El abrazo del siroco Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Tras varios días rumiándola, aquella descabellada idea empezó a parecerle la mejor de sus opciones.

Por eso se dispuso a llevarla a cabo de la forma más discreta posible.

Primero fue necesario calibrar a Rodrigo, y a tal fin empezó a pasar con más frecuencia de la necesaria frente a su despacho con la excusa de llevar y traer ropa recién planchada.

Pegaba la oreja a la puerta cuando él estaba dentro por si podía captar el fragmento de alguna conversación.

Asimismo, desde su ventanuco de la sala de la plancha, observaba con atención cada vez que recibía visita, e incluso se forzó a salvar su reparo inicial y aprovechar el carácter locuaz de la señora Sagrario para sonsacarle con disimulo información acerca de sus amistades y relaciones.

Pronto constató que Rodrigo era un hombre bien posicionado, con contactos en muchos y diversos ámbitos.

El día que supo que su futuro suegro era el mismísimo commissaire de policía en Orán, se convenció de que entraba dentro de lo posible que conociera a algún oficial de la prisión civil donde las habían encarcelado y que pudiera proporcionarle información del paradero de las mellizas.

Renovadas sus esperanzas, Aurora se hizo el firme propósito de comprobarlo.

Había llegado el momento de llevar a cabo la segunda parte de su plan, la más arriesgada: debía echar un vistazo al despacho de Rodrigo, revisar su agenda y la correspondencia.

Con un poco de suerte encontraría un nombre o unas señas que le fueran de utilidad.

Lo que haría después aún no lo sabía, tal vez doña Tecla pudiera ayudarla.

Lo importante era empezar consiguiendo ese nombre.

La primera oportunidad se le presentó un viernes por la mañana.

Rodrigo había salido temprano para reunirse en el Grand Hôtel con unos empresarios vitícolas venidos de la metrópoli y la señora Sagrario, que detestaba madrugar, aún se encontraba en su dormitorio, en tanto que Manuela andaba atareada en la cocina.

Aurora decidió no desaprovechar la ocasión e ignoró el temblor de piernas que le producía solo pensar en lo que se disponía a hacer.

Era consciente de que, si la descubrían, una sola llamada de los Morague bastaría para acabar arrestada de nuevo.

Con todo, el deseo de reunirse con sus hermanas la aguijoneaba con más fuerza que cualquiera de sus miedos.

Armándose de valor, se colocó frente a la puerta del despacho con la firme intención de colarse dentro.

El inesperado chillido de un periquito madrugador la sobresaltó cuando su mano ya rozaba el picaporte, casi parecía estar dando la voz de alarma.

Aurora apartó esos pensamientos absurdos de su mente y respiró hondo antes de abrir.

El despacho la recibió en penumbra. Las contraventanas estaban cerradas y prefirió no accionar el interruptor.

Aguardó unos segundos hasta distinguir los contornos de una habitación amplia y masculina vestida con madera de caoba y cuero.

Una librería ocupaba una pared de suelo a techo, al centro una pesada mesa de escritorio con pies de bronce acaparaba la atención.

Sobre ella, algunos papeles bien ordenados, una escribanía de mármol y una lámpara con tulipa de cristal verde, también un teléfono de baquelita.

La peana con la bandera tricolor bleu, blanc, rouge no la sorprendió; en cambio, un libro que había a su lado, en cuya portada aparecía el rostro de Hitler, sí lo hizo.

Mein Kampf, le pareció que se titulaba. Al otro extremo, junto a un mueble bar con varias botellas, una mesa pequeña y redonda con cuatro butacas.

Le llegó a la nariz una suave mezcla de loción de afeitar y uva madura.

No pudo evitar preguntarse si aquel sería el olor de Rodrigo.

Entonces, como si sus pensamientos hubieran tenido el poder de invocarlo, un fogonazo de luz la deslumbró y una voz recia sonó a su espalda.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

El corazón de Aurora se desbocó. Habían pasado apenas unos minutos desde que lo viera salir de casa y lo primero que se le ocurrió fue que la reunión se hubiese cancelado o que el olvido de algún documento importante lo hubiera obligado a regresar.

Tanto daba, el caso era que lo había hecho y ahora Rodrigo la observaba con fijeza desde la puerta, con toda seguridad preguntándose qué hacía la muchacha de la plancha en el último lugar donde debía estar.

Por suerte, Aurora no había tenido tiempo de abrir siquiera un solo cajón del escritorio; de hecho, seguía plantada en el centro de la estancia con cara de boba sujetando por la percha un traje recién planchado que había tenido la precaución de llevar por si se daba el caso de que necesitase justificar su presencia.

