose, no tanto en los rasgos, sino por la expresión de derrota que todos compartían.

Eran españolas pero Rocío comprendió enseguida que no eran como Amparín.

Se sentaron en el otro banco, lo más alejadas posible dentro del reducido espacio, y con ninguna intención de entablar conversación.

Sin disimulo se taparon la nariz con la ropa cuando un nuevo acceso de tos se apoderó de Estrella, a quien la virulencia de las convulsiones arrancó de su sueño intermitente.

Trató de incorporarse, pero le fallaron las fuerzas y Rocío la ayudó para evitar que se atragantara.

—Respira despacio —le susurró, una mano apoyada en su espalda—. Eso es, lo estás haciendo muy bien. Respira.

El silbido burbujeante que acompañaba cada expectoración delataba que pecho y pulmones estaban afectados.

Dolía solo escucharla. Su estado había empeorado de forma preocupante, lo cual no era de extrañar, habida cuenta de que desde su huida de Alicante no había podido dormir en una cama decente ni mucho menos disfrutar de una comida consistente y caliente.

Rocío, testigo impotente de cómo la enfermedad iba devorando poco a poco a su hermana, trató de contener las lágrimas y la estrechó contra sí, procurando traspasarle el calor de su propio cuerpo.

La meció susurrando palabras de aliento al oído. Pero la tos, terca, no cesaba.

—Ya está bien. ¡Haz que pare!

La protesta les llegó desde el banco de enfrente.

Las mellizas la ignoraron porque Estrella estaba ocupada en llenar de aire sus pulmones y Rocío en no derrumbarse.

En cuanto cesaron las convulsiones, Estrella se dejó arrastrar por un sopor con el que aliviar sus párpados hinchados y su garganta desgarrada.

—¿No os queda ni una pizca de piedad para quienes están peor que vosotras? —las interpeló entonces Rocío, temblando más de rabia e impotencia que de frío.

—¿Piedad? ¡Podría ser tuberculosis! ¿Qué pasa con nuestros niños? ¿Y si se contagian?

—¿Y qué pretendéis que hagamos? —Rocío asestó una furiosa patada al suelo de chapa—. Sabéis tan bien como yo que no podemos salir de aquí.

Le tembló la barbilla, pero se esforzó por no derramar ni una sola lágrima, consciente de que lo que tenía enfrente no era otra cosa sino la mezquindad humana que destilan las grandes desgracias.

Pasó la mano por la frente sudorosa de su hermana y la estrechó fuerte contra sí.

El acceso parecía haberle dado un respiro, si bien a esas alturas no se engañaban, ambas sabían que no tardaría en aparecer el siguiente.

Cada vez eran más frecuentes y violentos, cada uno de ellos dejaba a Estrella más agotada, más vencida.

Se estaba consumiendo poco a poco y no podía hacer nada por ayudarla.

Estrella y Rocío fueron las siguientes en abandonar el furgón, llevándose consigo lo único que poseían: sus incertidumbres y miserias.

Estaban en La mer et les pins, uno de los centros de internamiento donde las autoridades repartían a las refugiadas españolas que, como ellas, llegaban con una mano delante y otra detrás.

Para cuando cruzaron sus puertas, la mayoría llevaban ahí meses sin poder salir y la resignación era tan abrumadora que resultaba asfixiante.

Aprovechando su inmejorable ubicación costera a las afueras del pequeño pueblo Aïn El Turk, La mer et les pins había sido construida con la intención de servir como albergue para estudiantes de la colonia durante sus vacaciones de verano.

Aunque antes de llegar a inaugurarse, y debido a la inesperada oleada de hombres, mujeres y niños que llegaron a Argelia tras la victoria de Franco, acabó convertida en una prisión improvisada más donde concentrar muchas de aquellas almas desamparadas sin recursos ni esperanza.

El atardecer revelaba que era un edificio bonito, de paredes blancas y exteriores ajardinados en medio de un bosque de pinos, no en vano se había diseñado para ser lugar de diversión y esparcimiento aunque se hubiera acabado convertido en algo muy distinto.

