Capítulo 3
Entre el mar y el desierto convivían musulmanes, europeos y judíos en un precario equilibrio sin renunciar por ello a sus costumbres.
En Orán se cocinaba con aceite de oliva, se comía cuscús y no faltaba el café con churros —aunque allí los llamaran tallos—, se almorzaba a las doce como los franceses, pero se dormía la siesta como los españoles.
La noche de San Juan se quemaban las hogueras y en Pascua se merendaba mona en lo alto del Aïdour.
Y quien lo anhelara podía buscar a Dios tanto en la gran sinagoga como en alguna de las mezquitas o incluso en la catedral Sacré-Cœur de Jesús.
De entre todas, la española era la población más numerosa.
Durante años, miles de alicantinos, entre otros, habían acudido como golondrinas a esa tierra prometida al otro lado del Mediterráneo en busca de una nueva vida, una mejor.
Pese a su clima severo y a su suelo áspero, habían acabado por convertirla en su hogar.
Para cuando doblaron a la población francesa, la Administración temió que tan tremendo desequilibrio acabase por volverse en su contra, por lo que, en un intento de nivelar la balanza, se dictaminó que todo aquel nacido en suelo argelino lo haría como orgulloso ciudadano de la République Française.
Por descontado, aquella medida desesperada no hizo desaparecer los Martínez ni los Gutiérrez, tampoco los corrillos de vecinas en sillas a la fresca, las coplas o las zarzuelas, ni las tardes acaloradas de fútbol o las corridas de toros en la plaza de les Arénes.
Puede que Argelia fuera una colonia francesa, pero latía al compás de corazones españoles.
No obstante, Estrella y Rocío no tuvieron oportunidad de admirar el exotismo de los jaiques blancos y las babuchas de piel, ni la elegancia de los trajes a la moda parisina o los coquetos peinados con ondas de las jóvenes; tampoco les picó la nariz al pasar frente a un puesto de especias, ni esquivaron los excrementos de burro.
No recorrieron el laberinto de la vieja casbah ni sortearon el tranvía amarillo, que paseaba sus anuncios de Amer Picon sobre el techo, para detenerse ante el tentador escaparate de una boulangerie.
Nada de todo esto pudieron ver las mellizas desde el furgón policial al que las subieron por la fuerza tras sacarlas de la prisión civil donde Aurora había quedado atrás.
Cuando las puertas del vehículo se cerraron, lo hicieron con un ruido sordo que sonó a sentencia.
—Puede tumbarse aquí.
Una voz de mujer les llegó desde el fondo del habitáculo trasero.
Sin duda se refería a Estrella, tan débil que apenas podía mantenerse en pie.
Las pupilas de Rocío pronto se dilataron lo suficiente como para distinguir un banco de madera alargado y estrecho atornillado a un lado de la carrocería.
En un extremo se sentaba una mujer de aspecto tan andrajoso como ellas.
El pelo era una maraña y sus ropas necesitaban con urgencia agua y jabón.
Olía a orín viejo y penurias recientes, y no pudo preguntarse si ellas desprenderían el mismo aroma.
—Gracias —respondió ayudando a su hermana a recostarse. Ella se acomodó en la otra punta para que Estrella descansara la cabeza sobre sus piernas.
—Me llamo Amparo, pero todos me dicen Amparín —se presentó la mujer—. ¿Es tu hermana?
El cabello indomable de Estrella, de un color castaño oscuro, contrastaba con el tono amielado que Rocío solía encontrar en el espejo.
Lo mismo ocurría con los ojos. Mientras los de Rocío eran de un suave tono avellana, los de su hermana eran tan oscuros que podían pasar por negros.
Consciente de que, aun habiendo compartido vientre materno eran como el día y la noche, Rocío asintió.
—Somos mellizas.
—No me digas, en mi familia por parte de padre siempre ha habido gemelos, pero de los que son iguales, clavados.
Vamos, que no había manera de diferenciarlos ni conociéndolos bien.
A mí me hubiera hecho ilusión tener gemelos, ya ves, pero nada, yo solo supe hacerlos de uno en uno.
Eso sí, siete parí, varones todos. Aunque vivos no me queden ni la mitad.
La guerra me los quitó. A todos, a los vivos y a los muertos.
Amparín se sumió en un silencio acompasado por el traqueteo del furgón.