—Le traía esto —explicó mostrando la prenda a la vez que hacía un gran esfuerzo por que no se le trabara la lengua con los nervios—.

Me ha parecido entender a Manuela que debía dejárselo aquí, aunque quizá…

quizá me haya confundido. Le ruego me disculpe.

—Sin atreverse a levantar la vista, se encaminó hacia la salida deseando desaparecer cuanto antes.

Al escuchar lo que, por mucho empeño que puso Aurora, resultaba evidente que no era más que una excusa, Rodrigo alzó una ceja. Le pareció todavía más imponente que de costumbre.

—Espera… —le ordenó rebuscando en su memoria.

—Aurora —murmuró ella en voz baja—. Aurora Robles.

—Bien, Aurora Robles. Seguro que puedes tomarte un minuto de descanso. Ponte cómoda, por favor.

Mientras él abría las ventanas y la estancia se llenaba del sol de la mañana, Aurora dejó el traje en el respaldo de una butaca y se sentó rozando apenas el borde con el corazón aún al galope.

Estaba segura de que la iba a despedir, eso en el mejor de los casos, porque también podía denunciarla y eso sería el fin.

—Dime una cosa, Aurora, ¿te gusta trabajar en esta casa?

—Por supuesto, señor Morague —se apresuró a responder en busca de una ya más que improbable redención—, su madre es una mujer extraordinaria.

—Me alegra oírlo —contestó él sin haber tomado asiento todavía, con las pupilas fijas en ella.

Aurora se mordió el labio y sintió cómo las orejas le ardían ante semejante escrutinio. A continuación lo vio acercarse al mueble bar y, pese a lo temprano de la hora, servir dos vasos. Le ofreció uno y ella se limitó a girarlo entre los dedos sin llegar a acercárselo a los labios.

—¿No te gusta el coñac?

—No lo sé —confesó—, nunca lo he probado.

—Pues no se me ocurre mejor momento para hacerlo.

Arrepentida de haber sido una estúpida, de haber entrado en aquel despacho, de haber dado pie a una situación que de ningún modo podía acabar bien, Aurora bebió un pequeño trago que le supo a rayos, aunque procuró disimularlo.

—Bien, ahora que estamos más tranquilos, dime una cosa… —Rodrigo retomó la conversación al tiempo que se acomodaba en otro de los sillones—. ¿Qué demonios estabas buscando aquí dentro? Y no me vengas otra vez con la excusa del traje, por favor, ambos sabemos que no es verdad.

Habituado a calibrar a su contrario durante sus negociaciones comerciales, Rodrigo estudiaba cada uno de sus gestos.

Aurora detuvo el movimiento nervioso de sus rodillas y trató de pensar con rapidez, temerosa de que un solo paso en falso la llevara a perder la libertad junto con la posibilidad de averiguar el paradero de sus hermanas.

—Lamento decírtelo así —insistió él con firmeza ante su titubeo—, pero dadas las circunstancias, mucho me temo que no tienes otra opción que contestar.

—Puedo explicarlo —arrancó Aurora con el escaso aplomo que fue capaz de reunir—. No busco lo que parece. Bueno, en realidad no sé lo que parece que busco pero, sea lo que sea, le aseguro que se trata de algo más complicado que eso.

—Te escucho.

Rodrigo se cruzó de brazos frente a Aurora, que, consciente de que con engaños no haría más que empeorar su ya complicada situación, se decidió a contarle toda la verdad.

Le habló de su llegada a Orán huyendo de Alicante, de la prisión donde las habían encerrado, de la separación forzosa de las mellizas, de la angustia que la carcomía por dentro…

Al terminar, tenía las mejillas húmedas y el corazón en un puño.

—Ten. —Rodrigo le ofreció su pañuelo—. Lamento mucho todo por lo que has tenido que pasar, no debe de haber sido fácil.

No lo había sido y Aurora pensó que alguien como Rodrigo, afortunado desde la cuna, no podría siquiera imaginarse hasta qué punto. Solo quien se ha perdido en el desierto puede comprender lo que llega a doler la sed.

—Fue entonces cuando decidiste colarte en mi despacho, ¿es eso?

Aurora se ruborizó de nuevo.

—Dicho así… —protestó débilmente.

—¿Y qué buscabas? —preguntó observándola con sus extraños ojos cobrizos con tanta profundidad como si adivinara el más ínfimo de sus pensamientos. Puede que sopesando si era sincera, o quizá simplemente decidiendo su castigo—. ¿Dinero?