Tenía un amplio recibidor y un par de pasillos donde se sucedían los dormitorios comunitarios en los que las refugiadas se habían organizado, agrupándose por familias o por lugares de procedencia.

Algunas estaban solas, otras habían llegado junto a sus madres, sus abuelas, sus primas o sus hijos.

Las mellizas pasaron por cada uno de estos espacios sin detenerse.

Eran conscientes de que la tos de Estrella las precedía y lo último que deseaban era otro desencuentro como el del furgón.

Buscarían un rincón apartado donde nadie las tratara como apestadas.

—Podéis quedaros aquí.

Una voz las interceptó frente a la última de las puertas. Rocío, que sostenía a Estrella con el brazo izquierdo, ni siquiera detuvo su avance. ¿Acaso era posible que aquella mujer no hubiera oído las toses?

—Mi hermana está enferma —murmuró, convencida de que esa sola explicación bastaría para que la amable oferta se volatilizara como lo hacían las últimas luces de aquel nefasto día.

—Lo sé, la vengo oyendo.

Aquella respuesta la sorprendió tanto que se detuvo para mirarla con atención.

—¿Y no te importa? ¿Ni al resto de mujeres tampoco?

—A estas alturas a nosotras ya solo nos importa no perder la humanidad, que es lo único que no nos pueden robar. —En ese instante Estrella se tambaleó, pues, agotada como estaba, aquel breve paseo la había dejado exhausta—.Vamos, entrad, aquí nadie os va a molestar.

El dormitorio era idéntico a los demás. Tenía la misma forma rectangular, la misma ventana desnuda por la que se colaban traicioneras corrientes de aire que destemplaban los ánimos, los mismos colchones de crin repartidos por el suelo, los mismos espejitos, peines, jabones y objetos de tocador sin valor alguno alineados sobre el alféizar, unas escasas y míseras pertenencias, las pocas con las que huyeron de su país al verse forzadas a dejarlo todo atrás.

Dentro, aquellos rostros consumidos por el abandono y la incertidumbre sonreían para darles la bienvenida.

—Venid a este rincón de aquí, que hay menos corriente y le vendrá bien a tu hermana —dijo una levantándose y empujando su propia cama a un lado para hacerles hueco.

—Y ponle esta otra manta por encima, anda, a ver si entra en calor la pobre —ofreció otra—. Que mi madre y yo nos apañamos de sobra con una.

No habían terminado de poner un pie dentro y ya se había formado un enjambre de solícitas mujeres a su alrededor, ayudándolas a estirar el colchón, a cubrirlo con una sábana a rayas que sacaron de alguna maltrecha maleta de cartón, a que Estrella se tumbara sobre él, a que se abrigara y estuviera cómoda.

Aquel repentino revuelo de voces y manos femeninas, de bondad desinteresada aun en las peores circunstancias, hizo que Rocío se derrumbase.

Rompió a llorar como no se había permitido hacerlo desde que abandonaron su hogar en Alicante.

Se había mantenido fuerte, había enfrentado la soledad y la ruindad humanas sin flaquear porque su hermana la necesitaba.

Y, sin embargo, después de soportar la cara más amarga de la vida, era la otra, la amable, la que le había arrancado aquella primera lágrima que acabó convirtiéndose en un río incontenible.

—Venga, nada de lloros, niña, que aquí estamos todas para apoyarnos en lo que haga falta, ¿verdad que sí?

—Con lo guapa que tú eres y lo fea que te pones con los pucheros, de eso nada. La barbilla alta y los ojos secos, ¿me oyes? Que nosotras no hemos hecho nada malo ni tenemos nada de lo que avergonzarnos, que se entere Argelia entera.

Sin lograr retener sus lágrimas, Rocío se esforzó por devolverles una sonrisa agradecida al tiempo que se preguntaba cómo era posible que unas desconocidas tuvieran el poder de caldear un lugar donde antes solo cabía el frío y la soledad.

* * *