—Lo siento —musitó Rocío.
—Es lo que hay, de nada sirve lamentarse.
Pasaron un rato calladas, acusando los baches del asfalto bajo sus traseros y respirando la mezcla de gasolina y aceite del motor. El hedor corporal ni lo notaban.
—¿Sabe dónde nos llevan? —preguntó Rocío.
Lo cierto era que se sentía perdida sin Aurora. El haber crecido sin madre hizo que su hermana mayor fuera desde siempre su cobijo y su consuelo. Sin ella no se sentía capaz de seguir adelante.
—A saber. Estos franchutes hacen lo que les viene en gana… ¡Y cualquiera se lo discute!
—Pero es que nosotras no hemos hecho nada. —Rocío se percató al instante de que sus palabras podían malinterpretarse y trató de rectificar—. Disculpe, no era mi intención decir que usted… Vaya, que a lo que me refiero…
—Tranquila, mujer, si te he entendido. Además, no hace falta haber hecho nada para que te trinquen —afirmó con rotundidad—. Aquí las cosas funcionan de otra manera, ¿entiendes?
Rocío no lo entendía y Amparín se explicó.
—A ver, ¿es que a ti nadie te ha dicho que aquí los españoles somos como un grano en el culo?
La inquina les viene de lejos, de cuando nuestros abuelos llegaron porque en sus casas se pasaba hambre y decidieron que, ya puestos, bien podían jugársela al otro lado del mar.
Total, ¿qué iban a perder si nada era lo que tenían?
—Rocío escuchaba con atención y acariciaba la cabeza de Estrella, que respiraba profundamente.
Parecía dormida. Mejor así, debía reservar energía—.
Mi padre abrió una tiendita donde vendía los turrones que elaboraba mi madre sin ayuda de máquinas ni boixets.
Lo hacía a la antigua usanza, como aprendió de su abuela, y no te digo cómo olía la casa entera…
Es que eran de Jijona, ¿sabes? A mi madre, cada vez que hablaba de las calles o las gentes de su pueblo, se le saltaban las lágrimas, pobre.
Solo volvió una vez, ya bien preñada de mí, nunca supe si lo hizo queriendo o fue una coincidencia, pero el caso es que el parto se adelantó y acabé naciendo allí.
Por esa carambola del destino resulta que soy tan española como lo fueron ellos. Bien que me alegro.
Amparín se perdió unos instantes entre sus recuerdos, al cabo retomó el hilo de su relato.
—Trabajaron duro mis padres, pero salieron adelante. Y eso que ellos no contaban con las facilidades de los franceses: que si concesiones de terrenos, que si préstamos bancarios para invertir… ¡Menudo empeño el de su Gobierno por colonizar el norte de África! ¡Ja!
—¿Y qué pasó?
—Pues pasó que este condenado clima los hizo volver a su país con el rabo entre las piernas…
eso los que no se habían muerto antes de malaria, cólera o cualquier enfermedad, claro.
Ellos no se parecen a nosotros, que somos duros como el esparto y estamos acostumbrados a trabajar tierras resecas y áridas, a las inclemencias del sol y a partirnos el lomo.
Le pese a quien le pese, estamos hechos de otra pasta.
—Amparín hablaba sin poder disimular el orgullo patrio—.
Imagínate el descalabro ahora, que tras la victoria de Franco su querida colonia vuelve a rebosar de españoles que llegan huyendo de las represalias.
—¿Quiere decir que para ellos somos un estorbo?
—No, te estoy diciendo más: para ellos somos un peligro. Sobre todo ahora, que estamos en medio de otra guerra.
—Pero ¿por qué?
—Temen que nos sublevemos, que nos hartemos de ser humillados y menospreciados, que reclamemos una tierra que sentimos nuestra porque nuestro sudor la riega.
Saben que podemos desbaratar el equilibrio en el que se sostiene su acomodada y frágil existencia.
En resumidas cuentas: no nos quieren aquí.
Y harán todo lo posible para evitarlo. Cualquier cosa.
—Pero ni mis hermanas ni yo tenemos nada que ver con eso —protestó Rocío—. No estamos afiliadas a ningún partido, ni siquiera hemos luchado en el frente.
—¿Y quién ha dicho que eso importe?
Al escuchar a Amparín, Rocío cobró conciencia por primera vez de la ratonera a la que habían ido a parar. También de que no tenían escapatoria.
