El abrazo del siroco Capítulo 4
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Capítulo 4

Con la mediación de doña Tecla, Aurora Robles había entrado a trabajar para la señora Sagrario Morague dos semanas atrás, justo después de descubrir que las dos jóvenes ahogadas en el puerto no eran las mellizas, sino las desafortunadas hijas de un pescador del barrio.

El alivio que se instaló en el corazón de Aurora le hizo sentirse tan miserable que apenas lograba mirarse al espejo.

No se alegraba de que las hijas de aquel pobre hombre se hubieran ahogado, pero necesitaba que no fuesen sus hermanas; lo necesitaba para seguir respirando, como si de otro modo la que se sumergiera en las profundidades del mar fuera ella misma.

Porque encontrarlas era lo único que le importaba.

Sin ellas, seguir adelante no tendría sentido.

Situada en la place de la Bastille, cerca del Grand Hôtel de cinco plantas y estilo haussmaniano y de la coqueta iglesia de l’Esprit, la casa de los Morague era una robusta construcción de tres alturas con vistas al bullicio y a las palmeras.

La fachada era avainillada y alguien con buen gusto había elegido para las contraventanas un azul que iluminaba los balcones.

Un primer vistazo a la casa bastó para que Aurora se hiciera una idea de la fortuna que poseía la familia Morague.

Tras la puerta de entrada, un patio interior descubierto con azulejos cerámicos de motivos geométricos parecía ejercer de palpitante corazón.

La luz del sol oranés se derramaba casi con obscenidad sobre palmitos, potos y buganvillas de vibrantes colores.

Olía a jazmín y azahar. En la esquina más fresca y sombreada había una inmensa pajarera de hierro de la que escapaba un alegre trinar.

En los dos pisos superiores, un corredor con barandilla de madera barnizada dibujaba el perímetro del patio dando paso a las diversas estancias.

—¿Hola? —A su llegada Aurora no había descubierto a nadie a la vista, así que tras un carraspeo lo intentó de nuevo más alto—: ¿Hay alguien?

Como persiguiendo el eco de sus propios pasos sobre el suelo adoquinado, apareció una mujer que debía de haber cumplido ya los sesenta, tenía un cuerpo menudo y desprendía una energía casi juvenil en cada uno de sus gestos ágiles y nerviosos.

—¡Ya decía yo que me parecía estar escuchando voces!

—exclamó levantando las manos en el aire—.

Fíjate que casi llego a creer que sería mi difunto esposo queriendo contactar conmigo desde el más allá.

No te vayas a pensar, yo no entiendo de esas cosas, pero justamente la semana pasada vino a verme Marie Bouvoir y me contó que una vez en su casa de París celebró una sesión de espiritismo.

Y asegura que las luces parpadearon, las cortinas se movieron…

¡Imagínate el susto! Así que cuando he empezado a oír voces, me he dicho: ya está aquí mi Rodrigo que quiere decirme algo.

Y mira, se me ha acelerado hasta el corazón —anunció llevándose la palma al pecho.

Solo entonces la mujer pareció apercibirse de que Aurora permanecía inmóvil frente a ella sin atreverse a interrumpirla—. Por cierto, ¿tú quién eres?

—Me llamo Aurora Robles y soy la nueva planchadora —respondió, aliviada de poder explicarse—. Vengo recomendada por doña Tecla, de la pensión Valencia, pero si no es buen momento…

—¡Por supuesto! —la interrumpió dándose un ligero golpe en la frente—. Me vas a disculpar, pero a la gente de mi edad a veces se nos olvidan las cosas, ¿sabes?

Añadió un guiño travieso que consiguió que a Aurora le cayera inmediatamente en gracia, aunque también le hizo dudar de si realmente era la anciana desvalida que le divertía aparentar.

Su origen español era evidente, pero vestía un amplio caftán de seda celeste con elaborados bordados dorados en puños y cuello.

Por debajo asomaban unas babuchas de piel de camello con puntera curvada hacia arriba.

—Soy la viuda de Morague, pero prefiero que me llames Sagrario, que para algo me lo puso mi madre.

¿Sabías que todas las mujeres de mi familia se han llamado así desde hace tantas generaciones que hemos perdido la cuenta?

Quiero decir que en todas las casas hay al menos una Sagrario, no que bauticemos a todas las hermanas igual, porque menudo lío se armaría…

—Se rio al imaginar semejante escenario.

De repente parecía poco más que una niña.

—Como usted prefiera, señora.

—Y nada de «señora», por favor te lo pido.

No me ha gustado nunca y dudo mucho que empiece a gustarme a estas alturas.

