Capítulo 4 #3
—¡No! —Aurora se irguió como si hubiera recibido un latigazo y, por primera vez, se atrevió a devolverle la mirada con la barbilla alzada—.
Yo lo único que quiero es el nombre de alguien que pueda ayudarme.
Se me ocurrió que, de entre toda la gente importante que usted conoce, tal vez aquí encontrara algún contacto que sepa dónde están Estrella y Rocío.
Antes de responder, Rodrigo se levantó para devolver la botella al mueble bar y regresó para acomodarse de nuevo en la butaca, esta vez con los codos sobre las rodillas, inclinado hacia ella.
—Al menos —dijo—, debo reconocer que hay que ser muy valiente para llegar hasta donde tú lo has hecho.
—Yo más bien diría que hay que estar muy desesperada —se atrevió a corregirlo.
—Eso también —concedió él.
Durante unos segundos el silencio se instaló entre ambos y Aurora contuvo la respiración. No podía culparlo si pensaba que mentía. Tampoco podía exigirle que la creyera, ni que, de ser así, le importase. Después de todo, ¿por qué debía hacerlo?
—Bueno, será mejor que solucionemos esto cuanto antes —dijo Rodrigo, haciendo que Aurora cerrara los ojos de forma involuntaria—. Yo llego tarde a mi cita y con el carácter que se gasta Manuela no me extrañaría que te caiga una buena regañina si no regresas pronto a tus labores.
—¿Cómo dice? —Aurora los abrió de pronto, no estaba segura de estar comprendiendo bien—. ¿No estoy despedida?
—¿Despedida? —se extrañó él, como si aquella idea jamás hubiera pasado por su cabeza—. Al contrario, lo que pretendo es ayudarte a localizar a tus hermanas.
Por un instante Aurora boqueó descolocada.
De todos los desenlaces posibles para la rocambolesca situación que ella misma había provocado, ese nunca lo hubiera adivinado.
Resultaba que, tras el descalabro en que había acabado su plan, no solo no iría a parar de nuevo a prisión, sino que, por sorprendente que le resultara, Rodrigo se ofrecía a ayudarla.
El corazón ahora le bailaba enloquecido en el pecho.
—Vamos, cuéntamelo de nuevo. Después decidiré dónde buscar —le pidió él antes de prender un Bastos—. Porque las vamos a encontrar, que no te quepa la menor duda. ¿Cómo has dicho que se llaman tus hermanas?
El infinito alivio que la invadió no evitó que Aurora se preguntara por qué Rodrigo, un hombre ocupado por infinidad de asuntos más importantes, se interesaba por los problemas de una simple planchadora.
Aun así, decidió que no podía rechazar aquel inesperado golpe de suerte.
Después de repetir su historia una vez más, lo vio coger el teléfono y hacer varias llamadas.
Retorciéndose nerviosa las manos, lo escuchó hablar en francés con una dicción impecable y a tal velocidad que, por mucho empeño que puso, le resultó imposible seguir la conversación.
Al fin, varios minutos eternos después, colgó para dirigirse a ella en español.
—Trasladaron a tus hermanas a La mer et les pins.
Al escuchar la noticia, el rostro de Aurora se iluminó y lágrimas gruesas como todo el pesar acumulado rodaron por sus mejillas.
—Entonces, están… Quiero decir que ellas están…
—Están vivas, sí.
Un sollozo de alivio se le escapó de lo más hondo de su pecho y, con todo, se sintió llena de aire, de vida y de esperanza.
—Según parece, una de ellas estaba algo delicada de salud —apuntó Rodrigo prudente—, nada que un buen médico no pueda solucionar.
—¡Gracias! No se imagina lo que significa esto para mí. —Se detuvo para llevarse a las mejillas el pañuelo de Rodrigo, que aún conservaba en su mano, completamente arrugado—. Ese lugar… ¿cómo ha dicho que se llama?
—La mer et les pins. Es un centro de internamiento situado en la costa, no demasiado lejos de aquí. Por lo que he podido averiguar es un buen lugar, no temas. Yo creo que son buenas noticias.
—¡Desde luego que lo son! —exclamó Aurora, que sentía hasta la última fibra de su cuerpo vibrar de la emoción—. No las podría haber mejores y yo no sé cómo agradecérselo, de verdad.
Él rechazó aquellas palabras espantándolas con una mano en el aire.
—Tuteándome, para empezar. Una manía heredada de mi madre —contestó manteniendo aquella forma de mirar que parecía atravesarla—.
El caso es que los viñedos de mi familia no quedan muy lejos de allí.
Aún falta para la época de vendimia pero ya está cercana la poda, así que voy con frecuencia para comprobar que todo funciona como es debido.
Había programado un viaje al domaine Soleil d’Oran para el próximo viernes.
¿Querrías acompañarme? Iremos en mi coche y podríamos pasar antes por La mer et les pins, si a ti te parece bien, claro.
Aurora parpadeó varias veces y se habría pellizcado de no darle vergüenza que Rodrigo la viera. ¿De verdad podía la fortuna, que tanto la había esquivado hasta ahora, sonreírle por fin?
—¿Que si me parece bien? —respondió tratando de calmar su voz y sus nervios—. ¡Me parece mejor que bien!
En ese momento de euforia, con la maravillosa sensación de tener el cuerpo ligero y la esperanza de recuperar a sus hermanas más viva que nunca, Aurora le sostuvo la mirada a Rodrigo convencida de que hubiera sido capaz de besarlo.
Solo el recuerdo de Martín la contuvo.