—Entonces, ¿usted tampoco ha hecho nada?
—Uy, no, yo sí que he hecho, ya lo creo —la corrigió Amparín con una risa seca que sonó a graznido de ave de mal agüero—. Yo maté a un hombre… o al menos eso intenté.
Rocío la miró perpleja, tratando de decidir si bromeaba. No se lo pareció.
—Un gendarme vino a llevarse a mi hijo Andrés, el pequeño —aclaró Amparín—.
Porque será hijo mío, pero bobo es un rato.
Ya me dirás tú lo que se le había perdido a él en la guerra civil.
Ni siquiera había puesto un pie en España hasta que decidió que se alistaba para defender el país de sus abuelos.
Igual de tonto que sus hermanos. Total, que acabó regresando esquilmado después de la derrota.
Al menos él regresó… —Tras una breve pausa cargada del peso de cuanto callaba, continuó—: Lo tenía escondido en casa, que para uno que me queda no estoy dispuesta a perderlo.
Soy su madre, y ya se sabe que una madre haría cualquier cosa por sus hijos.
Rocío se llevó la mano al vientre en un gesto inconsciente al escucharla.
—Se lo querían llevar. A uno de esos campos de trabajo del desierto que no son más que el mismísimo infierno en la tierra.
¿Has oído hablar de ellos? —Amparín no esperó respuesta—.
No hay apenas comida ni casi agua. Los vientos son tan fuertes que cuando la arena te golpea, te despelleja como a un conejo.
Bajo las dunas viven escorpiones y serpientes que con una sola picadura provocan una muerte lenta y dolorosa.
Durante el día el sol te quema vivo y por la noche se te congelan las pestañas.
Pero lo peor son los guardias. Allí no hay ley que valga, salvo la que el jefe del campo decida.
Y por lo general son unos sádicos que disfrutan con el sufrimiento ajeno.
Mi hijo no va a ir a uno de esos campos para morir como una alimaña, al menos si yo puedo evitarlo.
Así que cuando el gendarme se presentó en su busca, no me lo pensé.
Le clavé en el cuello las tijeras de costura que llevaba en la mano al momento de abrir.
¡Virgen santísima! Salió un chorro de sangre que aquello parecía una fuente.
Se puso a chillar como un cerdo en plena matanza, pero yo no podía dejar de mirar. Había tanta sangre.
Estrella parecía haberse espabilado y, recostada en el banco, prestaba atención al relato de Amparín. Ni ella ni Rocío dijeron nada, horrorizadas.
—En fin, con tanto grito llegaron más policías.
Y me detuvieron, claro —continuó sin dar importancia al impacto que sus palabras habían provocado—.
Pero mi hijo ya había puesto pies en polvorosa y no lo encontraron.
Así que, si me preguntas, volvería a clavarle las tijeras mil veces a ese malnacido. Sí, señor.
Rocío la había escuchado hipnotizada por la fiereza del amor de aquella madre que aceptaba su sacrificio con satisfacción. Se preguntó si, llegado el caso, ella sería capaz de algo así. Y no le cupo duda de la respuesta.
En ese instante, Estrella sufrió un violento ataque de tos que tras varias sacudidas la dejó agotada y sumida de nuevo en un duermevela.
—Mala cosa estar enferma en estas circunstancias.
—Se va a poner bien —atajó Rocío, barbilla en alto y dando firmeza a sus palabras como si así pudiera hacerlas realidad.
—Claro —asintió Amparín, incapaz de ocultar el tono de duda en su voz.
Comprendía que Rocío necesitara creer en ello porque a veces solo necesitamos aferrarnos a algo para seguir respirando.
Al igual que ella, que se negaba a pensar otra cosa que no fuera que su hijo Andrés había escapado sano y salvo—.
En fin —suspiró—. Tal vez pronto nada de esto importe.
—¿A qué se refiere? —A Rocío la embargó un mal presentimiento. Por un momento intuyó que Amparín sabía algo que hasta entonces había callado. Algo que no sería agradable de escuchar—. Diga, Amparín —insistió—, ¿adónde nos llevan?
—Quién sabe —la mujer se encogió de hombros, por primera vez parecía vencida y cerró los ojos para recostarse contra la carrocería—, quizá a algún lugar apartado donde tirarnos al mar y que nunca se vuelva a saber de nosotras.