Anda, ven, que te voy a presentar algunos de mis pájaros mientras llega Manuela, que es la cocinera, ama de llaves y mi mano derecha.

¡Qué haría yo sin ella! Ha salido a hacer unos recados, pero no tardará en volver.

Ya te explicará en detalle en qué consiste tu trabajo, que seguro que lo hace mejor que yo.

A partir de ese día, cada mañana Aurora acudía zigzagueando entre cafés y magasins a casa de los Morague en una vieja bicicleta que le consiguió doña Tecla y a la que le enseñó a montar Paloma con cierto éxito.

Allí la esperaba una montaña de ropa de cama de algodón con la letra eme primorosamente bordada, manteles de hilo con puntilla en el borde, vestidos elegantes, camisas blancas que almidonar y trajes de corte impecable para planchar.

Solía comer en la cocina en compañía de Manuela, que resultó ser una almeriense estricta pero con buen corazón que llevaba tantos años al servicio de la familia que ya ni se acordaba de su vida anterior.

El cuarto de la plancha, donde Aurora pasaba la mayor parte de las horas, estaba ubicado junto a la cocina en la planta baja y tenía un pequeño ventanuco que daba al frondoso patio ajardinado por donde solía pulular Sagrario de Morague cuidando de sus aves con amor maternal.

Cada vez que se cruzaban, la llamaba para mostrarle un nuevo huevo o para recalcar lo importante que era hablar a los pájaros para acostumbrarlos a las personas.

Manuela le había explicado que, tras la muerte de su esposo y el enlace de su hija menor con un empresario cordobés, quien, como era natural, se instaló junto a su marido en España, la señora había caído en un abatimiento que la mantuvo errante por los aposentos vacíos durante meses.

Lo que la devolvió a la vida fue una pareja de agapornis que su hijo le trajo de uno de sus viajes.

Nadie hubiera esperado el fervor ornitológico que el regalo despertó en Sagrario, quien desde ese momento mandó construir aquella monstruosa jaula en el patio y vivía casi en exclusiva para sus pájaros, a los que había puesto nombre y jamás confundía.

Con el tiempo incluso llegó a amaestrar una cacatúa que se posaba sobre su hombro, desde donde chillaba palabras malsonantes, para regocijo suyo y espanto de Manuela.

El primogénito de la señora y culpable de que la casa se llenara de plumas se llamaba Rodrigo Morague, igual que lo hicieran su padre y abuelo antes que él.

Era el único hijo varón y, por tanto, heredero de la inmensa fortuna familiar, que no dejaba de aumentar gracias a sus muchos y prósperos negocios, entre los que destacaba uno de los más reputados viñedos del Oranesado.

Se trataba de un joven alto de amplias espaldas, cabello castaño y los mismos extraordinarios ojos cobrizos de su madre.

A pesar de su juventud, irradiaba una magnética seguridad en sí mismo y su voz grave vibraba con la determinación de quien está acostumbrado a que sus palabras sean tenidas en cuenta.

Educado y cortés como buen francés, era además apuesto gracias en gran parte a una mandíbula cuadrada y perfectamente rasurada.

Debido a las múltiples obligaciones que sus negocios le generaban, Rodrigo siempre estaba atareado.

Entraba y salía de la casa con frecuencia, se encerraba durante horas en su despacho, acudía a reuniones con los altos cargos de la Administración o cerraba tratos en los restaurantes más selectos de la ciudad, donde jamás necesitaba esperar para ser acomodado en las mejores mesas.

En ocasiones las negociaciones se alargaban hasta la madrugada y los acuerdos acababan por cerrarse con un apretón de manos en algún cabaret con el ambiente cargado de humo y la música del espectáculo de turno sonando de fondo.

Rodrigo Morague no solo causaba buena impresión en los de su mismo sexo: los arrebatadores destellos de su mirada eran los culpables de que no pocas mujeres suspiraran de anhelo a su paso.

No obstante, y tras hacerse público su compromiso con Delphine Blanchard, a las oranesas no les quedó más remedio que conformarse con suspirar.

Sin embargo, lo que despertó la curiosidad de Aurora por Rodrigo no fue su abultado patrimonio ni su evidente atractivo.

Y es que a esas alturas empezaba a desesperar.

Doña Tecla había llamado a muchas puertas sin conseguir ni la más mínima información sobre el paradero de Estrella y Rocío por lo que la impaciencia la devoraba.

Era imposible que hubieran desaparecido sin dejar rastro, alguien tenía que saber dónde estaban.

Solo necesitaba encontrar a ese alguien…

y Rodrigo Morague iba a ayudarla a hacerlo.

Aunque, por supuesto, ni él mismo lo sospechara.